miércoles, 15 de junio de 2016

Cuestión de elección


En el milenio anterior, Armando Tejeda y César Isella compusieron la Canción de las simples cosas, cuyos versos dicen: «Uno vuelve siempre / a los viejos sitios / donde amó la vida / y entonces comprende / como están de ausentes / las cosas queridas». Esta ausencia es concomitante a la despedida, real o imaginaria, volitiva o involuntaria, precisa o extemporánea. Cuesta despedirse, de ahí que el Diccionario de la Lengua Española sea tan mezquino con su definición: «acción y efecto de despedir a alguien o despedirse». Despedirse, desde la psique, es distancia, duelo y dolor. Es la certeza de la ausencia de alguien o algo que sí nos importa. Que sí echaremos de menos. Que al devenir en saudade, es soledad, nostalgia y añoranza. Resumiendo, es la experiencia vivencial del Memento mori (del latín, recuerda que morirás), tan presente en la masonería como cura a la vanidad.

Sara, joven administradora de un popular restaurante de comida rápida, ubicado en el segundo piso del Centro Comercial Plaza San Miguel, recibió con escepticismo a Gabriel, ex esposo de su prima hermana. Necesitaba trabajar y solo había espacio como ayudante de cocina. Ya saben, pelar papas, preparar cremas, cortar lechugas y tomates, freír chorizos y trozos de pollo empanizado y cosas así. Desde que lo conoció sintió lástima por él. Estuvo presente en su boda religiosa, cinco años atrás, y su prima Ana siempre fue una bruja. Culiparada y guapachosa, es verdad, pero no por ello menos bruja. Al final de cada turno, terminado el arqueo de caja, Gabriel, sin más intención que protegerla, la esperaba fuera del local para acompañarla al sótano y constatar que se subiera segura a su auto, un Toyota Auris color rojo. Fue así por varios meses, hasta que un jueves ella le preguntó dónde vivía. Sí, podía llevarlo hasta una avenida cercana a su domicilio. Y así, dos almas solas empezaron a reconocerse. No de inmediato, pues la desconfianza de adentrarse en temas personales fue mutua. Pero no hay barrera que el tiempo no supere. Descubrieron, respectivamente, su sentido del humor. ¡Vaya si rieron, y mucho! Descubrieron intereses comunes. Descubrieron su condición de humanos. Cupido ya había hecho su trabajo.


Sara, raza superior –las mujeres siempre lo han sido-, sabía que esta relación no llegaría a buen puerto. Su familia no lo permitiría. En el trabajo no lo aceptarían. Sus amigas la condenarían. And last but certainly not least, la culpa judeo-cristiana, que la empujaba al llanto mientras lavaba de su cuerpo los fluidos compartidos de un sexo tan agradecido y esperado. No tenía que terminar con Gabriel. Él aceptó con resignación el anonimato. La quería a ella, no a sus circunstancias. Pudo más el miedo al miedo. El horror –de Sara- a enamorarse y perder la cabeza (como si no lo hubiera hecho ya). Y un viernes once de junio, luego de almorzar opíparamente en una trattoria miraflorina –Gabriel cumplía 36 años-, se despidió de él con un beso en la frente. No lo volvería a ver más. Huyó para salvarse de un dolor futuro (¿?). Ya era demasiado tarde. Enamorada estaba. Pagó el precio más alto que el temor puede: la soledad. La nostalgia. Y la añoranza. Sonreiría por ratos. Disfrutaría también. Pero la felicidad… eso es otra cosa. Está reservada para los que intentan, se equivocan, lo vuelven a intentar, se equivocan nuevamente, y vuelven a volverlo a intentar. Sino, pregúntenle a Gabriel, que ya va por el tercer hijo, y no todos de una misma mujer.   
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