martes, 3 de octubre de 2017

Paul Auster, y su Invención de la Soledad



Empezar una novela, con una frase de Heráclito de Éfeso, El Oscuro, nos anticipa el hilo conductor de la historia. Este filósofo presocrático solía lamentarse de que la mayoría de la gente vivía relegada a su propio mundo, incapaz de ver el mundo real. La Invención de la Soledad es una novela de dos partes, publicada en 1982. La primera, titulada: Retrato de un hombre invisible, y la segunda: Libro de la Memoria. Trátese, pues, de una novela autobiográfica desarrollada luego de la muerte de su padre, Samuel Auster, en enero de 1979. Los verdaderos nombres no se disimulan. Aparecen como tales, su padre, Sam Auster, su hijo, Daniel Auster (de su primer matrimonio, con Lydia Davis), y claro, el narrador en primera persona en singular, Paul Auster. Es, también, un póstumo ajuste de cuentas. Ya nos lo había adelantado Enrique Jardiel Poncela: por severo que parezca un padre juzgando a su hijo, nunca es tan severo como un hijo juzgando a su padre.

Auster necropsia las miserias de un cadáver que ya no se puede defender. Se remonta a un crimen que se mantuvo oculto –el parricidio de su abuela, Anna Auster, contra su abuelo, Harry Auster-, y la cuasi venganza de su tío abuelo, Sam, contra su abuela, Anna –intentó matarla-. Ciertamente, un hecho humanamente olvidable. Aunque este infeliz suceso, por lo atenuado, logró el veredicto absolutorio, a favor de la homicida. Esta sería la causa-raíz de la naturaleza solitaria, anodina, avara y hasta deleznable de su padre, Sam. La novela abunda en ejemplos, que le aseguran al autor, la complicidad del lector.

Khalil Gibran, ha dicho, en El Profeta: ¿Cómo podría habernos visto, sino desde una gran altura o una gran distancia? ¿Cómo se puede estar cerca de verdad, a menos que se esté lejos? Ha sido necesaria una mayor distancia, para exhumar el cuerpo de Sam Auster. Aunque debemos admitir, que esta revancha ha dado fecundos frutos. Baste recordar un fragmento de otra de sus obras, Twenty Days With Julian & Little Bunny, by Papa, donde afirma: En su modesta, inexpresiva forma, Hawthorne se las ingenió para lograr lo que cada padre sueña con hacer: mantener a su hijo vivo para siempre. Este reclamo frente al abandono –emocional- del padre, abonará su obra. En este sentido, hay que decir que, si alguien tiene muy mala prensa en la historia de la literatura, son precisamente los padres. Programados a su rol de proveedores del sustento familiar, de corregir sin formas, de defender el patrimonio –que, dicho sea de paso, viene del latín pater (padre)-, de tomar la armas y partir cuando la patria lo requería, la inteligencia emocional nunca fue parte del trato. Son rarísimos los casos, en la literatura, de padres amorosos. Se me ocurre, El olvido que seremos, de Héctor Abad, publicada el 2006, a la que no le auguro una larga vejez.

Ya casi al final, de la primera parte, concluye: Al principio pensé que sería un alivio aferrarme a estas cosas, que me recordarían a mi padre y me harían pensar en él durante el resto de mi vida. Pero por lo visto los objetos no son más que objetos. Ahora me he acostumbrado a verlos y he comenzado a pensar en ellos como si fueran míos. Miro la hora en su reloj, uso sus jerséis, conduzco su coche; pero todo ello no me brinda más que una falsa ilusión de intimidad, pues ya me he apropiado de todas estas cosas. Mi padre ya no está presente en ellas, ha vuelto a convertirse en un ser invisible. Y tarde o temprano las cosas se romperán o dejarán de funcionar y tendremos que tirarlas a la basura. Dudo que eso tenga la más mínima importancia. Es de justos mencionar, que con la parte de la herencia que le correspondió, pudo salir de sus apuros económicos. Quizá lo entendió luego de su divorcio. La familia que heredamos al nacer, será la que nos acompañará –o al menos estará ahí- mientras vivamos. El vínculo de la sangre es el más duradero. Pasar a segundo plano, y dejar el protagonismo a los hijos, no es inherente a la post concepción. Quien es padre, lo sabe.

lunes, 23 de enero de 2017

ROMANCE A LA MEXICANA

Siempre tuve –y aún mantengo- una gran fascinación por dos ciudades latinoamericanas y universales a la vez: Buenos Aires (BS AS) y la Ciudad de México (CDMX). A ambas creo conocerlas desde antes del vientre. Sin embargo, es desde mi adolescencia, la consciencia de mi predilección. Las conozco desde la literatura, la pintura, la historia, la política, la gastronomía y sus calles sin fin. Pero sobre todo, desde su gente: porteños y chilangos, respectivamente. Una tiene comienzo, la otra tiene origen (Martín Caparrós dixit). Y ha sido, durante los últimos días de noviembre de 2016, que estuve celebrando la vida por la Ciudad de México, el Estado de México, Puebla, Toluca, Morelos y Guerrero. Ha sido en la megalópolis mexica, de 22 millones de habitantes y 5.5 millones de vehículos –vaya que son un chingo, pero podrían ser más-, he vuelto a sabrosear sus variados tacos (al pastor, de carnitas, de mole, ranchero, de huitlacoche, de nopal, de escamoles, y paro de contar) en modestos puestecillos ambulantes y refinados restaurantes de Polanco, La Roma y La Condesa, acompañado, algunas veces, de una helada Negra Modelo. Escuchar y oír la música norteña con atisbos de narco-corrido en el conurbano, al emblemático mariachi navegando en los canales de Xochimilco, sentado en el Palacio de Bellas Artes (Ballet Folfklórico de México de Amalia Hernández), o a la usanza peripatética en la plaza Garibaldi, y por último, rancheras y rolas en el autorradio del generoso guía, Roberto Monroy Mandujano (romma8@gmail.com), que nos movilizó por los seis estados, en su Nissan Versa.

DÍA UNO.- Hospedados mi señora y yo en un departamento de la colonia Condesa (el barrio de las hermanas Font, en Los Detectives Salvajes, de Roberto Bolaño), delegación Cuauhtémoc, avenida Michoacán, elegimos desayunar omelette de huitlacoche y chilaquiles en sala verde con pollo, frijoles refritos, jocoque y huevos estrellados, en la Fonda Garufa (www.garufa.rest) de Fer, que tuvo la gentileza de platicarnos sobre su restaurante y su ciudad. ¡Para chuparse los dedos, por la Guadalupana! Repletos de sabor, partimos para la colonia Chapultepec Polanco. Parada principal: Museo Nacional de Antropología (ciento treinta pesos por tiquete, para extranjeros). Maravilloso y majestuoso recinto de arte precolombino. El mejor arte lítico de todo el continente americano. No sorprende que esté considerado entre los mejores museos del mundo. ¡Hay tanto por ver! Dignifica al mexicano, su origen, su identidad. Seguidamente, recorrido por el distinguido Polanco y su callecitas con aspecto señorial. El Beverly Hills mexicano. Impresiona la influencia de Carlos Slim, no solo por el Museo Somaya –impresiona su colección de Rodin-, sino por el cambio urbanístico –de industrial a residencial-. Como es día no laborable, la ciudad nos regala una calma que contradice su fama de caótica y congestionada. Abundan el verde, la sonrisa fácil, el gesto amable, las ganas de más. Ahora, al mero centro. No es tarea fácil conseguir estacionamiento cerca al Zócalo. Contrariamente a lo que hubiera imaginado, no abundan las construcciones virreinales, sino más bien, de tiempo republicano. Bellísimas fachadas recubiertas de tezontle, piedra volcánica rojiza de distinguible personalidad. Merecen un tiempo la Catedral Metropolitana, el Palacio Nacional y los murales de Diego Rivera, el antiguo Colegio de San Ildefonso, en fin. Recorrer Reforma e Insurgentes evidencia la vocación imperial (anterior a Maximiliano) de sus padres fundadores. México se hizo para ser grande. Cena en Azul Condesa (www.azul.rest). Independientemente del esmerado y muy profesional servicio, y de la sabrosa comida tradicional, respetuosa del insumo y la historia, el chocolate caliente con chile ancho fue uno de esos descubrimientos, que por un segundo, te equiparan a Rodrigo de Triana gritando «tierra, tierra». Conviene mencionar que la comida mexicana es la única que ostenta la condición de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, otorgado por la UNESCO en 2010. Sobran los motivos.

DÍA DOS.- Desayuno en la Fonda Garufa. Vuelvo a ser feliz. Huevos benedictinos. Café refill. Aromáticos panes recién horneados. La mesera, Lupita (¡mira, qué casualidad!), nos reconoce y nos aproxima a esa enciclopedia de cemento que es CDMX. Destino: Zona Arqueológica de Teotihuacán (tiquete de cincuenta y cinco pesos). Majestuoso. Lo primero que provoca es alcanzar la cima de la Pirámide del Sol. Roberto, nuestro guía, nos espera desde la sima. Por favor, no me pregunten qué es mejor, Teotihuacán o Machu Picchu. Ambas tienen su particular encanto. La Calzada de los Muertos nos conduce hacia la Pirámide de la Luna. Mi favorita, la Pirámide de la Serpiente Emplumada. Eso sí, hay que caminar. Urgidos de cambiar dólares a pesos, nos detuvimos en un bar restaurante a las afueras de las ruinas, que ofrecía como botana sopes de escamoles (larvas de hormiga gigante con mantequilla). Costosos, pero imposibles de rechazar. También conocidos como el caviar de los aztecas. No podían faltar los tacos de nopal y carne ranchera. Chile habanero con precaución. Agua de horchata. Por la tarde, recorrido por el Tepeyac del famoso Juan Diego –ahora santo- y la Basílica Catedral de la Virgen de Guadalupe. Asombra el fervor hacia la imagen santa, venerable, apócrifa, morena. La religiosidad de su interior me transporta a la gran mezquita turca, Hagia Sophia, precisamente. Su diseño modernista rompe con la tradición virreinal de naves, altares, retablos, columnas. Cena franciscana de sopa de tortillas. No debería claudicar, pero unos tacos al pastor, a escasos metros de nuestro hospedaje, me arrastran de la nariz, derrotando mi débil determinación de no comer mucho de noche.

DÍA TRES.- Adversos al riesgo, regresamos a desayunar a la Fonda Garufa. Quesadillas de portobello y queso panela. Por pura gula, fajitas de arrachera. Café y jugo de naranja. Aprovechando que es aún de madrugada, recorremos las zonas pudientes, y vuelvo a admirar y a rendirme ante las líneas, claroscuros y vanguardia de los diseños arquitectónicos de Luis Barragán y Juan O´Gorman. Ya camino al Estado de México, por modernas autopistas, regresan a mi memoria, en desorden, párrafos de Sor Juana Inés de la Cruz, Andrés Fernández de Andrada, Octavio Paz, Sergio Pitol, Carlitos Monsivais, Elena Poniatowska, Laura Esquivel, Enrique Krauze, Carlos Fuentes, Juan Villoro, entre otros. Sí, la cultura me hace un poquito mexicano. ¡Qué más quisiera yo!, como dijera Antonio Machado. Destino: Ejido San Mateo Almolda, Municipio de Temascaltepec. Santuario de la Mariposa Monarca Piedra Herrada. Ochenta por ciento del camino a caballo, veinte por ciento a pie, subiendo una empinada y boscosa colina. Cansa y no poco. Una vez arriba, una extraña paz. Y miles y miles de mariposas naranja y negro, que siguen llegando del norte. Silencio, no las vayas a asustar. «Quítale el flash a tu cámara», me advierte Alena. Recién camino aquí, se evidencia la lucha contra el narco. Convoyes de militares, encapuchados algunos, vigilan las vías interestatales. La placa vehicular de guía turístico nos evita revisiones. Al medio de un pueblecito, un puesto de tacos. La tentación es extrema. Sabor local. Picor regional. Satisfacción general. No queda espacio ni para un grano de arroz. Cerveza Tecate en lata. Caminata por las calles de Condesa y a dormir se ha dicho.

DÍA CUATRO.- Pues sí, desayuno en Fonda Garufa. Destino: Puebla, aunque hemos de apurarnos. Para la noche, compramos por adelantado dos boletos para el Ballet Folklórico de México en el Palacio de Bellas Artes (el edificio más lindo del país). Camino a Puebla, Roberto, finalmente, se anima a conversar sobre política mexicana, y entre broma y broma, surge el albur chilango (¡Ay, buey!). Es impresionante, al lado derecho de la autopista, la planta de Volkswagen. Empezamos el tour en la Pirámide de Cholula en San Andrés. Museo de sitio y recorrido desde el interior. Saliendo, su contorno parcialmente recuperado. Al costado, un manicomio. Subir hasta la pequeña iglesia de Nuestra Señora de los Remedios no es poca cosa, pero la vista a los volcanes bien lo vale. Bajando, puesto de chapulines (grillos) tostados de varios sabores. Pruebo varios de ellos. Con una vez en la vida, basta y sobra. Ya en el centro histórico de la ciudad, la recorremos a pie. Me encandilan sus calles provincianas. Su catedral, barroca y exquisita, es muy hermosa. Aunque agnóstico, no tendrían ningún reparo en volver todos los domingos. Aprovechamos la soleada mañana para tomar el Turibús (sesenta y cinco pesos por persona) y recorrer, desde su segundo piso, las principales construcciones y parques de la ciudad. Para almorzar, nos recomiendan El Mural de los Poblanos. Prometen un viaje sensorial a la Puebla de antaño, y lo logran. El mole es superado por el mole. Luego de los piqueos (botana), nos ofrecen la degustación de moles: poblano, de pipián verde y rojo, manchamanteles, abodo, entre otros. Las tortillas de maíz son la guarnición perfecta. Adicionalmente, me animo por el platillo de temporada, huaxmole de caderas y espinazo. Todo muy rico, pero nada económico. No obstante, que el mesero te llame «joven», como que ablanda la bolsa. Priceless, le dicen los gringos. Regresamos a las dieciocho horas al departamento, y mudamos de ropa nos toma lo que dura una canción. La función empieza a las siete y media en punto. Estamos relativamente cerca, pero el taxi llega a la Alameda Central en hora con veinticinco minutos. El tráfico es imposible. Bajamos frente al Hemiciclo Benito Juárez y corremos al Palacio de Bellas Artes. ¡Llegamos sudados y sin aliento! Estupendo espectáculo, un recorrido por la música popular mexicana. «Del encanto a la perfección», sumilla el Tribune de Lausanne en el díptico. De retorno, un taxista encantador, añoso y memorioso.

DÍA CINCO.- Morelos y Guerrero. Aun tomando el periférico y las vías de paga (con peaje), el tráfico es abrumador. Y la ciudad, en plena efervescencia, parece que no tuviera límites. A sugerencia de Roberto, nos animamos por unas tortas con tamal y café de olla, en un puesto ambulante, rodeado de taxistas. Memorable. Ya a las afueras, los bosques de pinos me recuerdan mi antiguo hogar, California. Saudade de California. Llegados a Cuernavaca, nos dirigimos al Museo Regional Cuauhnáhuac, o más conocido como el Palacio de Hernán Cortez. Su museo narra, sumarísimamente, la historia de México. Rematan la visita los murales de Diego Rivera. Damos unas vueltas a pie y nos trasladamos a Guerrero. Parece otro país. Ranchos, adobe, mulas, guaraches, pobreza. Nos advierten que no se nos haga muy tarde. Es peligroso cuando oscurece. Respetando los límites de velocidad, nos recibe Taxco de Alarcón, la ciudad de la plata y de las callecitas angostas y medievales. Subir al mirador en un VW escarabajo es toda una aventura. Caminar por sus empinadas callecitas, pegados a la pared, es otra aventura. Almorzamos fajitas en un restaurante con vista a la Parroquia de Santa Prisca y San Sebastián. Churrigueresca en extremo. Me apena volver. Taxco tiene ese raro poder de quedarse con un pedazo de ti. O si quieres, de sellar tu memoria. Cena en Condesa. Vino blanco, por favor, que estoy a punto de cumplir cuarenta y dos años.

DÍA SEIS.- Luego de convencer a Alena que no le cuente a nadie que cumplo años, empezamos el día en los canales de Xochimilco. Rentamos un bote para los dos, y nos entregamos al placer de ver a los locales, festejando en sendos botes, sus respectivos acontecimientos. Los mariachis, ora de negro, ora de blanco, no pueden faltar. Tampoco el tequila o el pulque, que es la celebración del pueblo. Finaliza el paseo con unos tacos de suadero y agua de Jamaica. Siguiente parada, los museos de Frida Khalo y León Trotsky en Coyoacán. Aunque prescindibles, ayudan a entender la obra de vida y pasiones de Frida Khalo. Lo mismo el Museo Casa Estudio Diego  Rivera (diseño funcionalista de Juan O´Gorman), en San Angel Inn. El barrio es precioso. Hace hambre y nos enrumbamos al Zócalo. Destino: Restaurante Café de Tacuba. Repleto de gente, que come al son de una entusiasta y bailarina tuna. Nuevamente, recorrido por el centro histórico, para terminar en el Mercado de Artesanías “Ciudadela”. Variedad y muy buenos precios. Acabadas las compras, el cuerpo languidece. Sabe que tiene que volver. Y sabe, en el fondo, que ha de volver. ¡Qué más quisiera yo!


POST SCRIPTUM: Este post va dedicado a mis amigos mexicanos, que por razones de tiempo, no pude visitar. Algunos no me lo han perdonado, y lo entiendo. Amo a México, y me debía este tiempo para los dos, sin intermitencias. Espero, me sepan comprender.

lunes, 26 de septiembre de 2016

SANDRA, LA ALHARACOSA

El día que Ernesto Balbuena conoció a Sandra Olórtegui, visitando uno de los locales de la Corporación, la compañera de trabajo que le hacía el tour de inducción le advirtió que no se detuviera en ella. Es conflictiva y muy «alharacosa», concluyó sin mayor explicación. Le hizo gracia el adjetivo, inusual, de ascendencia arabesca. Alḥaráka significa movimiento en árabe, y Covarrubias lo ha definido como el desasosiego y alboroto que alguno tiene con demasiado sentimiento y movimiento de cuerpo por cosa de poco momento, y todo se le va en quejas y amenazas (El tesoro de la lengua castellana o española). Alharacosa, en el Perú, es la persona que hace exagerada causa por algo que no merece la pena. Intrigado, recuerda claramente que, de reojo, estudió sus movimientos, no encontrando rastro del paroxismo del que había sido prevenido. Más bien, vio una mujer bastante joven de apenas unos veinte años y metro sesenta de estatura, muy cuidadosa de su aspecto, metódica y ordenada hasta la compulsión. Ojos pequeños, rostro cuadrado, cabellos lisos. A siete metros de distancia se pierden algunos detalles, pero se gana en panorama y te previene de ser sindicado, injustamente, de voyeur.
    
Obramos por contradicción. Y es que nos encanta buscarle el quinto pie al gato; rebuscar en la caja de Pandora; abrir puertas que debieron mantenerse selladas. Naturaleza humana, dirían los filósofos. Un par de meses después tuvo que volver al local del Callao, y luego de reunirse con unos gerentes, se dirigió al escritorio de Sandra y le preguntó por unas fichas técnicas de excavadoras y cargadores frontales. Aunque ella trató de ocultar su nerviosismo –era la primera vez que cruzaban palabras-, la ligera coloración de su rostro, la casi imperceptible aceleración de su respiración, la súbita dilatación de sus pupilas, la irreflexiva huida del contacto visual, terminaron por delatarla. Lenguaje corporal, dirían los psicólogos. Su trato fue extremadamente amable. La información, breve y precisa. Pero la distancia delimitada por ella, infranqueable. Para Sandra no era más que un gerente que le doblaba la edad visitando la tienda y evaluando por rutina. Un superior jerárquico con el poder –potencial- de despedirla. Un perfecto desconocido, con el futuro ya resuelto, incapaz de entender el drama de su vida. Falsa consciencia de clase, dirían los sociólogos marxistas. Para Ernesto, adivinar su origen no fue difícil. Débil perfume de imitación. Pulsera plateada de fantasía. Reloj plástico de fabricación china. Blusa de polyester también de imitación local. Rímel, pintalabios y base de bajo presupuesto. Cabello de dos tonos con indicios de seborrea. Epidermis reseca por la contaminación y la deficiencia nutricional. Sí, su origen era modesto aunque aspiracional. Para Sandra, tampoco fue difícil colegir el origen de su interlocutor. Aromático e inolvidable eau de parfum. Humectado rostro, limpísimas y cuidadas uñas. Reloj pulsera con un brillo que solo el oro puede ostentar. Sonrisa hipnótica con los dientes más blancos y definidos que en su vida le tocó ver. Camisa a rayas de un algodón pima que imitaba la pretenciosa caída de la seda. Atracción de polos opuestos, dirían los físicos.


Conceptos contemporáneos como asertividad, empatía, filantropía, etcétera, tienen sentido cuando creciste sin tener que luchar por todo aquello que consideraste un derecho adquirido: una sirvienta que dejó para las fábulas el lavar tu plato, tender tu cama, ordenar tu ropa, barrer tu cuarto. Unos padres que te daban generosas y periódicas propinas a cambio de nada, para comprarte todo lo que se te antojara y que fue configurando tus vicios. Unos parientes que en tu cumpleaños y navidad te traían más regalos de los que podías disfrutar. Para los otros, como Sandra, dejamos los conceptos de religión, resiliencia, sacrificio, paciencia, resistencia… Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Sandra no era alharacosa. Defendía con uñas y dientes lo que tanto le había costado obtener. Son tan distintos. Para Ernesto, perder una venta era parte de la lógica del negocio. «Se cierra una puerta, se abre una ventana», decía. Para Sandra, perder una venta era dejar sin leche a sus hermanas menores. Era eliminar el desayuno o la cena durante una semana. Era perder cabello por el estrés de no cubrir el presupuesto mensual. No, claro que no era alharacosa. Era una sobreviviente. Una guerrera. Una heroína anónima, como tantas otras mujeres de este país. Y como tantas otras, solo quería un mínimo de atención y ojalá, algo que se pareciera al cariño de las telenovelas. Para su fortuna, Ernesto tenía más que eso para ella. ¿Cómo lo sé? Pues ni bien termine este post, debo correr a la lavandería a recoger mi traje. Mañana a las once, en la Municipalidad de San Isidro, debo asistir como su testigo de bodas. Menudo honor.

viernes, 9 de septiembre de 2016

CON EL SUDOR DE TU FRENTE...

Ya en mi primera experiencia laboral, terminada la carrera de Derecho y Ciencias Políticas, empecé a sospechar de las bondades del trabajo. Fue más de una la señora agradecida, luego de asesorarla legalmente, que me deseaba o «mucho trabajo» o que «no me falte nunca». Allá por la década de los noventa, el trabajo era un bien muy escaso en el Perú. Y si bien, algunos pocos meses de desempleo claro que tuve, en términos generales no he parado desde entonces.  Pienso que mucho han tenido que ver mis competencias blandas, más que las técnicas. Me suelo enamorar de lo que hago. Comunico fácilmente. Creo en el trabajo en equipo. Respondo por mis actos y los de mi equipo. Arriesgo lo que soy por lo que puedo ser. Tengo buena memoria. Soy buen negociador. Me encanta escribir. Hablo fluidamente el inglés. No suelo tomar las cosas de forma personal. Enseño con el ejemplo. Siendo así, me gustaba creer que, llegado a la organización ideal, me quedaría ahí hasta jubilarme. Primer error, no existe la organización ideal. Puede que lo sea al inicio, pero las organizaciones son seres vivos, mudan con el paso del tiempo. Están condenadas a adaptarse a sus circunstancias. A generar valor. A privilegiar los guarismo sobre los sentimientos. O de lo contrario, perecer en el intento. Segundo error, subestimé el alcance de Linkedin. La ley del menor esfuerzo y la ficción de la inmediatez («lo quiero para ayer») han hecho de este portal, la herramientas más usada para el reclutamiento de personal. No hay caza talento o Headhunter, que se precie de tal, que no lo utilice. Y no hay profesional, que se precie de tal, que no tenga su perfil profesional publicado allí. Es el mercado perfecto: oferta y demanda a la distancia de un click del mouse.

Ciertamente, las ventajas del trabajo son numerosas. Nos asegura el sustento y paga los vicios. Desarrolla nuestras habilidades y amplía nuestros conocimientos. Le da cierto sentido a nuestra vida. Nos socializa. Hace más llevadero el paso del tiempo. Cimienta las ilusiones y refuerza el autoestima. Estimula el ahorro y nos vuelve sujetos de crédito. Otorga seguro médico y demás beneficios laborales. Nos exige superarnos. Hasta puede que conozcas al amor de tu vida. Pero sus bemoles no son pocos: el estrés, el acoso laboral, el maltrato psicológico, el abuso de poder, la explotación, la plusvalía marxista, los accidentes laborales, los despidos arbitrarios, el nepotismo, la corrupción, entre otros. Entonces, las referidas señoras –tan buenas ellas-, al desearme un bien, también me condenaban a una dinámica recurrente, de por lo menos, cuarenta años ininterrumpidos, si a una decente pensión de jubilación se aspira. Porque lo previsional en el Perú ya casi no existe. La CTS (compensación por tiempo de servicio) se puede disponer a partir del exceso de 3 remuneraciones mensuales (antes solo se lo podía retirar luego de jubilarse, renunciar o ser despedido). Lo mismo con el fondo de pensiones, cuyo retiro parcial es posible antes de la jubilación.
 

Llego a esta reflexión luego de la inusual -y muy agradecida- cantidad de ofertas de empleo que he recibido los últimos seis meses. No es que se esté creando más trabajo en el Perú. Ni que yo haya adquirido mayores conocimientos o me haya hecho de una rara y codiciada habilidad. La razón es simple: las organizaciones se están reestructurando. Es decir, están reduciendo su tamaño, están despidiendo gente y consolidando en el organigrama, gerencias y jefaturas. Los altos sueldos, hasta hace un par de años comprensibles, hoy son la principal causa de invitación al despido. Lo mismo con los muchos años de servicio. La palabrita «lista negra» se está volviendo moneda corriente en varias empresas. Esto por un lado. Y por el otro, lo que ahora, lector, invoco que hagas: invierte unas horas en elaborarte un buen perfil en Linkedin y construye una buena red de contactos, salvo que quieras pagar la membresía (unos treinta dólares al mes) para que aparezcas primero en las búsquedas (Job Seeker). Mi red consta de más de diez mil contactos. Casi todos del sector donde tengo mayor experiencia laboral y de las áreas de reclutamiento y selección de las empresas que me interesan, y claro está, de todas las agencias de Recursos Humanos del país. Entonces, no es casualidad que me inviten a participar en sus procesos de selección. Me tienen a la mano. Y mi perfil está lleno de «key words», que a ellos les encanta. Bueno, es verdad que tengo un Master Degree en Gestión Estratégica del Factor Humano (RR HH) y soy aficionado a la escritura. Pero es más que todo sentido común. Se trata de entender cómo interactúan la oferta y demanda laboral. Ahí lo tienes para que le des un vistazo a mi perfil. No es la gran cosa, pero funciona: https://www.linkedin.com/in/vladimir-z%C3%A1rate-alva-a9605218?trk=hp-identity-name

miércoles, 20 de julio de 2016

VAMPIRO DE LAS CIRCUNSTANCIAS

Don Benito Pérez Galdós fue uno de mis compañeros de viaje, allá en mi adolescencia, cuando con curiosidad y respeto, iba fisgoneando y adentrándome en la biblioteca de mi padre. Ahora mismo se me vienen a la mente títulos como Trafalgar, Marianela, Nazarín y Fortunata y Jacinta. Obras breves, pero cercanas al alma –sobre todo, a la del imberbe que fui-. Hay que decir que Pérez Galdós fue un escritor prolífico, no limitándose a las novelas y dramas sino también a las epístolas, entre otros. Y es de celebrar la reciente publicación en España de Correspondencia. Benito Pérez Galdós. Edición de Alan E. Smith, M. A. Rodríguez Sánchez y Laurie Lomask, de casi dos mil páginas, donde aparecen un millar de cartas a diferentes destinatarios, del que muy buena crítica, se ha escrito ya.


En una carta dirigida a Leopoldo Alas «Clarín», le confiesa: «más que Homero o Dante me gusta acercarme a un grupo de amigos, oír lo que dicen, o hablar con una mujer o presenciar una disputa, o meterme en una casa de pueblo, o ver herrar a un caballo, oír los pregones de la calles…». Gran verdad, que sin querer, contradice la bibliofilia de algunos, que buscan el aislamiento del mundanal ruido.  Todo narrador es un vampiro de las circunstancias ajenas. Se nutre tanto de los chismes, los excesos, los culebrones, como de las confesiones, las culpas, las introspecciones.  No suele contar de sí, el mundo es su caldo de cultivo. Y si bien, alguna narración suya pudiera parecer autobiográfica, casi nunca lo es. Excepciones que ponen a prueba la regla, hay, como las excentricidades publicadas por mi paisano, Jaime Bayly Letts. Además, ya quisiera uno parecerse a los personajes de su ficción. Contar historias es la revancha consuetudinaria a la chatura existencial.


Del mundo literario, se puede afirmar –sin temor de caer en hipérbole- que agrupa a casi la totalidad de las personas chismosas, vanidosas, mentirosas, envidiosas, injuriosas y rencorosas -sí, todas esas lindezas reunidas en un solo personaje-. Algunos conozco. En parte, son así, porque la consagración, si es en vida, es tremendamente excluyente. Gustar y llenarse los bolsillos, una temporada, con libros de autoayuda o novelas adolescentes o lacrimosas, suele ocurrir. Prevalecer en la memoria poética. Lograr el estatus de «clásico». Mantener el nivel de ingresos. Ese es otro cantar. De ahí la validez de lo expresado por don Benito en el párrafo anterior. Hay que escuchar a la calle. Pero requisito previo es, la nutrición libresca. Después de Joyce y Dostoievski, los monólogos nunca fueron los mismos. Tampoco las estructuras después de Faulkner y Hemingway. Hacerse de una buena historia es un gran paso. Saberla contar, su cristalización.     

martes, 12 de julio de 2016

CRÓNICAS PROVINCIANAS

Cuando se viaja por el Perú, el viaje no solo es espacial, es también temporal. Déjame presumir, pero país somos, de variadas maravillas. Podrás cruzar caóticas metrópolis, desiertos dakarianos, valles transandinos, ríos interoceánicos, nevadas cadenas montañosas y junglas vírgenes. Como también, en la misma travesía, generaciones, centurias y hasta edades prehistóricas. Costará creerlo, pero en la Amazonia, aún subsisten tribus divorciadas del hombre contemporáneo, ajenas a nuestra modernidad y virus, bacterias, estrés, codicia, tontos por ciento, real politik y demás herencias, todo menos encomiables.

Allá por Platería, en Puno, a las orillas del Lago Titicaca, conocí a Eustaquio. Su apellido, aimara, me ha pedido que no lo mencione. No por él, por su suegro. Y fue en época de fiesta patronal, que Eustaquio se animó a echarse unas copas con su suegro, don Gabriel, ya quisiera Condorcanqui. Copas van, copas vienen, el respeto se fue yendo con las gélidas olas lacustres, y Eustaquio, arrebatado por los lapos que le propinaba su suegro, le espetó: «no me levante la mano, viejo verga muerta». El suegro, iracundo, le exigió una disculpa, pues a sus ochenta y tres años, todavía «montaba» (sic). «Pues a las pruebas, hemos de remitirnos» -sentenció Eustaquio. Y abrazados y a tientas, llegaron hasta el prostíbulo más reputado de la provincia. Y vaya que la reputación es cosa de alta estima en estos menesteres. Pagaron al caficho sus entradas y repasaron, uno a uno, los cuartitos iluminados de rojo, que albergaban a las risueñas profesionistas del sexo, o quieras tú, samaritanas del amor. Esperanza fue la elegida. Cholona de unos treinta y pocos años, de pechos maternales, pezones oscurísimos, dentadura espaciada, cabellos crespos y esmerado sobrepeso. «Pasa nomás, corazón» -invitó a don Gabriel-. Cerró la puerta, y Eustaquio se hizo a la idea de esperar por un buen rato. «Esa verga, no se para ni con inflador», pensó, divertido. Grande fue su sorpresa, a los pocos minutos, ver salir, airado y vociferante, a su suegro. «¡Se ha calateado esta cojuda! ¿Está loca?». Y sí, allende en el tiempo, las «polillas» no se desvestían. Levantaban la falda, y ahí, donde no había calzón ni verdaderas ganas ni frutos, los señores «sentían» lo que prohibido, por la Iglesia, estaba con sus respectivas damas. ¿Te imaginas?


Entre la frontera de las regiones de La Libertad y Lambayeque, a las orillas del río Jequetepeque, a escasos minutos de la represa del Gallito Ciego, se ubica Pay Pay, caserío de unas ciento y tantas familias. Y si bien, la herencia moche es evidente, también lo es la de piel pálida, llegada desde la Iberia hace casi medio milenio. Llegado -entiéndase yo- en tiempo de bodas, mi amigo Santiago, luego de desposar a Carmela, se la llevó a vivir a casa de sus padres, muy cerca del mercado y la escuela primaria. Vivía también con ellos, su santa abuela, doña Pancha. Y la primera noche, luego de volver de su luna de miel en el balneario de Máncora, hizo despertar a doña Pancha un sonido nada familiar, quien en pijamas, prendió su candil de kerosene y lentito el paso, se fue aproximando a donde provenían los extraños ruidos. Abrió despacito la puerta de latón y asomó su nonagenario ojo izquierdo, cansado y legañoso pero no miope. Alarmada, regresó sobre sus pasos y fue directo a la cocina a coger una escoba de paja. Rauda, se abalanzó contra la puerta y le gritó a la asombrada Carmela: «¡Déjalo, desgraciada! ¡No te voy a permitir que te comas a mi nieto!». Entenderán, agudos lectores, que lo que hacía la joven y obediente Carmela, era complacer a Santiago con una cadenciosa y esmerada felación, y no un acto de canibalismo, como hasta su muerte, creyó la buena Pancha. ¡Es que oye! 

martes, 5 de julio de 2016

El poder de las palabras

De acuerdo al Evangelio de Juan, «en el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». Entiéndase: verbo = palabra = logos (palabra griega, hay que decir). Para los antiguos helenos, el logos, además de significar palabra o razonamiento, era considerado el puente entre Dios y el mundo material. Vale decir,  que el uso del término logos, en la lectura -de aquellos tiempos- del Codex Alexandrinus, podía entenderse como un principio mediador entre Dios y el mundo. Sí, las palabras –algunas- pueden traer la divinidad a la tierra. O en todo caso, la experiencia religiosa misma. Las palabras no solo pueden, las palabras son. Subyace una ontología en ellas. Una quintaesencia. Es condición previa conocerlas, entenderlas, respetarlas y ojalá, amarlas. 

Los ritos son importantes, y no todos deben de ser solemnes. Algunos están compuestos de palabras o frases, es decir, de verbo. José Antonio (29) lo sabe bien. Cada vez que Sandra (21) lo amonesta con un «¡Aish!», lo increpa con un «¿Es en serio?», lo condena con un «¡Qué chinche!», o lo tranquiliza con un «¡No te pases!», lo aproxima a su mundo, lo hace parte de él. No es manifiesto, es latente. No es expreso, es tácito. No es intrascendente, es esencial. Superar la barrera de la formalidad y adentrarse en la intimidad del trato diario, las impresiones y las confesiones es validar la naturaleza plural del individuo. Cierto es que nacemos y morimos solos, pero la travesía, ha de ser acompañada. Es hasta bíblico: «No es bueno que el hombre esté solo» (Génesis, 2:18). Pero hay algo más entre ellos dos, entre Sandra y José Antonio. Desde febrero, comenta Rosita, algo se traen entre manos. ¿Cómo es que dice? –Esos chicos no se miran como amigos.


Amigos son, pero algo más también. No es que sean pareja, él no se anima a declararse. Y ella, de ser consultada, no se animaría a aceptarle. Él, porque cree firmemente que la felicidad habita en la antesala de la felicidad. Es en la búsqueda y en la expectativa donde radica la mayor parte de la felicidad (Eduardo Punset, El Viaje a la Felicidad). Le basta con saber que es único y especial para ella. Que a Sandra le gustan los tulipanes y no tanto las rosas; la comida italiana antes que un cebiche; lo salado a lo dulce; la maracuyá a la Coca Cola. Sabe también que si le pusiera un mínimo de empeño, o en su defecto, si amenazará por desaparecer, ella reaccionaría. Pero mejor no. ¿Después, qué? Ella, porque dice valorarlo mucho, cuando en realidad ya no podría concebir su vida sin él. Porque sabe que para José Antonio, después del almuerzo, un expreso sin azúcar es obligatorio. Porque mientras conduce su auto, puede llegar a llorar escuchando Felicidad de Lucio Dalla, Nessum Dorma en la voz de Paravotti o Good bye, Milky Way de Enigma. Porque tiene un poder de atracción hacia los animales, que con extenderles la mano, no hay perro que no le mueva la cola. Se engaña a sí misma al negar algo ya evidente. Y es que, se pregunta antes de dormir ¿sentirá lo mismo que yo? No, él no parece haberse enamorado nunca. Hace que se enamoren de él, pero él no se entrega -afirma-. La mutua resistencia está durando hasta ahora, aunque no creo que pase de este mes. Hoy por la mañana los vi mirarse, hablar, reír. Es un fantástico espectáculo verles en el comedor de la empresa. Todo es risible. Todo es creíble. Todo es compartido. Bien dijo Rubén Darío: Juventud, divino tesoro que te vas para no volver.   

domingo, 26 de junio de 2016

Astrid & Gastón elevados a la G


Ignacio Medina es el crítico de restaurantes más cosmopolita, riguroso y respetado del Perú, aunque no sea peruano -es español-. Y semana a semana, escribe para El Comercio (antes lo hacía para la revista, de ese mismo diario, Somos) sus impresiones de lo nuevo y viejo de la propuesta gastronómica en el Perú. Y fue hace casi un año, el 7 de agosto de 2015, que reseñó sobre Astrid & Gastón, con un ojo y paladar crítico poco usual en estas latitudes, que apuesta casi siempre por el quedar bien. Entre otras cosas, afirmaba que algunos platos «sufren problemas técnicos: un par de texturas mal logradas –en el rillete de cuy y el brioche con queso de cabra semi curado–, una cocción desfasada en la pesca con jugo fermentado o un exceso de sal en la sopa verde con papas. Imperdonable para una planilla tan larga que trabaja una propuesta tan corta. La otra parte del problema está en cuatro versiones de platos que ya aparecieron en menús anteriores. Un lujo inconcebible en un restaurante que apenas desarrolla trabajo creativo». Por lo menos a mí, me desanimó de visitarlo, aunque hace buen rato quería sumergirme en su Menú Degustación. Y fue, luego de leer su nueva crítica sobre este mismo restaurante, publicada el 3 de junio –donde le da 4 estrellas de 5 y no mezquina elogios-, que decidimos Alena y yo reservar una mesa y aventurarnos por el Menú Degustación G, su buque insignia.
Hablar de cuánto se puede gastar uno ahí debería quedar en el ámbito de lo privado. Baste decir que el precio de este Menú Degustación por persona, sin bebidas, es de 385 soles (US$ 128) y con maridaje es de 625 soles (US$ 189). La propina, merece un mínimo del 10% del consumo. Es esmeradísima. Llegados a las 7 de la noche, nos recibió el tañer de siete campanadas de una capilla –parte integrante de la propiedad- que por muchas décadas perteneció a la familia Moreyra. Desde el valet parking te hacen sentir especial. Sonrisas, atenciones, esmero, prolijidad. Ya en la mesa, nos recibe toda una puesta en escena: una gran cocina llena de acero inoxidable con una docena de personas gritando «Servido» luego de cada orden del chef, meseras y meseros, sommelier, busboys y el mismísimo Gastón Acurio, pendiente de las órdenes. Tuvo la gentileza de acercarse a nuestra mesa, indicarnos cómo comer la hamburguesa y desearnos, unas cuatro veces a lo largo de las tres horas que duró el festín, muy buen provecho. Lo mismo con Astrid Gutsche. Nos agradeció la visita, y luego de expresarle un sincero: «Vielen Dank. Alles ist köstlich», nos regaló varios minutos contándonos lo que es la nueva propuesta de Astrid & Gastón. Memorable recuerdo. ¿Fotos? Se toman con todo aquel que se lo pide, que no son pocos. Nosotros fuimos a comer.

Independientemente de los cócteles –que no están incluidos, y hacen gala de una gran creatividad-, la aventura culinaria empieza con 5 bocaditos servidos en un plato con forma de cama  llamada «La Cama Mandinga», y que hace honor al mestizaje gozoso y a veces prohibido de nuestra tierra –la novela Matalaché, del chiclayano Enrique López Albújar es un buen referente-. La bolita de carapulcra estalla en la boca. La empanadita con pescado es una delicia. Luego llegan los ceviches, uno tradicional de corvina, otro vegetariano bautizado como «Ceviche del campo», luego una ensalada nikkei de erizo con una leche de tigre que impresiona y que tarda en borrarse del paladar. Y así, van desfilando las 14 distintas experiencias, incluidos al final el café de Oxapampa –un arábiga que hacer honor a la acidez y al buen sabor- y las diversas formas de chocolate en una caja china que no deja de abrir compartimentos llenos de trufas, bombones y demás. Será difícil olvidar el plato «De César, su huevo», o el «cochinillo y la quinua», y las presentaciones de un cuy peruano, al que nunca se le había rendido tanto honor en una mesa, pues en esta, compite con el «royal» pato pekinés, porque aquí, también es pekinés. Estimados Astrid & Gastón, Alena y yo hemos sido tremendamente felices en su mesa. Fueron tres horas de mimos, lujuria, llenura y desabotonura. Había que crear el espacio para tanto y tanto. Seguro estoy que su posicionamiento entre los mejores del mundo, el 2017, sorprenderá. Enhorabuena.