martes, 26 de abril de 2016

El amor en los tiempos del Whatsapp

Estrella y Antoine no se conocen. Bueno, en cierta forma, sí. Son novios virtuales. Ella es de Ventanilla, un distrito costeño de la Provincia Constitucional del Callao, en el Perú. Él es de Biarritz, en la región de Aquitania, al sudeste de Francia, muy cerca de la Costa Cantábrica, donde aprendió el español. El mar es su referente. La coincidencia que los llevó a comentar el mismo vídeo en Youtube: «Alfonsina y el Mar», en la voz de Nana Mouskouri. Siguió la invitación por Facebook. Prosiguió el Whatsapp, omnipresente por obra y gracia del Smartphone, el plan de datos y el wifi. No hay hora en la que no se envíen emoticons, breves mensajes de texto, fotos de su cotidiana intimidad, canciones románticas y paro de contar. Para Estrella, Antoine aún vive con su madre, Simone, enferma de una diabetes avanzada, la pobre. Alto como un poste y rubio como la miel. Trabaja por la mañana en una gasolinera y por la noche estudia marketing digital en un instituto sin página web. Para Antoine, Estrella es la segunda de tres hermanas –Natalia es la mayor e Isabel la última-. Estudia nutrición en la Universidad Nacional del Callao. No trabaja, pero eventualmente es invitada a modelar y hacer de anfitriona en ferias comerciales. Sí, es guapa. A los diecinueve años el cuerpo de una mujer solo puede ser hermoso. Y si es trigueña, porteña y risueña, aún más. Una hermosa mariposa de tinta negra adorna su esbelta espalda. Es imposible no reconocerla a la distancia. Como tampoco no rendirse a sus encantos de mujer.


Están ahorrando para que un cercano día, finalmente, puedan tocarse, sentirse, confundirse. La exención de la visa Schengen a los peruanos allana el sueño, hasta hace poco, casi imposible. Es gratificante dejar de ser un país paria a los ojos de los ricos del Norte. Pero ni Estrella tiene diecinueve años, ni es trigueña, porteña o risueña. Ni Antoine es alto ni rubio. Es lo que han querido ser, pero no son. Es lo que se fueron inventando y lo que convirtieron en su realidad y cotidianidad. Ella se ve así. Él también. Estrella es en realidad Andreína Juscamaita Chamochumbi. Es madre soltera y tiene cuatro hijos de diferentes padres. Ninguno llega a adolescente aún. En junio próximo cumple veinticuatro años. Antoine es en realidad Jaime Ponce Bellido. Guatemalteco de cincuenta y siete años que llegó de contrabando a Europa y trabaja de lavaplatos en un par de bistros. Ha aprendido algunas frases en francés, y mucho de lo que le ordenan entiende. Esta mentira, con visos de verdad, les ha salvado la vida. Sobrevivir era su quehacer diario. La estéril rutina, su cadena perpetua. 

La chatura de sus vidas no es tan distinta a la de mayoría de sus contemporáneos. Escapar se puede, ciertamente, pero los medios cada vez son más esquivos. El mío, por ejemplo, es la Literatura. Jean-Marie Le Clézio tiene una reflexión maravillosa: «Sin duda la literatura está adelantada a su época, permite todos los sueños, todas las aspiraciones. Es lo opuesto del nacionalismo estrecho, de la identidad reducida, al racismo básico, a las incapacidades sentenciosas, a los conformismos satisfechos, a la cobardía intelectual, la autosatisfacción y las mentiras que los tiranos inventan para dorar sus estatuas. ¿Cree que soy demasiado optimista?». Hacerse de una novia por Internet podría ser otra, pero estaríamos engañando a alguien más que a nosotros mismos. Y la verdad, tarde o temprano, se conoce. Si bien adentrarse en las obras maestras de la Literatura es también vivir una mentira, el daño es nulo. Entretanto, Estrella -o debería decir María- le ha dedicado una canción a su Antoine: «Esa Mujer», de Ha Ash. Y mientras la escuchan, cada quien en su cama, suspira y vuelve a sonreír. ¡Ay, el amor! Si no lo sabré yo.
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