viernes, 16 de noviembre de 2012

En el nombre del agnosticismo

 

SodalicioMiércoles, dos de la tarde. Comedor de la empresa. Sentados en corro, gracias a la forma de la mesa plástica, el más simpático e histriónico de los comensales, y Jefe del Área de Atención al Cliente, Luigi Olivares Poggi, nos hace reír con una de las tantas historias -propias y ajenas- que tan bien sabe contar. Hay que verlo cómo gesticula cada palabra y juega con el timbre de voz, volviendo más convincente su relato. Esta vez nos cuenta de un viaje, junto a un grupo de nóveles aspirantes al Sodalicio de Vida Cristiana –del que fue parte-, a un lejano pueblo, arriba de Sibayo, en las alturas de Arequipa, allá donde nace el río que lleva vida al profundo Cañón del Colca. Y mientras concluye la historia del «burro de madera», aparición fantasmagórica de lo que en vida fue, muchos años atrás, el mismísimo Diablo, camuflado en el cuerpo de un jumento, rememora que uno de los mancebos, el más pendejerete, era ajeno a su fe, e indignado, exclama: «Yo no sé para qué fue, si el imbécil ni creía en Dios».

Crítica al ensayo La civilización del espectáculo de Mario Vargas Llosa. Nelson Manrique.¿No creer en un Dios supremo, antropomorfo, creador del cielo y la tierra, nos hace realmente imbéciles? No lo creo. Tampoco entiendo la postura del ateo, que la niega con casi la misma firmeza del pío, y del no tanto. ¿Cómo afirmar o negar algo que escapa, por mucho y quizá por siempre, a los limitados sentidos que nos ayudan a comprender el mundo? Y si bien, la Iglesia y la ciencia, han hecho muchísimo por el hombre, también es verdad que su fundamentalismo y reduccionismo, de uno y otro, hacen palidecer de vergüenza todo mérito alcanzado. Hay que ser valiente y políticamente incorrecto, como lo es Mario Vargas Llosa en su último ensayo, La civilización del espectáculo, para afirmar lo siguiente: «La razón de esta proliferación de iglesias y sectas es que sólo sectores muy reducidos de seres humanos pueden prescindir por entero de la religión, la que, a la inmensa mayoría, hace falta pues sólo la seguridad que la fe religiosa transmite sobre la trascendencia y el alma la libera el desasosiego, miedo y desvarío en que la sume la idea de la extinción, del perecimiento total» (Editorial Alfaguara, p. 43). Y no es que esa minoría sea especial, iluminada o «imbécil», como afirma mi amigo, es sencillamente que entendió, un buen día, que hay cosas que no se pueden entender. Así, sin más, sepa usted.

Opus-Dei01La palabra agnosticismo proviene del griego α-, a-, ‘sin’; y γνώσις, gnōsis, ‘conocimiento’), y se entiende por ella a la posición filosófica de considerar inaccesible al hombre, todo conocimiento de lo divino y de lo que trasciende lo experimentado a través de los sentidos. Por eso, yo me considero un agnóstico. No por negar ni afirmar, simplemente, por respetar ambas posturas, pero al no compartirlas –consciente de mis limitaciones- tampoco renegar de ellas o tratar de convencer a alguien más de mi libre determinación. ¿Que si alguna vez creí? Vaya que sí. Mi padre, enamorado de la legendaria revolución bolchevique y de un mundo comunista donde no haya lucha de clases, se adscribió al ateísmo, y no permitió nuestro bautizo católico, tan común en nuestros pares. Sin embargo, no se opuso a que, antes de cumplir diez y ocho años, me bautizara por la Iglesia Católica Apostólica Romana, hiciera la primera comunión y la confirmación, todo junto, en un mismo año, en la parroquia de mi barrio, Virgen del Carmen. Y al año siguiente, por intermedio de un amigo de la universidad, ya estaba asistiendo a la Casa Tradiciones, regentada por la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Deis, donde recibí excelentes charlas de conspicuos miembros numerarios y sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. No puedo dejar de agradecer la paciencia y sabiduría de Miguel Ferré y de los padres Antonio Ducai y García, respectivamente. Y si bien puse todo de mi parte para ser también un guerrero de esta fe, que prometía volverme un santo (para su fundador, San Josemaría Escrivá de Balaguer, todos pueden ser santos), mis lecturas de Miguel de Unamuno, de Bertrand Russell, de Frederick Nietzsche, de Fernando Savater, me exigían pensar distinto. Y así, un jueves noche, le confesé al padre García de mis dudas, y de mi decisión de no regresar, porque no podía vivir una mentira. Con una franca sonrisa, que no disimulaba su pena, me dijo que Dios igual me quería, y que sabía, que un buen día regresaría.

gita-132Y una noche, conversando con los amigos del barrio, uno de ellos, Alberto Rey de Castro, me comentó que estaba asistiendo a un Centro Hare Krishna, en el Centro de Lima. Lo acompañé una tarde y me enamoró al instante el ambiente oriental, el olor permanente a incienso y salubridad, las coloridas vestimentas de la India, los musicales mantras en sánscrito, y la repartición de comida vegetariana a todos los asistentes, con la mejor predisposición y estado de ánimo. Al poco tiempo adquirí el Bhagavad-Gita, comentado por A. C. Bhaktivedanta Swami Prabhupada y me convertí en un voraz lector de la religión hinduista. No era ningún sacrificio, sus versos son muy bellos, y su literatura rica en sabiduría y espiritualidad. Pero siendo honesto, primaba el deseo de conocer, no la fe. Quería creer, pero se imponía, una vez más, la razón.

Valley_Creek_Church_of_ChristRecién llegado a los Estados Unidos, conocí en mi primer trabajo, como asistente legal en una Oficina de Asesoría en Leyes de Inmigración y Declaración de Impuestos, a un hondureño, Julio, que muy amablemente, me invitó a una parrillada con sus amigos. Casi sin amigos, me pareció una excelente oportunidad para conocer americanos y aprender más de su cultura y estilo de vida, para así asimilarme mejor a ella. Era un grupo maravilloso, hay que decir. Todos jóvenes como yo (tenía en ese momento 27 años), algunos universitarios, otros deportistas, tantos otros con los diversos oficios, pero con algo en común: The Church of Christ. Era mi primer contacto con una iglesia evangelista, es decir, protestante. Fueron meses muy buenos. Salidas, comidas grupales, actividades deportivas, y poco a poco, visitas a su Iglesia. Fue allí que descubrí la sutil belleza de las filipinas, y por qué no confesarlo, de una en particular, cuyo interés en mí no tardó en evidenciar. Luego llegaron las charlas y conversaciones personales con los miembros más importantes en el condado, es decir, sus pastores, y más y más, la presión colectiva para mi bautizo. No tuve el valor para confesarles la verdad. No quería herirlos. No sabía como decirles que no me creía nada de lo que cantaba y hasta rezaba de muy buena gana. Estaba ahí por ellos, por vivir el tiempo con ellos, por sentirme parte de algo, pero por ellos, no por su fe. Asi que me inventé un viaje, y no volví a saber de ellos. Dorian, un colombiano-americano fue el más generoso de todos ellos. Me trató como a un hermano, pero lamentablemente, su fe no dejó que siguiéramos siendo amigos.

Allah-eser-greenY así pasaron los años, entre la razón y mi pseudo-fe. Ya instalado en el norte de California, tuve la suerte de conocer a Ashrot, un musulmán bonísimo, políglota y muy cultivado. Fue para mí todo un descubrimiento, porque esa religión es casi inexistente en mi país. Y fueron muchas las veces que nos juntamos a compartir un té de menta y hablar del mundo árabe y alrededores, del Islam, del Profeta Muhammad (Mahoma), del fundamentalismo, etc., hasta que un día apareció con el Corán en español, al que quiso adornar con una bellísima dedicatoria: «Salaams Vladimir: I hope que la lectura de este Qur’an may lead to a more profound engagement with the Islamic way of life. I thanks Allah for our friendship. Your friend, Ashrot». Luego del 11 de septiembre de 2001, se generó una leyenda negra del mundo islámico. Su amistad, sus enseñanzas y mi lectura imparcial y respetuosa de su libro sagrado y de su historia, por fortuna, me alejaron lo suficiente del otro fundamentalismo. Una vez más, quería creer, pero esa fe, que te promete otra vida en el más allá, nunca tocó mi puerta.

agnosticoHe de reconocer que no me fue difícil mantenerme a flote en un mar tan abundante en religiones, pues conozco algo de las más numerosas. Pero un día, hace unos cinco años, decidí ser coherente con mis ideas, y no volver a mentir respecto a mi fe –mejor dicho, falta de ella-, por el simple hecho de agradar o no incordiar. No ha sido fácil. La gente cuando me escucha decir que no creo en Dios, pero que tampoco niego su existencia, se escandaliza y se burla. Otros me miran con cara de espanto, pero se guardan sus comentarios, porque saben bien que me sé defender. No faltan los que se ofrecen a salvarme del pecado y del fuego del infierno –se nota su buena intención-. Concluyendo, verán que no he decidido ser agnóstico por moda o porque no se me hizo un milagro y reniego de mi Dios o porque soy un antisistema. Soy agnóstico porque quiero ser coherente con lo que me manda la razón, más aún  hoy, que la neurociencia empieza a entender mejor nuestro cerebro y su respuesta frente a los arcanos del mundo. Es sabido que ante las grandes interrogantes del mundo, el ser humano desarrolló tres respuestas: la religión, el arte y la ciencia. La única que nos ofrece algunas certezas, luego de muchas pruebas en laboratorio, es la ciencia. Y es ella la que aconseja dudar. Dudemos, pues, en el nombre del agnosticismo –por si acaso-. 

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