miércoles, 19 de septiembre de 2012

Moscú es su gente (Parte II)


IMG_3740Una ciudad es su gente. Y aunque admirador de la poesía de Aleksandr Pushkin, no suscribiría su lapidaria frase: “¡Dios mío, qué triste es Rusia!”. Porque no lo es, o por lo menos, ahora, no lo es. Pero hablemos de Moscú, la ciudad sin límites; o mejor aún, de su gente. Llegado de Ámsterdam, vía KLM, ingresé por uno de sus enormes aeropuertos, no muy amigables por cierto, pues casi todo está escrito en alfabeto cirílico. Por fortuna, esa primera sensación de extrañeza bien pronto fue vencida por la gran sonrisa de Vera, mi suegra. Junto a ella, enorme y afable, nos esperaba también Александр (Sasha), firme como un guardia suizo pero con una dulce expresión en el rostro, que por capricho de la imaginación me llevó a compararlo con el Gigante Egoísta de Oscar Wilde, en su último párrafo, luego de su encuentro con el niño Dios, cubierto de flores blancas, aunque su alma, estuviera ya, jugando en el Paraíso (http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/wilde/gigante.htm).  
IMG_3509Lawrence Durrell, británico que sabía mucho de ciudades y de personas (nació en India, pero vivió en Inglaterra, Grecia, Egipto, Argentina, Chipre, Serbia y Francia, casándose hasta cuatro veces) tiene una frase que hago mía: “Una ciudad se hace un mundo cuando uno ama a uno de sus habitantes”, y es así, sin mediar un por qué. Entonces, Moscú para mí es más que una ciudad, es un mundo, o si quieren, una ciudad sin límites. Porque es humanamente imposible no amar a uno o más de sus habitantes. Un amor en su acepción filosófica, como la virtud que representa toda la bondad, compasión y afecto del ser humano. Y fuera de todas las advertencias que me hicieron de su chovinismo y hasta xenofobia, solo encontré amabilidad, sonrisas, cortesía y muy buena onda. Incluso, me sucedió algo que no me ocurría hace ya buen tiempo. Que por la calle, dos a tres guapísimas mujeres, totalmente extrañas a mí, voltearan a mirarme y me regalaran una sonrisa. Eso no tiene precio, más aún si tu forma de ejercitarte es vivir, y a la vuelta de la esquina, te esperen los cuarenta. Asi que a caminar, y mucho (a mí me hizo bajar 9 kilos).
tverskayaDe una ciudad capital de más de doce millones de habitantes, divididos en diez distritos administrativos y ciento veinticuatro ókrugs se esperaría un menor coste de vida, pero no es así. De hecho, los años 2006 y 2007 fue nominada como la ciudad más cara del mundo, y en la actualidad, sigue estando entre las más costosas, lo que la vuelve prohibitiva para los más de los mortales, que por ello, eligen otros destinos, o se limitan a lo mínimo necesario. Una pena, pues la ciudad tiene mucho que ofrecer. Hospedarme con mi familia en la calle Tverskaya nos permitió disfrutar de su cosmopolitimos, y tener muy cerca las estaciones de tren, que nos llevaron a muchos de sus rincones. Y aquí otra advertencia, si uno no entiende ruso, su metro se convierte en el Laberinto de Creta. Entiendo que su turismo interno –el ruso y el de las ex repúblicas soviéticas- sea considerado el más importante, pero hay también un mundo allá afuera interesado en conocer qué hizo que, en una tierra tan lejana, se forjara el sueño de hacer del mundo una sola nación bajo una bandera roja, abrazada por un comunismo quizá utópico, quizá bienintencionado, pero sin duda aglutinante, que casi, casi gana la partida.
Mi entrañable amigo Sasha, orgulloso moscovita, fue el mejor guía turístico ad honorem que pudimos tener. Generoso en extremo, nos subía a su Opel guinda de última generación, y nos llevaba a recorrer los enormes parques de su infancia, y frente a cada monumento o edificio oficial, nos contaba parte de su historia. El primero fueron esas tres enormes cruces diagonales que advierten al viajero que hasta allí fue el avance nazi, durante la Segunda Guerra Mundial. Punto de quiebre, porque la guerra contra los alemanes, la ganaron los rusos y no los americanos, sepa usted. Fue con él, además, que visitamos los suburbios y verificamos el auge del capitalismo en esa ciudad. El mejor ejemplo de ello son las garitas para el cobro de peaje que empiezan a proliferar en las grandes autopistas. Lo que ayer fue público, hasta la época de Mikhail Gorbachov, hoy pasa a ser parte del capital privado. De ahí que los rusos de más de cuarenta lo consideren el primer gran traidor. El Judas Iscariote de la Madre Rusia. Y con él, fuimos hasta su dacha (casa de campo), ostentosa en espacio, flores, comodidades varias y hospitalidad. Un jardín de los cerezos a lo Chéjov, pero contrariamente a la decadencia que acusa el famoso drama, la dacha de Sasha exuda vitalidad y abundancia por cada uno de sus poros. Fue ahí que probamos el riquísimo té (чай) preparado con agua de samovar (самовар). Un nuevo sabor, desconocido, que potencia las cualidades del té. Y donde, con siete kilos de panceta, se me dio el honor de hacer un asado a la usanza uruguaya, siguiendo las enseñanzas de mi buen amigo Rodolfo Ramó. Un éxito. Cansados del shashlik, apreciaron el sabor de un cerdo cocido lentamente por el rubor de los carbones y la leña, al que solo le agregué sal gruesa y cambiaba de lado cada veinte minutos; condición sine qua non para mantener sus jugos y su suave textura. ¡Qué tiempo feliz! Eduardo Punset, admirable comunicador científico, nos dice que la felicidad habita en la antesala de la felicidad. Entonces, para mí Moscú fue la antesala de felicidad, o más precisamente, su gente.     
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