Por artículos y algunas entrevistas me enteré, algún tiempo atrás, del ateísmo del reconocido político (es fundador de un partido político en España), filósofo, catedrático (en la Universidad Complutense de Madrid) y escritor español, Fernando Savater. La verdad, no me sorprendió, pues no sería el primer filósofo que tenga esta postura ante la Deidad, y más precisamente, ante la muerte. Ya le había leído, de más joven y con confesa pasión, su Ética para Amador y luego Política para Amador. Razones poderosas para continuar con Las Preguntas de la Vida y El Valor de Elegir. Gracias al YouTube, lo podemos escuchar también en diferentes entrevistas, eso sí, sin esa capacidad para citar colosos del conocimiento, que impresiona en sus ensayos. Es un Sancho Panza entrañable, con una chispa que da que hablar.
Por eso, cuando en el 2007 saliera publicado su libro La Vida Eterna, se me hizo agua la boca y ya mismo quise ir a comprarlo. Pero por una y otra razón, dejé pasar su lectura, hasta ahora, que lo acabo de terminar, en mi último viaje a Cajamarca –transitando por pueblos adonde se llega a lomo de caballo o manejando por trochas carrozables, no hay agua caliente ni teléfono celular ni internet ni nada que se le parezca-. Previo a su lectura, pedí la opinión de mi hermano José María, que es máster en filosofía. Dicho sea de paso, también un confeso ateo. Me recomendó su lectura, pero me advirtió que no me hiciera tantas ilusiones, porque a su humilde parecer (Sic) quedaba corto ante El alma del ateísmo de André Comte Sponville y Por qué no soy cristiano de Bertrand Russell, por sólo citar un par de obras.
La verdad sea dicha, me gustó. Y no exagera el editor con lo que se ofrece en la contratapa, al afirmar que este libro trata de la religión o más bien de las religiones: en qué consiste creer, en qué creemos o no creemos y qué vinculación guardan estas creencias con la más importante y central de todas, el afán de inmortalidad. Pero también se habla de la verdad, de la diferencia entre credulidad y fe, de las vías no dogmáticas del espíritu, de las implicaciones políticas que tienen las ortodoxias fanáticas, del papel de la formación religiosa en la educación de las democracias laicas, etc… Y también –quizá sobre todo- de cómo puede vivirse cara a lo inevitable, sin concesiones al pánico ni excesos de esperanza.
De hecho, hay pasajes que te dejan pensando por un buen rato. Así, tenemos por ejemplo en las pp. 179 y 180 que: «Los humanos no venimos al mundo para morir, sino para engendrar nuevas acciones y nuevos seres: somos hijos de nuestras propias obras y también padres de quienes emprenderán a partir de ellas o contra ellas trayectos inéditos. Lo más duradero y tónico de las religiones celebra el año nuevo, la nueva cosecha. La buena nueva de que “entre vosotros ha nacido un niño”. La ambigua lección de la vida transformada simbólicamente en espíritu no niega que procedemos del Caos ni que hasta el final deberemos debatirnos contra él. que siempre prevalece: pero también afirma, ingenua y triunfal, que nuestra misión pese a todo es dar a luz». O en la Pág.. 173, que: «Vivir es luchar por sobrevivir, aplazar lo irremediable: como dijo lord Salisbury, “the delay is life”. Todo tiene fecha de caducidad, aunque no la conozcamos y supongamos que depende de nuestro empeño postergarla lo más posible. Por el contrario, en el plano espiritual también la muerte como cese de funciones corporales puede tener sentido o valor vital: es decir, la muerte misma puede vivirse, asumirse y de ese modo superarse. En un escrito temprano en el que comenta la narrativa de Pío Baroja, Ortega lo expresa así: “El hombre no puede vivir plenamente si no hay algo capaz de llenar su espíritu hasta el punto de desear morir por ello. ¿Quién no descubre dentro de sí la evidencia de esa paradoja? Lo que no nos incita a morir no nos excita a vivir. Ambos resultados, en apariencia contradictorios, son, en verdad, los dos haces de un mimo estado de espíritu. Sólo nos empuja irresistiblemente hacia la vida lo que por entero inunda nuestra cuenca interior. Renunciar a ello sería para nosotros mayor muerte que fenecer”. En el plano corporal, la vida se opone y pelea –¡a vida o muerte! con la muerte; pero para el espíritu, la intensidad significante de la vida incluye a la muerte y la desborda». Anda pues, querido lector, a buscarlo, que bien merece la pena su lectura. Verás que lo importante son las preguntas, no las respuestas, por las razones que ya irás encontrando. Suerte.



Hay algo en los ojos, un je ne sais quoi que no sé cómo explicar, y que los hace tan simbólicos y misteriosos, tan básicos y fundamentales, tan sine qua non. ¡Vaya que tiene tiempo esta situación, coetánea con la Creación! Vale la pena recordar ahora los famosos versos del poeta sevillano Antonio Machado Ruiz: «el ojo que ve no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve» y «los ojos porque suspiras, / sábelo bien, / los ojos en que te miras / son ojos porque te ven». Ay, con los ojos nuestros… no por nada Nicolás de Cusa afirmaba con tanta seguridad: «como ver, para ti, es ser, entonces yo soy porque tú me miras». Y después de mirar y mirar, me miraron, y nos reconocimos, y fui. Era Ella, y como en la canción Fábula, de Eros Ramazzotti, tenía los ojos tan lindos, que aparentaban haberle robado al cielo el brillo de dos estrellas.
Por eso los ojos son egipcios, porque son misterio, son esfinge, son enigma. Sin ellos, no sé qué ni cómo haríamos. Sin duda, no seríamos los mismos. Se acabaría el color, el claroscuro, todo lo visual. Ensayo sobre la ceguera del nobel portugués, Jose Saramago nos da una aproximación literaria, claro, me estoy refiriendo a su lectura, no a la reciente película de título Blindness (2008), que tan pobre se me hace al lado de la novela. Sin embargo, Borges, una vez más, nos deja una postrera esperanza, luego de justificar, de manera tan lírica y magistral, su sentida ceguera:
Tenían que volver a aparecer, aunque esta vez, la trama esté dirigida principalmente al público adolescente. Es verdad, no tiene la profundidad de muchas de sus antecesoras, pero el mérito es grande: ha vuelto a la lectura a millones de adolescentes que no se cansan de afirmar que les aburre cañón la lectura y que son incapaces de terminar un texto, por más breve que éste sea. Incluso, un entrañable amigo mío, Carlo Zárate, una noche no muy lejana, nos relató que (perdóname la infidencia, un escribidor se nutre de todo lo que le cuentan), mientras le hablaba de muy buen ánimo a su enamorada, manejando su Toyota guinda de regreso a casa, ella estaba concentradísima en la lectura de Crepúsculo, en su versión en español publicada por Alfaguara, y que poco o ningún caso le hacía. Obviamente, ya habían visto la película, y por decir lo menos, les encantó. Y es que la imagen lo explica todo. La manzana es el símbolo de lo prohibido, en fiel consonancia con el Libro del Génesis, es decir, es la historia de una relación prohibida, antinatura, negada, entre una humana, Bella, y un vampiro, Edward. Pero cuando se es adolescente, se puede todo. Es tal y como lo afirma la inteligente Elena Poniatowska, en su celebrada novela La piel del cielo: «ser joven es ser omnipotente, pertenecer al Olimpo, correr con la antorcha en la mano. Y ganar».
Lo admito, nunca había oído hablar de la escritora: la norteamericana madre de tres hijos y mormona confesa, Stephenie Meyer. Aunque sus detractores insistan en su sobrepeso, a mí me parece bastante linda para ser una cagatintas, casi-casi una Sandra Bullock, y no estoy exagerando. También ha sido lapidaria la crítica, por lo light de su obra. ¿Y qué importa? Hay que decirlo tantas veces como sea necesario, la literatura se ha hecho para divertir, no para cambiar el mundo, como todavía se pensaba en la época de Sartre. No lo niego, es meritorio dejar un mensaje, un par de líneas que justifiquen la lectura toda, a mí me encanta rescatar frases. Pero yo he sido formado en la lectura, y eso, hoy en día, es una rareza. No les impongamos a los jóvenes, a los que recién empiezan a amar la lectura, el purismo de algunos pocos… hacerlo es ponerlos contra la pared, y dejar que gane lo audiovisual… no lo permitamos.
No hay duda de ello, los vampiros son hermosos, y así lo afirmé en mi post del 22 de enero de 2008 (titulado como El discreto encanto del vampiro). Y Meyer, en sus novelas, lo justifica muy bien, pues la belleza –no hermosura- es una más de sus armas para cazar y no fallar en el intento. Como predadores que son, de hecho, los más letales del reino, hacen uso de todas sus fortalezas para saciar su sed de sangre, que es su fuente de vida. No esperen sesudas elucubraciones sobre la inmortalidad, el amor, Dios o el maniqueísmo. No es el caso. Pero sí es una excelente excusa para ir a la librería más cercana y comprar el libro, o pedirlo prestado y ojalá devolverlo. Lean, por diversión, por aburrimiento o por lo que quieran, pero lean. El por qué, es lo de menos. 