jueves, 23 de junio de 2016

El Karma sí existe

Federico Guillermo, qué duda cabe, fue el guapo del barrio, el «caritas», como les dicen en México (lindo y querido). Y muy probablemente, a sus cuarenta y pocos –treinta y seis dicen que aparenta-, lo sea también del lujoso edificio sanisidrino donde habita con su mujer y sus tres hijos. María del Pilar, su esposa, debe tener un pacto secreto con el tiempo y la belleza, porque ostenta lozanía, garbo y beldad desde que la conozco, y vaya que han pasado buenos años ya. Son la Barbie y el Kent que muchas parejas quisieran ser, aunque el mérito de ser bellos viene de fábrica, se nace así, si es que se nace así. No obstante, cultivar la belleza y mantenerla, sí es algo que les ha costado extenuantes horas en el gimnasio e incontables limitaciones en la mesa. Yo siempre he creído que el mezquino en la mesa también lo es en la cama, pero ese es otro tema. Justificaciones de glotón con ínfulas de epicúreo.

Guille –así lo llamamos sus amigos- es Key Account Manager de una importante transnacional nórdica y catedrático en una de las Escuelas de Posgrado más caras y prestigiosas del país. Ahí conoció a Jazmín. No la conozco, no la podría describir –ganas no me faltan-. Me he limitado a saber que está concluyendo el MBA –Guille es uno de sus profesores- y no pasa de treinta y dos años. No llegan a ser amantes, son amigos con «derecho a roce». Ya sabes, a veces sí, a veces no. Guille me dice que son básicamente amigos. El sexo es circunstancial, no la base de su relación. No lo justifica, lo complementa. Es un tercer lenguaje, además del hablado y el corporal. Un beso en la palma de la mano, un masaje en el nudillo, un soplido en la nuca o la oreja, un juego de lenguas, un lengüeteo de pezón, un orgasmo clitoral, y así, no tienen traducción convencional, lo sientes con quien te lo hace sentir. Con quien halla tu frecuencia. Con quien sintoniza tu ritmo.


El viernes último, 17 de junio, que Perú jugó contra Colombia y perdió por penales, el padre de María del Pilar, don Armando, invitó a sus hijas y sus respectivas familias a pasar todo el fin de semana en su casa de campo en Cieneguilla. Guille dudó en ir, razones de peso tenía. Esa misma semana de junio se inventó un par de clases más y convenció a Jazmín de pasar unas horas en un discreto hotel boutique de Barranco. Ni bien llegando, encontró en el estacionamiento subterráneo el auto de su suegro, un ostentoso Jaguar XJ negro metálico imposible de confundir. Su sonrisa maliciosa fue imposible de ocultar. Jazmín asumió que era por las ajustadas pantalonetas negras que llevaba puestas. No preguntó. Pasadas unas tres horas de agradecida gimnasia, bajaron al estacionamiento y el auto seguía allí. ¡Qué faena del viejito!, dijo para sus adentros, divertido. Entretanto, ya en la terraza de la casona, repartiendo el incandescente carbón de la parrilla, lo miraba una y otra vez, mientras se decidía o no en jugarle una broma. Una broma que solo ellos dos entenderían. Y saz, se la soltó: -Don Armando, mientras pasaba por Barranco, hace tres días, a eso de las diez de la noche, vi saliendo del estacionado del Hotel XXXXXX a su auto. -¿Ah, sí? ¡Qué raro! El martes al medio día le presté el auto a María del Pilar, porque se iba a reunir con sus amigas del colegio. ¿No te contó? El chofer, al día siguiente, me lo regresó. Seguramente, te debes de haber confundido, Guillermo. Pues no, Guille no se confundió. Aunque confundido está. No sabe cómo encarar a María del Pilar. Culparla es culparse. Ya no sonríe como antes. Ya no hace bromas como antes. Ya no sale con Jazmín, como antes. Como diría Alfie: He does not have peace of mind.  
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