martes, 5 de julio de 2016

El poder de las palabras

De acuerdo al Evangelio de Juan, «en el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». Entiéndase: verbo = palabra = logos (palabra griega, hay que decir). Para los antiguos helenos, el logos, además de significar palabra o razonamiento, era considerado el puente entre Dios y el mundo material. Vale decir,  que el uso del término logos, en la lectura -de aquellos tiempos- del Codex Alexandrinus, podía entenderse como un principio mediador entre Dios y el mundo. Sí, las palabras –algunas- pueden traer la divinidad a la tierra. O en todo caso, la experiencia religiosa misma. Las palabras no solo pueden, las palabras son. Subyace una ontología en ellas. Una quintaesencia. Es condición previa conocerlas, entenderlas, respetarlas y ojalá, amarlas. 

Los ritos son importantes, y no todos deben de ser solemnes. Algunos están compuestos de palabras o frases, es decir, de verbo. José Antonio (29) lo sabe bien. Cada vez que Sandra (21) lo amonesta con un «¡Aish!», lo increpa con un «¿Es en serio?», lo condena con un «¡Qué chinche!», o lo tranquiliza con un «¡No te pases!», lo aproxima a su mundo, lo hace parte de él. No es manifiesto, es latente. No es expreso, es tácito. No es intrascendente, es esencial. Superar la barrera de la formalidad y adentrarse en la intimidad del trato diario, las impresiones y las confesiones es validar la naturaleza plural del individuo. Cierto es que nacemos y morimos solos, pero la travesía, ha de ser acompañada. Es hasta bíblico: «No es bueno que el hombre esté solo» (Génesis, 2:18). Pero hay algo más entre ellos dos, entre Sandra y José Antonio. Desde febrero, comenta Rosita, algo se traen entre manos. ¿Cómo es que dice? –Esos chicos no se miran como amigos.


Amigos son, pero algo más también. No es que sean pareja, él no se anima a declararse. Y ella, de ser consultada, no se animaría a aceptarle. Él, porque cree firmemente que la felicidad habita en la antesala de la felicidad. Es en la búsqueda y en la expectativa donde radica la mayor parte de la felicidad (Eduardo Punset, El Viaje a la Felicidad). Le basta con saber que es único y especial para ella. Que a Sandra le gustan los tulipanes y no tanto las rosas; la comida italiana antes que un cebiche; lo salado a lo dulce; la maracuyá a la Coca Cola. Sabe también que si le pusiera un mínimo de empeño, o en su defecto, si amenazará por desaparecer, ella reaccionaría. Pero mejor no. ¿Después, qué? Ella, porque dice valorarlo mucho, cuando en realidad ya no podría concebir su vida sin él. Porque sabe que para José Antonio, después del almuerzo, un expreso sin azúcar es obligatorio. Porque mientras conduce su auto, puede llegar a llorar escuchando Felicidad de Lucio Dalla, Nessum Dorma en la voz de Paravotti o Good bye, Milky Way de Enigma. Porque tiene un poder de atracción hacia los animales, que con extenderles la mano, no hay perro que no le mueva la cola. Se engaña a sí misma al negar algo ya evidente. Y es que, se pregunta antes de dormir ¿sentirá lo mismo que yo? No, él no parece haberse enamorado nunca. Hace que se enamoren de él, pero él no se entrega -afirma-. La mutua resistencia está durando hasta ahora, aunque no creo que pase de este mes. Hoy por la mañana los vi mirarse, hablar, reír. Es un fantástico espectáculo verles en el comedor de la empresa. Todo es risible. Todo es creíble. Todo es compartido. Bien dijo Rubén Darío: Juventud, divino tesoro que te vas para no volver.   
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