lunes, 23 de enero de 2017

ROMANCE A LA MEXICANA

Siempre tuve –y aún mantengo- una gran fascinación por dos ciudades latinoamericanas y universales a la vez: Buenos Aires (BS AS) y la Ciudad de México (CDMX). A ambas creo conocerlas desde antes del vientre. Sin embargo, es desde mi adolescencia, la consciencia de mi predilección. Las conozco desde la literatura, la pintura, la historia, la política, la gastronomía y sus calles sin fin. Pero sobre todo, desde su gente: porteños y chilangos, respectivamente. Una tiene comienzo, la otra tiene origen (Martín Caparrós dixit). Y ha sido, durante los últimos días de noviembre de 2016, que estuve celebrando la vida por la Ciudad de México, el Estado de México, Puebla, Toluca, Morelos y Guerrero. Ha sido en la megalópolis mexica, de 22 millones de habitantes y 5.5 millones de vehículos –vaya que son un chingo, pero podrían ser más-, he vuelto a sabrosear sus variados tacos (al pastor, de carnitas, de mole, ranchero, de huitlacoche, de nopal, de escamoles, y paro de contar) en modestos puestecillos ambulantes y refinados restaurantes de Polanco, La Roma y La Condesa, acompañado, algunas veces, de una helada Negra Modelo. Escuchar y oír la música norteña con atisbos de narco-corrido en el conurbano, al emblemático mariachi navegando en los canales de Xochimilco, sentado en el Palacio de Bellas Artes (Ballet Folfklórico de México de Amalia Hernández), o a la usanza peripatética en la plaza Garibaldi, y por último, rancheras y rolas en el autorradio del generoso guía, Roberto Monroy Mandujano (romma8@gmail.com), que nos movilizó por los seis estados, en su Nissan Versa.

DÍA UNO.- Hospedados mi señora y yo en un departamento de la colonia Condesa (el barrio de las hermanas Font, en Los Detectives Salvajes, de Roberto Bolaño), delegación Cuauhtémoc, avenida Michoacán, elegimos desayunar omelette de huitlacoche y chilaquiles en sala verde con pollo, frijoles refritos, jocoque y huevos estrellados, en la Fonda Garufa (www.garufa.rest) de Fer, que tuvo la gentileza de platicarnos sobre su restaurante y su ciudad. ¡Para chuparse los dedos, por la Guadalupana! Repletos de sabor, partimos para la colonia Chapultepec Polanco. Parada principal: Museo Nacional de Antropología (ciento treinta pesos por tiquete, para extranjeros). Maravilloso y majestuoso recinto de arte precolombino. El mejor arte lítico de todo el continente americano. No sorprende que esté considerado entre los mejores museos del mundo. ¡Hay tanto por ver! Dignifica al mexicano, su origen, su identidad. Seguidamente, recorrido por el distinguido Polanco y su callecitas con aspecto señorial. El Beverly Hills mexicano. Impresiona la influencia de Carlos Slim, no solo por el Museo Somaya –impresiona su colección de Rodin-, sino por el cambio urbanístico –de industrial a residencial-. Como es día no laborable, la ciudad nos regala una calma que contradice su fama de caótica y congestionada. Abundan el verde, la sonrisa fácil, el gesto amable, las ganas de más. Ahora, al mero centro. No es tarea fácil conseguir estacionamiento cerca al Zócalo. Contrariamente a lo que hubiera imaginado, no abundan las construcciones virreinales, sino más bien, de tiempo republicano. Bellísimas fachadas recubiertas de tezontle, piedra volcánica rojiza de distinguible personalidad. Merecen un tiempo la Catedral Metropolitana, el Palacio Nacional y los murales de Diego Rivera, el antiguo Colegio de San Ildefonso, en fin. Recorrer Reforma e Insurgentes evidencia la vocación imperial (anterior a Maximiliano) de sus padres fundadores. México se hizo para ser grande. Cena en Azul Condesa (www.azul.rest). Independientemente del esmerado y muy profesional servicio, y de la sabrosa comida tradicional, respetuosa del insumo y la historia, el chocolate caliente con chile ancho fue uno de esos descubrimientos, que por un segundo, te equiparan a Rodrigo de Triana gritando «tierra, tierra». Conviene mencionar que la comida mexicana es la única que ostenta la condición de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, otorgado por la UNESCO en 2010. Sobran los motivos.

DÍA DOS.- Desayuno en la Fonda Garufa. Vuelvo a ser feliz. Huevos benedictinos. Café refill. Aromáticos panes recién horneados. La mesera, Lupita (¡mira, qué casualidad!), nos reconoce y nos aproxima a esa enciclopedia de cemento que es CDMX. Destino: Zona Arqueológica de Teotihuacán (tiquete de cincuenta y cinco pesos). Majestuoso. Lo primero que provoca es alcanzar la cima de la Pirámide del Sol. Roberto, nuestro guía, nos espera desde la sima. Por favor, no me pregunten qué es mejor, Teotihuacán o Machu Picchu. Ambas tienen su particular encanto. La Calzada de los Muertos nos conduce hacia la Pirámide de la Luna. Mi favorita, la Pirámide de la Serpiente Emplumada. Eso sí, hay que caminar. Urgidos de cambiar dólares a pesos, nos detuvimos en un bar restaurante a las afueras de las ruinas, que ofrecía como botana sopes de escamoles (larvas de hormiga gigante con mantequilla). Costosos, pero imposibles de rechazar. También conocidos como el caviar de los aztecas. No podían faltar los tacos de nopal y carne ranchera. Chile habanero con precaución. Agua de horchata. Por la tarde, recorrido por el Tepeyac del famoso Juan Diego –ahora santo- y la Basílica Catedral de la Virgen de Guadalupe. Asombra el fervor hacia la imagen santa, venerable, apócrifa, morena. La religiosidad de su interior me transporta a la gran mezquita turca, Hagia Sophia, precisamente. Su diseño modernista rompe con la tradición virreinal de naves, altares, retablos, columnas. Cena franciscana de sopa de tortillas. No debería claudicar, pero unos tacos al pastor, a escasos metros de nuestro hospedaje, me arrastran de la nariz, derrotando mi débil determinación de no comer mucho de noche.

DÍA TRES.- Adversos al riesgo, regresamos a desayunar a la Fonda Garufa. Quesadillas de portobello y queso panela. Por pura gula, fajitas de arrachera. Café y jugo de naranja. Aprovechando que es aún de madrugada, recorremos las zonas pudientes, y vuelvo a admirar y a rendirme ante las líneas, claroscuros y vanguardia de los diseños arquitectónicos de Luis Barragán y Juan O´Gorman. Ya camino al Estado de México, por modernas autopistas, regresan a mi memoria, en desorden, párrafos de Sor Juana Inés de la Cruz, Andrés Fernández de Andrada, Octavio Paz, Sergio Pitol, Carlitos Monsivais, Elena Poniatowska, Laura Esquivel, Enrique Krauze, Carlos Fuentes, Juan Villoro, entre otros. Sí, la cultura me hace un poquito mexicano. ¡Qué más quisiera yo!, como dijera Antonio Machado. Destino: Ejido San Mateo Almolda, Municipio de Temascaltepec. Santuario de la Mariposa Monarca Piedra Herrada. Ochenta por ciento del camino a caballo, veinte por ciento a pie, subiendo una empinada y boscosa colina. Cansa y no poco. Una vez arriba, una extraña paz. Y miles y miles de mariposas naranja y negro, que siguen llegando del norte. Silencio, no las vayas a asustar. «Quítale el flash a tu cámara», me advierte Alena. Recién camino aquí, se evidencia la lucha contra el narco. Convoyes de militares, encapuchados algunos, vigilan las vías interestatales. La placa vehicular de guía turístico nos evita revisiones. Al medio de un pueblecito, un puesto de tacos. La tentación es extrema. Sabor local. Picor regional. Satisfacción general. No queda espacio ni para un grano de arroz. Cerveza Tecate en lata. Caminata por las calles de Condesa y a dormir se ha dicho.

DÍA CUATRO.- Pues sí, desayuno en Fonda Garufa. Destino: Puebla, aunque hemos de apurarnos. Para la noche, compramos por adelantado dos boletos para el Ballet Folklórico de México en el Palacio de Bellas Artes (el edificio más lindo del país). Camino a Puebla, Roberto, finalmente, se anima a conversar sobre política mexicana, y entre broma y broma, surge el albur chilango (¡Ay, buey!). Es impresionante, al lado derecho de la autopista, la planta de Volkswagen. Empezamos el tour en la Pirámide de Cholula en San Andrés. Museo de sitio y recorrido desde el interior. Saliendo, su contorno parcialmente recuperado. Al costado, un manicomio. Subir hasta la pequeña iglesia de Nuestra Señora de los Remedios no es poca cosa, pero la vista a los volcanes bien lo vale. Bajando, puesto de chapulines (grillos) tostados de varios sabores. Pruebo varios de ellos. Con una vez en la vida, basta y sobra. Ya en el centro histórico de la ciudad, la recorremos a pie. Me encandilan sus calles provincianas. Su catedral, barroca y exquisita, es muy hermosa. Aunque agnóstico, no tendrían ningún reparo en volver todos los domingos. Aprovechamos la soleada mañana para tomar el Turibús (sesenta y cinco pesos por persona) y recorrer, desde su segundo piso, las principales construcciones y parques de la ciudad. Para almorzar, nos recomiendan El Mural de los Poblanos. Prometen un viaje sensorial a la Puebla de antaño, y lo logran. El mole es superado por el mole. Luego de los piqueos (botana), nos ofrecen la degustación de moles: poblano, de pipián verde y rojo, manchamanteles, abodo, entre otros. Las tortillas de maíz son la guarnición perfecta. Adicionalmente, me animo por el platillo de temporada, huaxmole de caderas y espinazo. Todo muy rico, pero nada económico. No obstante, que el mesero te llame «joven», como que ablanda la bolsa. Priceless, le dicen los gringos. Regresamos a las dieciocho horas al departamento, y mudamos de ropa nos toma lo que dura una canción. La función empieza a las siete y media en punto. Estamos relativamente cerca, pero el taxi llega a la Alameda Central en hora con veinticinco minutos. El tráfico es imposible. Bajamos frente al Hemiciclo Benito Juárez y corremos al Palacio de Bellas Artes. ¡Llegamos sudados y sin aliento! Estupendo espectáculo, un recorrido por la música popular mexicana. «Del encanto a la perfección», sumilla el Tribune de Lausanne en el díptico. De retorno, un taxista encantador, añoso y memorioso.

DÍA CINCO.- Morelos y Guerrero. Aun tomando el periférico y las vías de paga (con peaje), el tráfico es abrumador. Y la ciudad, en plena efervescencia, parece que no tuviera límites. A sugerencia de Roberto, nos animamos por unas tortas con tamal y café de olla, en un puesto ambulante, rodeado de taxistas. Memorable. Ya a las afueras, los bosques de pinos me recuerdan mi antiguo hogar, California. Saudade de California. Llegados a Cuernavaca, nos dirigimos al Museo Regional Cuauhnáhuac, o más conocido como el Palacio de Hernán Cortez. Su museo narra, sumarísimamente, la historia de México. Rematan la visita los murales de Diego Rivera. Damos unas vueltas a pie y nos trasladamos a Guerrero. Parece otro país. Ranchos, adobe, mulas, guaraches, pobreza. Nos advierten que no se nos haga muy tarde. Es peligroso cuando oscurece. Respetando los límites de velocidad, nos recibe Taxco de Alarcón, la ciudad de la plata y de las callecitas angostas y medievales. Subir al mirador en un VW escarabajo es toda una aventura. Caminar por sus empinadas callecitas, pegados a la pared, es otra aventura. Almorzamos fajitas en un restaurante con vista a la Parroquia de Santa Prisca y San Sebastián. Churrigueresca en extremo. Me apena volver. Taxco tiene ese raro poder de quedarse con un pedazo de ti. O si quieres, de sellar tu memoria. Cena en Condesa. Vino blanco, por favor, que estoy a punto de cumplir cuarenta y dos años.

DÍA SEIS.- Luego de convencer a Alena que no le cuente a nadie que cumplo años, empezamos el día en los canales de Xochimilco. Rentamos un bote para los dos, y nos entregamos al placer de ver a los locales, festejando en sendos botes, sus respectivos acontecimientos. Los mariachis, ora de negro, ora de blanco, no pueden faltar. Tampoco el tequila o el pulque, que es la celebración del pueblo. Finaliza el paseo con unos tacos de suadero y agua de Jamaica. Siguiente parada, los museos de Frida Khalo y León Trotsky en Coyoacán. Aunque prescindibles, ayudan a entender la obra de vida y pasiones de Frida Khalo. Lo mismo el Museo Casa Estudio Diego  Rivera (diseño funcionalista de Juan O´Gorman), en San Angel Inn. El barrio es precioso. Hace hambre y nos enrumbamos al Zócalo. Destino: Restaurante Café de Tacuba. Repleto de gente, que come al son de una entusiasta y bailarina tuna. Nuevamente, recorrido por el centro histórico, para terminar en el Mercado de Artesanías “Ciudadela”. Variedad y muy buenos precios. Acabadas las compras, el cuerpo languidece. Sabe que tiene que volver. Y sabe, en el fondo, que ha de volver. ¡Qué más quisiera yo!


POST SCRIPTUM: Este post va dedicado a mis amigos mexicanos, que por razones de tiempo, no pude visitar. Algunos no me lo han perdonado, y lo entiendo. Amo a México, y me debía este tiempo para los dos, sin intermitencias. Espero, me sepan comprender.

lunes, 26 de septiembre de 2016

SANDRA, LA ALHARACOSA

El día que Ernesto Balbuena conoció a Sandra Olórtegui, visitando uno de los locales de la Corporación, la compañera de trabajo que le hacía el tour de inducción le advirtió que no se detuviera en ella. Es conflictiva y muy «alharacosa», concluyó sin mayor explicación. Le hizo gracia el adjetivo, inusual, de ascendencia arabesca. Alḥaráka significa movimiento en árabe, y Covarrubias lo ha definido como el desasosiego y alboroto que alguno tiene con demasiado sentimiento y movimiento de cuerpo por cosa de poco momento, y todo se le va en quejas y amenazas (El tesoro de la lengua castellana o española). Alharacosa, en el Perú, es la persona que hace exagerada causa por algo que no merece la pena. Intrigado, recuerda claramente que, de reojo, estudió sus movimientos, no encontrando rastro del paroxismo del que había sido prevenido. Más bien, vio una mujer bastante joven de apenas unos veinte años y metro sesenta de estatura, muy cuidadosa de su aspecto, metódica y ordenada hasta la compulsión. Ojos pequeños, rostro cuadrado, cabellos lisos. A siete metros de distancia se pierden algunos detalles, pero se gana en panorama y te previene de ser sindicado, injustamente, de voyeur.
    
Obramos por contradicción. Y es que nos encanta buscarle el quinto pie al gato; rebuscar en la caja de Pandora; abrir puertas que debieron mantenerse selladas. Naturaleza humana, dirían los filósofos. Un par de meses después tuvo que volver al local del Callao, y luego de reunirse con unos gerentes, se dirigió al escritorio de Sandra y le preguntó por unas fichas técnicas de excavadoras y cargadores frontales. Aunque ella trató de ocultar su nerviosismo –era la primera vez que cruzaban palabras-, la ligera coloración de su rostro, la casi imperceptible aceleración de su respiración, la súbita dilatación de sus pupilas, la irreflexiva huida del contacto visual, terminaron por delatarla. Lenguaje corporal, dirían los psicólogos. Su trato fue extremadamente amable. La información, breve y precisa. Pero la distancia delimitada por ella, infranqueable. Para Sandra no era más que un gerente que le doblaba la edad visitando la tienda y evaluando por rutina. Un superior jerárquico con el poder –potencial- de despedirla. Un perfecto desconocido, con el futuro ya resuelto, incapaz de entender el drama de su vida. Falsa consciencia de clase, dirían los sociólogos marxistas. Para Ernesto, adivinar su origen no fue difícil. Débil perfume de imitación. Pulsera plateada de fantasía. Reloj plástico de fabricación china. Blusa de polyester también de imitación local. Rímel, pintalabios y base de bajo presupuesto. Cabello de dos tonos con indicios de seborrea. Epidermis reseca por la contaminación y la deficiencia nutricional. Sí, su origen era modesto aunque aspiracional. Para Sandra, tampoco fue difícil colegir el origen de su interlocutor. Aromático e inolvidable eau de parfum. Humectado rostro, limpísimas y cuidadas uñas. Reloj pulsera con un brillo que solo el oro puede ostentar. Sonrisa hipnótica con los dientes más blancos y definidos que en su vida le tocó ver. Camisa a rayas de un algodón pima que imitaba la pretenciosa caída de la seda. Atracción de polos opuestos, dirían los físicos.


Conceptos contemporáneos como asertividad, empatía, filantropía, etcétera, tienen sentido cuando creciste sin tener que luchar por todo aquello que consideraste un derecho adquirido: una sirvienta que dejó para las fábulas el lavar tu plato, tender tu cama, ordenar tu ropa, barrer tu cuarto. Unos padres que te daban generosas y periódicas propinas a cambio de nada, para comprarte todo lo que se te antojara y que fue configurando tus vicios. Unos parientes que en tu cumpleaños y navidad te traían más regalos de los que podías disfrutar. Para los otros, como Sandra, dejamos los conceptos de religión, resiliencia, sacrificio, paciencia, resistencia… Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Sandra no era alharacosa. Defendía con uñas y dientes lo que tanto le había costado obtener. Son tan distintos. Para Ernesto, perder una venta era parte de la lógica del negocio. «Se cierra una puerta, se abre una ventana», decía. Para Sandra, perder una venta era dejar sin leche a sus hermanas menores. Era eliminar el desayuno o la cena durante una semana. Era perder cabello por el estrés de no cubrir el presupuesto mensual. No, claro que no era alharacosa. Era una sobreviviente. Una guerrera. Una heroína anónima, como tantas otras mujeres de este país. Y como tantas otras, solo quería un mínimo de atención y ojalá, algo que se pareciera al cariño de las telenovelas. Para su fortuna, Ernesto tenía más que eso para ella. ¿Cómo lo sé? Pues ni bien termine este post, debo correr a la lavandería a recoger mi traje. Mañana a las once, en la Municipalidad de San Isidro, debo asistir como su testigo de bodas. Menudo honor.

viernes, 9 de septiembre de 2016

CON EL SUDOR DE TU FRENTE...

Ya en mi primera experiencia laboral, terminada la carrera de Derecho y Ciencias Políticas, empecé a sospechar de las bondades del trabajo. Fue más de una la señora agradecida, luego de asesorarla legalmente, que me deseaba o «mucho trabajo» o que «no me falte nunca». Allá por la década de los noventa, el trabajo era un bien muy escaso en el Perú. Y si bien, algunos pocos meses de desempleo claro que tuve, en términos generales no he parado desde entonces.  Pienso que mucho han tenido que ver mis competencias blandas, más que las técnicas. Me suelo enamorar de lo que hago. Comunico fácilmente. Creo en el trabajo en equipo. Respondo por mis actos y los de mi equipo. Arriesgo lo que soy por lo que puedo ser. Tengo buena memoria. Soy buen negociador. Me encanta escribir. Hablo fluidamente el inglés. No suelo tomar las cosas de forma personal. Enseño con el ejemplo. Siendo así, me gustaba creer que, llegado a la organización ideal, me quedaría ahí hasta jubilarme. Primer error, no existe la organización ideal. Puede que lo sea al inicio, pero las organizaciones son seres vivos, mudan con el paso del tiempo. Están condenadas a adaptarse a sus circunstancias. A generar valor. A privilegiar los guarismo sobre los sentimientos. O de lo contrario, perecer en el intento. Segundo error, subestimé el alcance de Linkedin. La ley del menor esfuerzo y la ficción de la inmediatez («lo quiero para ayer») han hecho de este portal, la herramientas más usada para el reclutamiento de personal. No hay caza talento o Headhunter, que se precie de tal, que no lo utilice. Y no hay profesional, que se precie de tal, que no tenga su perfil profesional publicado allí. Es el mercado perfecto: oferta y demanda a la distancia de un click del mouse.

Ciertamente, las ventajas del trabajo son numerosas. Nos asegura el sustento y paga los vicios. Desarrolla nuestras habilidades y amplía nuestros conocimientos. Le da cierto sentido a nuestra vida. Nos socializa. Hace más llevadero el paso del tiempo. Cimienta las ilusiones y refuerza el autoestima. Estimula el ahorro y nos vuelve sujetos de crédito. Otorga seguro médico y demás beneficios laborales. Nos exige superarnos. Hasta puede que conozcas al amor de tu vida. Pero sus bemoles no son pocos: el estrés, el acoso laboral, el maltrato psicológico, el abuso de poder, la explotación, la plusvalía marxista, los accidentes laborales, los despidos arbitrarios, el nepotismo, la corrupción, entre otros. Entonces, las referidas señoras –tan buenas ellas-, al desearme un bien, también me condenaban a una dinámica recurrente, de por lo menos, cuarenta años ininterrumpidos, si a una decente pensión de jubilación se aspira. Porque lo previsional en el Perú ya casi no existe. La CTS (compensación por tiempo de servicio) se puede disponer a partir del exceso de 3 remuneraciones mensuales (antes solo se lo podía retirar luego de jubilarse, renunciar o ser despedido). Lo mismo con el fondo de pensiones, cuyo retiro parcial es posible antes de la jubilación.
 

Llego a esta reflexión luego de la inusual -y muy agradecida- cantidad de ofertas de empleo que he recibido los últimos seis meses. No es que se esté creando más trabajo en el Perú. Ni que yo haya adquirido mayores conocimientos o me haya hecho de una rara y codiciada habilidad. La razón es simple: las organizaciones se están reestructurando. Es decir, están reduciendo su tamaño, están despidiendo gente y consolidando en el organigrama, gerencias y jefaturas. Los altos sueldos, hasta hace un par de años comprensibles, hoy son la principal causa de invitación al despido. Lo mismo con los muchos años de servicio. La palabrita «lista negra» se está volviendo moneda corriente en varias empresas. Esto por un lado. Y por el otro, lo que ahora, lector, invoco que hagas: invierte unas horas en elaborarte un buen perfil en Linkedin y construye una buena red de contactos, salvo que quieras pagar la membresía (unos treinta dólares al mes) para que aparezcas primero en las búsquedas (Job Seeker). Mi red consta de más de diez mil contactos. Casi todos del sector donde tengo mayor experiencia laboral y de las áreas de reclutamiento y selección de las empresas que me interesan, y claro está, de todas las agencias de Recursos Humanos del país. Entonces, no es casualidad que me inviten a participar en sus procesos de selección. Me tienen a la mano. Y mi perfil está lleno de «key words», que a ellos les encanta. Bueno, es verdad que tengo un Master Degree en Gestión Estratégica del Factor Humano (RR HH) y soy aficionado a la escritura. Pero es más que todo sentido común. Se trata de entender cómo interactúan la oferta y demanda laboral. Ahí lo tienes para que le des un vistazo a mi perfil. No es la gran cosa, pero funciona: https://www.linkedin.com/in/vladimir-z%C3%A1rate-alva-a9605218?trk=hp-identity-name

miércoles, 20 de julio de 2016

VAMPIRO DE LAS CIRCUNSTANCIAS

Don Benito Pérez Galdós fue uno de mis compañeros de viaje, allá en mi adolescencia, cuando con curiosidad y respeto, iba fisgoneando y adentrándome en la biblioteca de mi padre. Ahora mismo se me vienen a la mente títulos como Trafalgar, Marianela, Nazarín y Fortunata y Jacinta. Obras breves, pero cercanas al alma –sobre todo, a la del imberbe que fui-. Hay que decir que Pérez Galdós fue un escritor prolífico, no limitándose a las novelas y dramas sino también a las epístolas, entre otros. Y es de celebrar la reciente publicación en España de Correspondencia. Benito Pérez Galdós. Edición de Alan E. Smith, M. A. Rodríguez Sánchez y Laurie Lomask, de casi dos mil páginas, donde aparecen un millar de cartas a diferentes destinatarios, del que muy buena crítica, se ha escrito ya.


En una carta dirigida a Leopoldo Alas «Clarín», le confiesa: «más que Homero o Dante me gusta acercarme a un grupo de amigos, oír lo que dicen, o hablar con una mujer o presenciar una disputa, o meterme en una casa de pueblo, o ver herrar a un caballo, oír los pregones de la calles…». Gran verdad, que sin querer, contradice la bibliofilia de algunos, que buscan el aislamiento del mundanal ruido.  Todo narrador es un vampiro de las circunstancias ajenas. Se nutre tanto de los chismes, los excesos, los culebrones, como de las confesiones, las culpas, las introspecciones.  No suele contar de sí, el mundo es su caldo de cultivo. Y si bien, alguna narración suya pudiera parecer autobiográfica, casi nunca lo es. Excepciones que ponen a prueba la regla, hay, como las excentricidades publicadas por mi paisano, Jaime Bayly Letts. Además, ya quisiera uno parecerse a los personajes de su ficción. Contar historias es la revancha consuetudinaria a la chatura existencial.


Del mundo literario, se puede afirmar –sin temor de caer en hipérbole- que agrupa a casi la totalidad de las personas chismosas, vanidosas, mentirosas, envidiosas, injuriosas y rencorosas -sí, todas esas lindezas reunidas en un solo personaje-. Algunos conozco. En parte, son así, porque la consagración, si es en vida, es tremendamente excluyente. Gustar y llenarse los bolsillos, una temporada, con libros de autoayuda o novelas adolescentes o lacrimosas, suele ocurrir. Prevalecer en la memoria poética. Lograr el estatus de «clásico». Mantener el nivel de ingresos. Ese es otro cantar. De ahí la validez de lo expresado por don Benito en el párrafo anterior. Hay que escuchar a la calle. Pero requisito previo es, la nutrición libresca. Después de Joyce y Dostoievski, los monólogos nunca fueron los mismos. Tampoco las estructuras después de Faulkner y Hemingway. Hacerse de una buena historia es un gran paso. Saberla contar, su cristalización.     

martes, 12 de julio de 2016

CRÓNICAS PROVINCIANAS

Cuando se viaja por el Perú, el viaje no solo es espacial, es también temporal. Déjame presumir, pero país somos, de variadas maravillas. Podrás cruzar caóticas metrópolis, desiertos dakarianos, valles transandinos, ríos interoceánicos, nevadas cadenas montañosas y junglas vírgenes. Como también, en la misma travesía, generaciones, centurias y hasta edades prehistóricas. Costará creerlo, pero en la Amazonia, aún subsisten tribus divorciadas del hombre contemporáneo, ajenas a nuestra modernidad y virus, bacterias, estrés, codicia, tontos por ciento, real politik y demás herencias, todo menos encomiables.

Allá por Platería, en Puno, a las orillas del Lago Titicaca, conocí a Eustaquio. Su apellido, aimara, me ha pedido que no lo mencione. No por él, por su suegro. Y fue en época de fiesta patronal, que Eustaquio se animó a echarse unas copas con su suegro, don Gabriel, ya quisiera Condorcanqui. Copas van, copas vienen, el respeto se fue yendo con las gélidas olas lacustres, y Eustaquio, arrebatado por los lapos que le propinaba su suegro, le espetó: «no me levante la mano, viejo verga muerta». El suegro, iracundo, le exigió una disculpa, pues a sus ochenta y tres años, todavía «montaba» (sic). «Pues a las pruebas, hemos de remitirnos» -sentenció Eustaquio. Y abrazados y a tientas, llegaron hasta el prostíbulo más reputado de la provincia. Y vaya que la reputación es cosa de alta estima en estos menesteres. Pagaron al caficho sus entradas y repasaron, uno a uno, los cuartitos iluminados de rojo, que albergaban a las risueñas profesionistas del sexo, o quieras tú, samaritanas del amor. Esperanza fue la elegida. Cholona de unos treinta y pocos años, de pechos maternales, pezones oscurísimos, dentadura espaciada, cabellos crespos y esmerado sobrepeso. «Pasa nomás, corazón» -invitó a don Gabriel-. Cerró la puerta, y Eustaquio se hizo a la idea de esperar por un buen rato. «Esa verga, no se para ni con inflador», pensó, divertido. Grande fue su sorpresa, a los pocos minutos, ver salir, airado y vociferante, a su suegro. «¡Se ha calateado esta cojuda! ¿Está loca?». Y sí, allende en el tiempo, las «polillas» no se desvestían. Levantaban la falda, y ahí, donde no había calzón ni verdaderas ganas ni frutos, los señores «sentían» lo que prohibido, por la Iglesia, estaba con sus respectivas damas. ¿Te imaginas?


Entre la frontera de las regiones de La Libertad y Lambayeque, a las orillas del río Jequetepeque, a escasos minutos de la represa del Gallito Ciego, se ubica Pay Pay, caserío de unas ciento y tantas familias. Y si bien, la herencia moche es evidente, también lo es la de piel pálida, llegada desde la Iberia hace casi medio milenio. Llegado -entiéndase yo- en tiempo de bodas, mi amigo Santiago, luego de desposar a Carmela, se la llevó a vivir a casa de sus padres, muy cerca del mercado y la escuela primaria. Vivía también con ellos, su santa abuela, doña Pancha. Y la primera noche, luego de volver de su luna de miel en el balneario de Máncora, hizo despertar a doña Pancha un sonido nada familiar, quien en pijamas, prendió su candil de kerosene y lentito el paso, se fue aproximando a donde provenían los extraños ruidos. Abrió despacito la puerta de latón y asomó su nonagenario ojo izquierdo, cansado y legañoso pero no miope. Alarmada, regresó sobre sus pasos y fue directo a la cocina a coger una escoba de paja. Rauda, se abalanzó contra la puerta y le gritó a la asombrada Carmela: «¡Déjalo, desgraciada! ¡No te voy a permitir que te comas a mi nieto!». Entenderán, agudos lectores, que lo que hacía la joven y obediente Carmela, era complacer a Santiago con una cadenciosa y esmerada felación, y no un acto de canibalismo, como hasta su muerte, creyó la buena Pancha. ¡Es que oye! 

martes, 5 de julio de 2016

El poder de las palabras

De acuerdo al Evangelio de Juan, «en el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». Entiéndase: verbo = palabra = logos (palabra griega, hay que decir). Para los antiguos helenos, el logos, además de significar palabra o razonamiento, era considerado el puente entre Dios y el mundo material. Vale decir,  que el uso del término logos, en la lectura -de aquellos tiempos- del Codex Alexandrinus, podía entenderse como un principio mediador entre Dios y el mundo. Sí, las palabras –algunas- pueden traer la divinidad a la tierra. O en todo caso, la experiencia religiosa misma. Las palabras no solo pueden, las palabras son. Subyace una ontología en ellas. Una quintaesencia. Es condición previa conocerlas, entenderlas, respetarlas y ojalá, amarlas. 

Los ritos son importantes, y no todos deben de ser solemnes. Algunos están compuestos de palabras o frases, es decir, de verbo. José Antonio (29) lo sabe bien. Cada vez que Sandra (21) lo amonesta con un «¡Aish!», lo increpa con un «¿Es en serio?», lo condena con un «¡Qué chinche!», o lo tranquiliza con un «¡No te pases!», lo aproxima a su mundo, lo hace parte de él. No es manifiesto, es latente. No es expreso, es tácito. No es intrascendente, es esencial. Superar la barrera de la formalidad y adentrarse en la intimidad del trato diario, las impresiones y las confesiones es validar la naturaleza plural del individuo. Cierto es que nacemos y morimos solos, pero la travesía, ha de ser acompañada. Es hasta bíblico: «No es bueno que el hombre esté solo» (Génesis, 2:18). Pero hay algo más entre ellos dos, entre Sandra y José Antonio. Desde febrero, comenta Rosita, algo se traen entre manos. ¿Cómo es que dice? –Esos chicos no se miran como amigos.


Amigos son, pero algo más también. No es que sean pareja, él no se anima a declararse. Y ella, de ser consultada, no se animaría a aceptarle. Él, porque cree firmemente que la felicidad habita en la antesala de la felicidad. Es en la búsqueda y en la expectativa donde radica la mayor parte de la felicidad (Eduardo Punset, El Viaje a la Felicidad). Le basta con saber que es único y especial para ella. Que a Sandra le gustan los tulipanes y no tanto las rosas; la comida italiana antes que un cebiche; lo salado a lo dulce; la maracuyá a la Coca Cola. Sabe también que si le pusiera un mínimo de empeño, o en su defecto, si amenazará por desaparecer, ella reaccionaría. Pero mejor no. ¿Después, qué? Ella, porque dice valorarlo mucho, cuando en realidad ya no podría concebir su vida sin él. Porque sabe que para José Antonio, después del almuerzo, un expreso sin azúcar es obligatorio. Porque mientras conduce su auto, puede llegar a llorar escuchando Felicidad de Lucio Dalla, Nessum Dorma en la voz de Paravotti o Good bye, Milky Way de Enigma. Porque tiene un poder de atracción hacia los animales, que con extenderles la mano, no hay perro que no le mueva la cola. Se engaña a sí misma al negar algo ya evidente. Y es que, se pregunta antes de dormir ¿sentirá lo mismo que yo? No, él no parece haberse enamorado nunca. Hace que se enamoren de él, pero él no se entrega -afirma-. La mutua resistencia está durando hasta ahora, aunque no creo que pase de este mes. Hoy por la mañana los vi mirarse, hablar, reír. Es un fantástico espectáculo verles en el comedor de la empresa. Todo es risible. Todo es creíble. Todo es compartido. Bien dijo Rubén Darío: Juventud, divino tesoro que te vas para no volver.   

domingo, 26 de junio de 2016

Astrid & Gastón elevados a la G


Ignacio Medina es el crítico de restaurantes más cosmopolita, riguroso y respetado del Perú, aunque no sea peruano -es español-. Y semana a semana, escribe para El Comercio (antes lo hacía para la revista, de ese mismo diario, Somos) sus impresiones de lo nuevo y viejo de la propuesta gastronómica en el Perú. Y fue hace casi un año, el 7 de agosto de 2015, que reseñó sobre Astrid & Gastón, con un ojo y paladar crítico poco usual en estas latitudes, que apuesta casi siempre por el quedar bien. Entre otras cosas, afirmaba que algunos platos «sufren problemas técnicos: un par de texturas mal logradas –en el rillete de cuy y el brioche con queso de cabra semi curado–, una cocción desfasada en la pesca con jugo fermentado o un exceso de sal en la sopa verde con papas. Imperdonable para una planilla tan larga que trabaja una propuesta tan corta. La otra parte del problema está en cuatro versiones de platos que ya aparecieron en menús anteriores. Un lujo inconcebible en un restaurante que apenas desarrolla trabajo creativo». Por lo menos a mí, me desanimó de visitarlo, aunque hace buen rato quería sumergirme en su Menú Degustación. Y fue, luego de leer su nueva crítica sobre este mismo restaurante, publicada el 3 de junio –donde le da 4 estrellas de 5 y no mezquina elogios-, que decidimos Alena y yo reservar una mesa y aventurarnos por el Menú Degustación G, su buque insignia.
Hablar de cuánto se puede gastar uno ahí debería quedar en el ámbito de lo privado. Baste decir que el precio de este Menú Degustación por persona, sin bebidas, es de 385 soles (US$ 128) y con maridaje es de 625 soles (US$ 189). La propina, merece un mínimo del 10% del consumo. Es esmeradísima. Llegados a las 7 de la noche, nos recibió el tañer de siete campanadas de una capilla –parte integrante de la propiedad- que por muchas décadas perteneció a la familia Moreyra. Desde el valet parking te hacen sentir especial. Sonrisas, atenciones, esmero, prolijidad. Ya en la mesa, nos recibe toda una puesta en escena: una gran cocina llena de acero inoxidable con una docena de personas gritando «Servido» luego de cada orden del chef, meseras y meseros, sommelier, busboys y el mismísimo Gastón Acurio, pendiente de las órdenes. Tuvo la gentileza de acercarse a nuestra mesa, indicarnos cómo comer la hamburguesa y desearnos, unas cuatro veces a lo largo de las tres horas que duró el festín, muy buen provecho. Lo mismo con Astrid Gutsche. Nos agradeció la visita, y luego de expresarle un sincero: «Vielen Dank. Alles ist köstlich», nos regaló varios minutos contándonos lo que es la nueva propuesta de Astrid & Gastón. Memorable recuerdo. ¿Fotos? Se toman con todo aquel que se lo pide, que no son pocos. Nosotros fuimos a comer.

Independientemente de los cócteles –que no están incluidos, y hacen gala de una gran creatividad-, la aventura culinaria empieza con 5 bocaditos servidos en un plato con forma de cama  llamada «La Cama Mandinga», y que hace honor al mestizaje gozoso y a veces prohibido de nuestra tierra –la novela Matalaché, del chiclayano Enrique López Albújar es un buen referente-. La bolita de carapulcra estalla en la boca. La empanadita con pescado es una delicia. Luego llegan los ceviches, uno tradicional de corvina, otro vegetariano bautizado como «Ceviche del campo», luego una ensalada nikkei de erizo con una leche de tigre que impresiona y que tarda en borrarse del paladar. Y así, van desfilando las 14 distintas experiencias, incluidos al final el café de Oxapampa –un arábiga que hacer honor a la acidez y al buen sabor- y las diversas formas de chocolate en una caja china que no deja de abrir compartimentos llenos de trufas, bombones y demás. Será difícil olvidar el plato «De César, su huevo», o el «cochinillo y la quinua», y las presentaciones de un cuy peruano, al que nunca se le había rendido tanto honor en una mesa, pues en esta, compite con el «royal» pato pekinés, porque aquí, también es pekinés. Estimados Astrid & Gastón, Alena y yo hemos sido tremendamente felices en su mesa. Fueron tres horas de mimos, lujuria, llenura y desabotonura. Había que crear el espacio para tanto y tanto. Seguro estoy que su posicionamiento entre los mejores del mundo, el 2017, sorprenderá. Enhorabuena. 

jueves, 23 de junio de 2016

El Karma sí existe

Federico Guillermo, qué duda cabe, fue el guapo del barrio, el «caritas», como les dicen en México (lindo y querido). Y muy probablemente, a sus cuarenta y pocos –treinta y seis dicen que aparenta-, lo sea también del lujoso edificio sanisidrino donde habita con su mujer y sus tres hijos. María del Pilar, su esposa, debe tener un pacto secreto con el tiempo y la belleza, porque ostenta lozanía, garbo y beldad desde que la conozco, y vaya que han pasado buenos años ya. Son la Barbie y el Kent que muchas parejas quisieran ser, aunque el mérito de ser bellos viene de fábrica, se nace así, si es que se nace así. No obstante, cultivar la belleza y mantenerla, sí es algo que les ha costado extenuantes horas en el gimnasio e incontables limitaciones en la mesa. Yo siempre he creído que el mezquino en la mesa también lo es en la cama, pero ese es otro tema. Justificaciones de glotón con ínfulas de epicúreo.

Guille –así lo llamamos sus amigos- es Key Account Manager de una importante transnacional nórdica y catedrático en una de las Escuelas de Posgrado más caras y prestigiosas del país. Ahí conoció a Jazmín. No la conozco, no la podría describir –ganas no me faltan-. Me he limitado a saber que está concluyendo el MBA –Guille es uno de sus profesores- y no pasa de treinta y dos años. No llegan a ser amantes, son amigos con «derecho a roce». Ya sabes, a veces sí, a veces no. Guille me dice que son básicamente amigos. El sexo es circunstancial, no la base de su relación. No lo justifica, lo complementa. Es un tercer lenguaje, además del hablado y el corporal. Un beso en la palma de la mano, un masaje en el nudillo, un soplido en la nuca o la oreja, un juego de lenguas, un lengüeteo de pezón, un orgasmo clitoral, y así, no tienen traducción convencional, lo sientes con quien te lo hace sentir. Con quien halla tu frecuencia. Con quien sintoniza tu ritmo.


El viernes último, 17 de junio, que Perú jugó contra Colombia y perdió por penales, el padre de María del Pilar, don Armando, invitó a sus hijas y sus respectivas familias a pasar todo el fin de semana en su casa de campo en Cieneguilla. Guille dudó en ir, razones de peso tenía. Esa misma semana de junio se inventó un par de clases más y convenció a Jazmín de pasar unas horas en un discreto hotel boutique de Barranco. Ni bien llegando, encontró en el estacionamiento subterráneo el auto de su suegro, un ostentoso Jaguar XJ negro metálico imposible de confundir. Su sonrisa maliciosa fue imposible de ocultar. Jazmín asumió que era por las ajustadas pantalonetas negras que llevaba puestas. No preguntó. Pasadas unas tres horas de agradecida gimnasia, bajaron al estacionamiento y el auto seguía allí. ¡Qué faena del viejito!, dijo para sus adentros, divertido. Entretanto, ya en la terraza de la casona, repartiendo el incandescente carbón de la parrilla, lo miraba una y otra vez, mientras se decidía o no en jugarle una broma. Una broma que solo ellos dos entenderían. Y saz, se la soltó: -Don Armando, mientras pasaba por Barranco, hace tres días, a eso de las diez de la noche, vi saliendo del estacionado del Hotel XXXXXX a su auto. -¿Ah, sí? ¡Qué raro! El martes al medio día le presté el auto a María del Pilar, porque se iba a reunir con sus amigas del colegio. ¿No te contó? El chofer, al día siguiente, me lo regresó. Seguramente, te debes de haber confundido, Guillermo. Pues no, Guille no se confundió. Aunque confundido está. No sabe cómo encarar a María del Pilar. Culparla es culparse. Ya no sonríe como antes. Ya no hace bromas como antes. Ya no sale con Jazmín, como antes. Como diría Alfie: He does not have peace of mind.  

miércoles, 15 de junio de 2016

Cuestión de elección


En el milenio anterior, Armando Tejeda y César Isella compusieron la Canción de las simples cosas, cuyos versos dicen: «Uno vuelve siempre / a los viejos sitios / donde amó la vida / y entonces comprende / como están de ausentes / las cosas queridas». Esta ausencia es concomitante a la despedida, real o imaginaria, volitiva o involuntaria, precisa o extemporánea. Cuesta despedirse, de ahí que el Diccionario de la Lengua Española sea tan mezquino con su definición: «acción y efecto de despedir a alguien o despedirse». Despedirse, desde la psique, es distancia, duelo y dolor. Es la certeza de la ausencia de alguien o algo que sí nos importa. Que sí echaremos de menos. Que al devenir en saudade, es soledad, nostalgia y añoranza. Resumiendo, es la experiencia vivencial del Memento mori (del latín, recuerda que morirás), tan presente en la masonería como cura a la vanidad.

Sara, joven administradora de un popular restaurante de comida rápida, ubicado en el segundo piso del Centro Comercial Plaza San Miguel, recibió con escepticismo a Gabriel, ex esposo de su prima hermana. Necesitaba trabajar y solo había espacio como ayudante de cocina. Ya saben, pelar papas, preparar cremas, cortar lechugas y tomates, freír chorizos y trozos de pollo empanizado y cosas así. Desde que lo conoció sintió lástima por él. Estuvo presente en su boda religiosa, cinco años atrás, y su prima Ana siempre fue una bruja. Culiparada y guapachosa, es verdad, pero no por ello menos bruja. Al final de cada turno, terminado el arqueo de caja, Gabriel, sin más intención que protegerla, la esperaba fuera del local para acompañarla al sótano y constatar que se subiera segura a su auto, un Toyota Auris color rojo. Fue así por varios meses, hasta que un jueves ella le preguntó dónde vivía. Sí, podía llevarlo hasta una avenida cercana a su domicilio. Y así, dos almas solas empezaron a reconocerse. No de inmediato, pues la desconfianza de adentrarse en temas personales fue mutua. Pero no hay barrera que el tiempo no supere. Descubrieron, respectivamente, su sentido del humor. ¡Vaya si rieron, y mucho! Descubrieron intereses comunes. Descubrieron su condición de humanos. Cupido ya había hecho su trabajo.


Sara, raza superior –las mujeres siempre lo han sido-, sabía que esta relación no llegaría a buen puerto. Su familia no lo permitiría. En el trabajo no lo aceptarían. Sus amigas la condenarían. And last but certainly not least, la culpa judeo-cristiana, que la empujaba al llanto mientras lavaba de su cuerpo los fluidos compartidos de un sexo tan agradecido y esperado. No tenía que terminar con Gabriel. Él aceptó con resignación el anonimato. La quería a ella, no a sus circunstancias. Pudo más el miedo al miedo. El horror –de Sara- a enamorarse y perder la cabeza (como si no lo hubiera hecho ya). Y un viernes once de junio, luego de almorzar opíparamente en una trattoria miraflorina –Gabriel cumplía 36 años-, se despidió de él con un beso en la frente. No lo volvería a ver más. Huyó para salvarse de un dolor futuro (¿?). Ya era demasiado tarde. Enamorada estaba. Pagó el precio más alto que el temor puede: la soledad. La nostalgia. Y la añoranza. Sonreiría por ratos. Disfrutaría también. Pero la felicidad… eso es otra cosa. Está reservada para los que intentan, se equivocan, lo vuelven a intentar, se equivocan nuevamente, y vuelven a volverlo a intentar. Sino, pregúntenle a Gabriel, que ya va por el tercer hijo, y no todos de una misma mujer.   

domingo, 29 de mayo de 2016

Sandro, el Poeta

Sandro es hijo de Sandra y Alejandro. Pero es hijo también de su fértil y salvadora imaginación. Sandro es poeta, no porque componga obras poéticas. No. Lo es porque está dotado de gracia poética. De memoria poética. De alma de Sísifo redimido. Su vida es su poesía. Es decir, la vida «suya», por él concebida, no la que le ha tocado vivir. Cocinar a las seis de la mañana para él y sus padres, vender autos en un Mall de Los Olivos, estudiar Administración en la Universidad César Vallejo o llevar todos los viernes por la tarde a su madre al quiropráctico es prosaico, no poético. Trabajar para no ahorrar, soñar con el auto propio mientras se moviliza en colectivo, comprar ropa en temporada de liquidación es también prosaico. Enamorarse sin esperanzas de las chicas de su barrio, ver películas piratas los domingos por la tarde, cenar los sábados en el chifa de su compañero de escuela es, si quieres, hasta deprimente. Sin embargo, todas estas acciones denuncian orden, certeza, devenir. El mismo orden del que precisan las palabras, que son pensamientos. Pensamientos que responden a inhibiciones, necesidades, vacíos. Somos a partir de lo que no somos.

Su reino no es de este mundo. Su reino habita en su mente, de ochenta y seis mil millones de neuronas y demás neurotransmisores y neuroconductores. Alejandro Sanz, en la letra de «Eso», lo explica cantando: «Yo ya no te busco en los azules ni me enfrento a tempestades / ya no me importa si me quisiste porque en mis sueños yo te tuve». Sandro, en sus sueños, compone situaciones líricas como si de versos endecasílabos o alejandrinos se tratara. Párrafos musicales de rima consonante y asonante. Líneas excepcionales con sinalefas, diéresis y sinéresis en verso libre. De pequeño, descubrió el arcano, la piedra de toque, que a tantos «iniciados» hizo perecer en la hoguera: trocar la fantasía en realidad. Materializar los sueños. Aunque siempre dentro de la mente. Tema aparte es que a algunas veces los deseos se desborden, abandonen el mundo ideal (Topus Uranus) y se vuelvan realidad. Jacques Lacan decía que lo malo de los sueños es que, cuando los tienes, ya no los quieres. Le ha pasado. Ya no quiere que le vuelva a ocurrir.  

Adentrarse en su mente facilitó el camino a penetrar la mente de otros. Al principio, sin querer. Hoy, que puede, muy raramente. Duele ser otro –o estar dentro de otro- aun manteniendo la propia identidad. Porque se enfrenta a demonios que no son de uno. Porque se conduele con tragedias que no está autorizado a socorrer. Porque contamina su energía a cambio de nada. Disfrazado de una apariencia anodina, reina en su reino. Al entorno, sus circunstancias, su destino, no los quiere cambiar. Ni siquiera se lo ha propuesto. Ha elegido la felicidad del ensimismamiento. Del sueño consciente. De su poesía mental, sensorial, emocional. Da gusto verle pleno, mientras el mundo le juzga infeliz, incompleto, incapaz, idiota y demás íes. Sandro ríe al último. Y en efecto, ríe mejor. Bien lo supo el divino Víctor Hugo: «un poeta es un mundo encerrado en un hombre».    

martes, 26 de abril de 2016

El amor en los tiempos del Whatsapp

Estrella y Antoine no se conocen. Bueno, en cierta forma, sí. Son novios virtuales. Ella es de Ventanilla, un distrito costeño de la Provincia Constitucional del Callao, en el Perú. Él es de Biarritz, en la región de Aquitania, al sudeste de Francia, muy cerca de la Costa Cantábrica, donde aprendió el español. El mar es su referente. La coincidencia que los llevó a comentar el mismo vídeo en Youtube: «Alfonsina y el Mar», en la voz de Nana Mouskouri. Siguió la invitación por Facebook. Prosiguió el Whatsapp, omnipresente por obra y gracia del Smartphone, el plan de datos y el wifi. No hay hora en la que no se envíen emoticons, breves mensajes de texto, fotos de su cotidiana intimidad, canciones románticas y paro de contar. Para Estrella, Antoine aún vive con su madre, Simone, enferma de una diabetes avanzada, la pobre. Alto como un poste y rubio como la miel. Trabaja por la mañana en una gasolinera y por la noche estudia marketing digital en un instituto sin página web. Para Antoine, Estrella es la segunda de tres hermanas –Natalia es la mayor e Isabel la última-. Estudia nutrición en la Universidad Nacional del Callao. No trabaja, pero eventualmente es invitada a modelar y hacer de anfitriona en ferias comerciales. Sí, es guapa. A los diecinueve años el cuerpo de una mujer solo puede ser hermoso. Y si es trigueña, porteña y risueña, aún más. Una hermosa mariposa de tinta negra adorna su esbelta espalda. Es imposible no reconocerla a la distancia. Como tampoco no rendirse a sus encantos de mujer.


Están ahorrando para que un cercano día, finalmente, puedan tocarse, sentirse, confundirse. La exención de la visa Schengen a los peruanos allana el sueño, hasta hace poco, casi imposible. Es gratificante dejar de ser un país paria a los ojos de los ricos del Norte. Pero ni Estrella tiene diecinueve años, ni es trigueña, porteña o risueña. Ni Antoine es alto ni rubio. Es lo que han querido ser, pero no son. Es lo que se fueron inventando y lo que convirtieron en su realidad y cotidianidad. Ella se ve así. Él también. Estrella es en realidad Andreína Juscamaita Chamochumbi. Es madre soltera y tiene cuatro hijos de diferentes padres. Ninguno llega a adolescente aún. En junio próximo cumple veinticuatro años. Antoine es en realidad Jaime Ponce Bellido. Guatemalteco de cincuenta y siete años que llegó de contrabando a Europa y trabaja de lavaplatos en un par de bistros. Ha aprendido algunas frases en francés, y mucho de lo que le ordenan entiende. Esta mentira, con visos de verdad, les ha salvado la vida. Sobrevivir era su quehacer diario. La estéril rutina, su cadena perpetua. 

La chatura de sus vidas no es tan distinta a la de mayoría de sus contemporáneos. Escapar se puede, ciertamente, pero los medios cada vez son más esquivos. El mío, por ejemplo, es la Literatura. Jean-Marie Le Clézio tiene una reflexión maravillosa: «Sin duda la literatura está adelantada a su época, permite todos los sueños, todas las aspiraciones. Es lo opuesto del nacionalismo estrecho, de la identidad reducida, al racismo básico, a las incapacidades sentenciosas, a los conformismos satisfechos, a la cobardía intelectual, la autosatisfacción y las mentiras que los tiranos inventan para dorar sus estatuas. ¿Cree que soy demasiado optimista?». Hacerse de una novia por Internet podría ser otra, pero estaríamos engañando a alguien más que a nosotros mismos. Y la verdad, tarde o temprano, se conoce. Si bien adentrarse en las obras maestras de la Literatura es también vivir una mentira, el daño es nulo. Entretanto, Estrella -o debería decir María- le ha dedicado una canción a su Antoine: «Esa Mujer», de Ha Ash. Y mientras la escuchan, cada quien en su cama, suspira y vuelve a sonreír. ¡Ay, el amor! Si no lo sabré yo.

sábado, 19 de marzo de 2016

Déjà Vécu

Del francés «ya vivido», esta expresión no tan inusual en nuestra lengua manifiesta la cuasi certeza de experimentar un hecho por el que, tiempo atrás, ya pasamos. Y Julián -mi amigo- sabía que su cercanía a Tatiana terminaría tal y como comenzó su impremeditado acercamiento a Selene. Doy fe que antes, y ahora, los sucesos se fueron dando con una similitud que estremece. «¡Como si de pronto lo recordásemos!», en palabras de Charles Dickens (Personal History of David Copperfield). Permítanme entonces, contarles la historia de Julián. Está casado. Hace casi veinte años. Tiene dos hijos, Stefanía y Lorenzo. Luego de tener a Stefanía, dieciocho años atrás, conoció a Selene. Luego de tener a Lorenzo, cuatro años atrás, conoció a Tatiana. No es posible tipificarlo como adulterio. Nunca existió la voluntad de tal. Ni el deseo de tal. Jamás pretendió dañar a nadie, menos a su mujer, Irene. En cuanto a ellas, pienso que fue el encantamiento de vivir el tiempo con un hombre de mundo lo que las terminó arrastrando al centro del torbellino -que me perdone Julián, pero mujeres tan jóvenes y bellas no suelen fijarse en tipos comunes como él-. Llamémoslo, si se quiere, un hecho preterintencional. ¿Se mintió? Evidentemente. Por gustar. Por complacer. Por jugar. Por ir hilvanando una historia a la que creyeron tener derecho. Claro que se puede amar a más de una persona a la vez. Siempre que se esté dispuesto a pagar el precio. Tanto con Selene como con Tatiana, la diferencia de edad supera la década. Así también la experiencia de vida. Julián, con varios oficios en varios países de distintos idiomas. Ellas, chicas de su ciudad. Y cómo no, la concomitante ventaja patrimonial y el infranqueable bagaje cultural. Bien dicen que el enamoramiento, en mucho, es admiración. Y seguramente, un tanto de estupidez temporal, al decir de don Ortega y Gasset. Sin desmerecer su sentido del humor. Inglés, sarcástico, negro, pero humor al fin.

Irene nunca supo de lo de Selene. Aunque lo sospechó, que ingenua no es. Así también, era consciente que Julián lo negaría todo incluso en el lecho de muerte. ¿Para qué abrir una caja de Pandora y despertar demonios? Hay puertas que nunca se deben de abrir. Y sí, es mejor no saber. Y sé que lo negaría por ella, no por él. No podría perdonarse el verla sufrir, envenenarse en el rencor, sangrar del orgullo, despedazar su autoestima. A pesar que ambas relaciones –una sola habría justificado su existencia- sacaron lo mejor de sí y vaya que se entregó por completo –solo en este par de veces lo he visto tan pletórico, tan feliz, tan completo-, tenía claro que su hogar era donde Irene y sus hijos. Para un agnóstico confeso, esta es una de sus pocas certezas. Para Adán, el paraíso era donde estaba Eva, como bien lo sabía Mark Twain.


La poética belleza de su breve relación con Selene le hizo prometer, al término de la misma, que no volvería a involucrarse con otra mujer. Huyó de ella. No fue capaz de afrontarla, de despedirse, de mirarla al hablar. Y ella, luego de algunos años, lo entendió. No fue necesario perdonarlo. Su amor la blindó del rencor. Hoy, enamorado de Tatiana, se repiten los diálogos de intimidad. Las bromas con mensajes entrelineados. Las miradas cómplices que brillan, dilatan la pupila y bajan la vista. Los almuerzos en restaurantes caros que no deberían terminar. Las pieles que exigen reconocerse. Los alientos que insisten en mezclarse. Los abrazos que sueñan con fusionar sus cuerpos. Las sístoles y diástoles que marchan al unísono. Irene, convencido estoy, no lo notará. Julián no ha cambiado con ella, tampoco cambiará. Pero sí será otro por y para Tatiana. El amor nos mejora. ¿Quiénes somos nosotros, de vidas conservadoras, para arruinarles su felicidad? Ha venido donde mí por consejo. Una vez más. Y una vez más, con sana envidia, le he dicho que es admirable lo que le pasa. Porque por un capricho del espacio-tiempo, es de esos elegidos que pueden ser tres, sin dejar de ser uno. Alguien de quien contar una historia, que puede sonar a historia, pero no lo es.   

lunes, 7 de marzo de 2016

Reflexiones electorales antes del idus de marzo

Si algún mérito tienen las elecciones presidenciales, convocadas cada cinco años en el Perú, es la capacidad inconmensurable de sorprendernos. Tener que elegir de entre diecinueve candidatos era, en sí mismo, un despropósito. Así también, esperar que por lo menos la mitad de ellos fuera mínimamente respetable, una entelequia. En el camino al nueve de abril, víctimas del caluroso verano, ya dos tiraron la toalla. Y dos más, puede que dejen la carrera presidencial ora por flagrante violación de la norma electoral, ora por improcedencias administrativas de democracia interna. A la corta o a la larga, dependerá de la capacidad probatoria de las partes. O para ser más justos, de la habilidad dramatúrgica de quienes ostentan los hilos del poder, pero no vemos. Realpolitik lo bautizaron los alemanes. Consuetudinario desprecio por las mayorías, sería otra forma de llamarlo, luego de terminar La Columna de Hierro, de Taylor Caldwell. Novela histórica que recomiendo con gran entusiasmo por la actualidad de sus temas. Aunque, para nuestra desgracia, no tengamos ya un Marco Tulio Cicerón que desvista las injusticias. Ha escrito Cicerón: «Los hombres de buena voluntad, atentos por tanto a la Ley dictada por Dios, se opondrán a los gobiernos regidos por los hombres y si desean sobrevivir como nación, destruirán al gobierno que intente administrar justicia según el capricho o el poder de jueces venales».

¿Quién ganará estas elecciones de 2016? Claramente, lo sabremos en el ballottage o segunda vuelta electoral. ¿Quiénes medirán sus fuerzas? Dos candidatos de centro derecha. Una dama de ascendencia japonesa y un caballero de ascendencia franco-suiza-judío-polaca. Una abnegada hija de papá versus un self made man que casi le dobla la edad. ¿Se acabará el fujimorismo con esta derrota? No, volverá a esperar su oportunidad y hará mucho ruido desde el Congreso. Es impredecible una fiera herida. ¿Peruanos por el Kambio se consolidará como partido político? Ni mucho menos. Desaparecerá sin pena ni gloria como el Nacionalismo o las tantas Izquierdas. O el Toledismo. ¿El magnate universitario César Acuña? Sobrevivirá a la vergüenza y el descrédito. Tiene plata como cancha. No obstante, plata que no enseña de historia. Sucumbió al mismo ataque de vanidad del actual alcalde de Lima, Luis Castañeda Lossio. En más de una ocasión presencié como sus serviles asesores (ayayeros los llamamos aquí) lo llamaban «Señor Presidente» en vez de su nombre de pila. ¿Los mejores candidatos? El ex presidente Alan García Pérez y el académico Alfredo Barnechea García. Coincidentemente, llevan un mismo apellido que en nada los emparienta. Ayer amigos, hoy rivales. Podría votar por cualquiera de los dos. Quizá lo haga, aunque no pasen a la segunda vuelta. ¿Por qué? El primero, porque empezó muy temprano. El otro, porque lo hizo muy tarde. ¿El resto? No merece ni mencionarse. Al cabo de unos meses, nadie recordará que fueron candidatos. Volverán a sus medianas vidas. A su estilo común y moderado. Que no note nadie que lo vea -con el perdón de don Andrés Fernández de Andrada-.

¿Con este nuevo gobierno, mejoraremos como Nación-Estado? ¿Luego de una generación, llegaremos a ser un país industrializado? No lo creo. En principio, porque no nos lo creemos. Segundo, porque no lo merecemos. Tercero, porque no estamos preparados. Thomas Piketty abunda en razones -en términos generales, estudiando otras sociedades- en su libro de economía histórica El Capital en el Siglo XXI. La desigualdad en el Perú es alarmante. Y no me refiero solo a lo socioeconómico. Sino, a lo cultural. Somos una sociedad profundamente ignorante, y no veo mucho interés de las élites en que eso cambie. Haría falta un New Deal a lo Franklin Roosevelt que apueste por las clases medias emergentes. Que privilegien la educación superior y técnica. Que inviertan en infraestructura y bienestar (viviendas dignas, agua potable, internet, créditos justos, salud universal, entre otros). Que limite el libertinaje de la prensa amarilla y la jibarización televisiva. Que luche decididamente contra la corrupción, uno de nuestros mayores males. Que genere confianza a través de un sistema judicial medianamente justo. Pero nada de esto ocurrirá. Porque el cambio empieza en uno mismo. Y como los picarones, la procrastinación es miel para los peruanos. Entonces, dependerá de quién queramos ser, antes de a quién queramos elegir. Resuelta la tara, el camino al Primer Mundo se allana.

lunes, 21 de septiembre de 2015

If you’re going to feel better, hit me

Hay conductas propias del proceso de evolución humano que nos enlazan a un pasado atávico, animal, cavernario, y nos distancian del hoy, medianamente racional, tan pletórico de conceptos como inteligencia emocional, empatía, espiritualidad. Conductas que lindan con el masoquismo, vestido de expiación, o con el sadismo, vestido de dominación (¿viste ya las 50 Sombras de Grey?). Conductas que contradicen la vigilia de un yo y un súper yo. Conductas que niegan la religión, la piedad, la compasión. Conductas de chimpancé común, no de bonobo -al que, ojalá, nos pareciéramos más-.

 Viene a cuento todo esto a raíz del sinnúmero de denuncias públicas y privadas de maltrato físico a la mujer, muchísimo más ostensible que el psicológico o por omisión, que vemos a diario en todos lados. Tanto es así, que términos propios del argot criminalístico han pasado a ser moneda corriente del habla popular: «escoriación», «tumefacción», «equimosis», «necrosis». Oye, les están sacando la mierda, y por más campañas mediáticas y escolares que se lleven a cabo, no somos capaces ni de prevenirlo ni de contenerlo. Y claro que hay solución. Tanto la víctima contumaz, que no denuncia y justifica, como el psicópata agresor, tienen remedio. Algo de esto sé. En el último año de mi carrera de Derecho y Ciencias Políticas, me tocó servir al Estado (SECIGRA) en una Defensoría Municipal del Niño y del Adolescente (DEMUNA) de Bellavista, Callao. Lunes, miércoles y viernes, por las tardes, hasta las cinco y media. Ahí descubrí la descarnada violencia contra el más débil. Ahí entendí lo absurdo de la violencia. Ahí asumí mi vocación pacifista. Compromiso que un día, dolido por la traición, se puso a prueba.

 En el primer año de mi residencia en California conocí a una lindísima filipina. A ver, la nacionalidad es sólo un dato. Uno es quien es, independientemente del accidente geográfico de nacer aquí, allá o acullá. Verla por primera vez, en un evento comercial en el San Jose Convention Center, contuvo más de un diástole y sístole. Su cabello, delgadísimo, caramelo, jugaba a envelar su rostro. Rostro de nínfula. Sus labios, delicados, reclamaban mi atención. Sus ojos, asiáticos, detuvieron mi tempo. No hubo forma de resistirse. No quise resistirme. No me resistí. Aunque he de admitir que el instinto me previno: una mujer tan bella no le pertenece a nadie, sólo a sí misma. A su contemplación. A su goce. A su levedad. Y mientras creí amarla, fui coleccionando evidencias de su engaño. Sí, eso, «cuernos». ¿Si lo supe con certeza? No. Tampoco fue necesario. La discusión, el paroxismo, la culpa, el reproche, fueron inevitables. -If you’re going to feel better, hit me!, me rogó entre lágrimas. Aturdido, descontrolado, rabioso, la miré, distante, arrodillada en un rincón. Pequeñísima. Extraña. Ajena. Ni aún, ella golpeándome, habría sido capaz de tocarla. Una fuerza, probablemente anterior a la razón, inmanente, consustancial, aplacaba toda posibilidad de violencia física. Es verdad, la insulté. Como nunca antes, usé palabras groseras, hirientes, irrepetibles. Pero no pude tocarla. Tampoco quise, a pesar del aturdimiento por la emoción violenta, que en tantas ocasiones, explica legalmente el homicidio. Entonces, no es verdad que no mandemos a nuestros miembros. No es verdad que no contengamos un puño. No es verdad que gocemos con el daño. El proceso evolutivo nos ha hecho mejores. Nos ha hecho humano. Y ser humano, es odiar si quieres, pero no golpear.   

miércoles, 12 de agosto de 2015

Maldita belleza

Dice Umberto Eco en la Introducción de su hermoso libro, Historia de la Belleza que: “«Bello» –al igual que «gracioso» es un adjetivo que utilizamos a menudo para calificar una cosa que nos gusta. En este sentido, parece que ser bello equivale a ser bueno y, de hecho, en distintas épocas históricas se ha establecido un estrecho vínculo entre lo Bello y lo Bueno. Pero si juzgamos a partir de nuestra experiencia cotidiana, tendemos a considerar bueno aquello que no solo nos gusta, sino que además querríamos poseer”. Tanto es así -prosigue el autor en otro capítulo-, que cuenta Hesíodo que, en las bodas de Cadmos y Armonía celebradas en Tebas, las Musas cantaron en honor de los novios estos versos coreados inmediatamente por los presentes: «El que es bello es amado, el que no es bello no es amado».


No hace mucho, por cuestiones propias del trabajo, participé en las reuniones comerciales y de marketing previas a la presentación del nuevo modelo de la camioneta pick up, la esperada Toyota Hilux 2015. Para ello, se decidió contratar a un grupo no pequeño de anfitrionas locales que le dieran cierto glamour al evento. Conocedores de mi formación en selección de personal, me pidieron que conversara con todas ellas a fin de elegir a las más aptas para el puesto. Aunque acepté con gesto enjuto, un carnaval brasileño ya se vivía en mi interior. Ese rato cómo amé a mi trabajo. De haberlo pensado mejor, seguro que recordaba –como ahora- al psicoanalista francés Jacques Lacan: «lo malo de los sueños, es que cuando los tienes, ya no los quieres».


Y esa mañana, luego del café y el croissant, me tomé unos quince minutos para intentar conversar con cada una de ellas. Muy lindas todas. Debidamente «producidas» por hábiles estilistas de confundida sexualidad. Pieles frescas almibaradas con perfumes de reminiscencia cítrica y estío floral. Orgullosamente «culiparadas», con el sudor de su frente, sepa usted. Hasta lucían impolutas -me había atrevido a afirmar-, pero su evidente seniority sexual –que no cuestiono- desdecía ipso facto mi envejecido adjetivo. Vaya que tuve la mejor predisposición de escucharlas, pero me fui imposible. O quizá deba decir, inviable. Esbeltas anatomías de escasa inteligencia y retardada madurez. Y sí, la culpa también es nuestra. Vencidos hace un buen tempo por la frivolidad, el consumismo y la satisfacción inmediata, como sociedad, hemos privilegiado a las más agraciadas para comprarles su juventud a cambio de migas y devorarlas de a pocos en un amoral festín lascivo digno de las 120 Jornadas de Sodoma, del Marquis de Sade. Expuestas sin atollo en foros mediáticos, asumen que mantendrán por siempre las carnes firmes. Que si toca un selfie, este debe privilegiar sus trabajadas nalgas.


Llegado el almuerzo, y el final de las entrevistas, me excusé como pude y preferí salir a buscarme una hamburguesa doble y una Coca Cola helada. Aún aturdido, quería ser todo menos algo que remotamente me recordara a ellas. Mientras esperaba en una mesa la llegada de mi pedido, de la mochila saqué un viejo poemario del Siglo de Oro español. No me fue difícil llegar a don Luis de Góngora y Argote. El soneto dedicado a la rosa fue la bocanada de aire que me exigía el espíritu. 

Ayer naciste y morirás mañana.
Para tan breve ser, ¿quién te dio vida?
¿Para vivir tan poco estás lucida,
y para no ser nada estás lozana?
Si te engañó su hermosura vana,
bien presto la verás desvanecida,
porque en tu hermosura está escondida
la ocasión de morir muerte temprana.
Cuando te corte la robusta mano,
ley de la agricultura permitida,
grosero aliento acabará tu suerte.

No salgas, que te aguarda algún tirano;
dilata tu nacer para tu vida,
que anticipas tu ser para tu muerte.