lunes, 7 de marzo de 2016

Reflexiones electorales antes del idus de marzo

Si algún mérito tienen las elecciones presidenciales, convocadas cada cinco años en el Perú, es la capacidad inconmensurable de sorprendernos. Tener que elegir de entre diecinueve candidatos era, en sí mismo, un despropósito. Así también, esperar que por lo menos la mitad de ellos fuera mínimamente respetable, una entelequia. En el camino al nueve de abril, víctimas del caluroso verano, ya dos tiraron la toalla. Y dos más, puede que dejen la carrera presidencial ora por flagrante violación de la norma electoral, ora por improcedencias administrativas de democracia interna. A la corta o a la larga, dependerá de la capacidad probatoria de las partes. O para ser más justos, de la habilidad dramatúrgica de quienes ostentan los hilos del poder, pero no vemos. Realpolitik lo bautizaron los alemanes. Consuetudinario desprecio por las mayorías, sería otra forma de llamarlo, luego de terminar La Columna de Hierro, de Taylor Caldwell. Novela histórica que recomiendo con gran entusiasmo por la actualidad de sus temas. Aunque, para nuestra desgracia, no tengamos ya un Marco Tulio Cicerón que desvista las injusticias. Ha escrito Cicerón: «Los hombres de buena voluntad, atentos por tanto a la Ley dictada por Dios, se opondrán a los gobiernos regidos por los hombres y si desean sobrevivir como nación, destruirán al gobierno que intente administrar justicia según el capricho o el poder de jueces venales».

¿Quién ganará estas elecciones de 2016? Claramente, lo sabremos en el ballottage o segunda vuelta electoral. ¿Quiénes medirán sus fuerzas? Dos candidatos de centro derecha. Una dama de ascendencia japonesa y un caballero de ascendencia franco-suiza-judío-polaca. Una abnegada hija de papá versus un self made man que casi le dobla la edad. ¿Se acabará el fujimorismo con esta derrota? No, volverá a esperar su oportunidad y hará mucho ruido desde el Congreso. Es impredecible una fiera herida. ¿Peruanos por el Kambio se consolidará como partido político? Ni mucho menos. Desaparecerá sin pena ni gloria como el Nacionalismo o las tantas Izquierdas. O el Toledismo. ¿El magnate universitario César Acuña? Sobrevivirá a la vergüenza y el descrédito. Tiene plata como cancha. No obstante, plata que no enseña de historia. Sucumbió al mismo ataque de vanidad del actual alcalde de Lima, Luis Castañeda Lossio. En más de una ocasión presencié como sus serviles asesores (ayayeros los llamamos aquí) lo llamaban «Señor Presidente» en vez de su nombre de pila. ¿Los mejores candidatos? El ex presidente Alan García Pérez y el académico Alfredo Barnechea García. Coincidentemente, llevan un mismo apellido que en nada los emparienta. Ayer amigos, hoy rivales. Podría votar por cualquiera de los dos. Quizá lo haga, aunque no pasen a la segunda vuelta. ¿Por qué? El primero, porque empezó muy temprano. El otro, porque lo hizo muy tarde. ¿El resto? No merece ni mencionarse. Al cabo de unos meses, nadie recordará que fueron candidatos. Volverán a sus medianas vidas. A su estilo común y moderado. Que no note nadie que lo vea -con el perdón de don Andrés Fernández de Andrada-.

¿Con este nuevo gobierno, mejoraremos como Nación-Estado? ¿Luego de una generación, llegaremos a ser un país industrializado? No lo creo. En principio, porque no nos lo creemos. Segundo, porque no lo merecemos. Tercero, porque no estamos preparados. Thomas Piketty abunda en razones -en términos generales, estudiando otras sociedades- en su libro de economía histórica El Capital en el Siglo XXI. La desigualdad en el Perú es alarmante. Y no me refiero solo a lo socioeconómico. Sino, a lo cultural. Somos una sociedad profundamente ignorante, y no veo mucho interés de las élites en que eso cambie. Haría falta un New Deal a lo Franklin Roosevelt que apueste por las clases medias emergentes. Que privilegien la educación superior y técnica. Que inviertan en infraestructura y bienestar (viviendas dignas, agua potable, internet, créditos justos, salud universal, entre otros). Que limite el libertinaje de la prensa amarilla y la jibarización televisiva. Que luche decididamente contra la corrupción, uno de nuestros mayores males. Que genere confianza a través de un sistema judicial medianamente justo. Pero nada de esto ocurrirá. Porque el cambio empieza en uno mismo. Y como los picarones, la procrastinación es miel para los peruanos. Entonces, dependerá de quién queramos ser, antes de a quién queramos elegir. Resuelta la tara, el camino al Primer Mundo se allana.
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