lunes, 14 de febrero de 2011

Desagraviando a Iquitos

Cuando le conté a mi viejo amigo Cristian Milla, (A) El Boti (http://boticorleone.blogspot.com/), que tenía planeado viajar a Iquitos, me afirmó –basándose en sus recientes experiencias loretanas-, que ni bien bajara del avión, sentiría en la atmósfera un fuerte aroma a sexo, porque si algo es Iquitos, es sexo. Y vaya que no es la primera vez que escucho lo mismo. Son innumerables las historias de maridos infieles que perdieron la cabeza en la provincia de Maynas, y de paso, sus familias. Como innumerables, también son, las leyendas urbanas sobre la ardiente ninfomanía de las charapas (naturales de la selva peruana). Incluso, hasta las novelas del premio nobel peruano: Pantaleón y las Visitadoras, y El sueño del celta, detallan cómo sus personajes principales sucumben a esta epidemia sexual que parece padecer Iquitos, ya sea con hombres, ya sea con mujeres, ya sea con homosexuales. Para mí –apriorísticamente hablando-, no es más que un sesgo cognitivo que los sicólogos han querido bautizar como el Efecto halo. Pero para afirmarlo, había que vivirlo, y en vuelo de LAN, llegué de mañana un martes 8 de febrero al Aeropuerto Coronel FAP Francisco Secada Vignetta. Por fortuna, mi buen amigo chileno, Felipe del Pozo, me había reservado habitación en el añoso Hotel Acosta, de 3 estrellas, aire acondicionado, televisión con cable y wireless, por ciento veinte soles la noche. Con 29° Celsius, y clima de selva, el aire acondicionado pasa a ser una condición sine qua non. En pleno verano y con cielo despejado, era de suponer que los habitantes de Iquitos paseen con cortísimas prendas de vestir. Pero más que su gente, llamó poderosamente mi atención la cantidad de motos y trimotos (mototaxis), circulando por la ciudad, rodeada de verde y de la brisa del Amazonas. Su dejo al hablar, cantarín, también es de resaltar, y su espontánea sonrisa que invita a la plática.  

 

Aunque había que tratar unos negocios, me di tiempo para pasear por sus barrios no tan turísticos, conversar con sus pobladores, recorrer tarde por la noche su afamado bulevar y visitar cuanto buen restaurant tuviera al frente. El barrio que más me sorprendió, por su brutal belleza, fue Belén. Acompañado de un guía de la zona, Félix de Águila (el no hacerlo, garantiza que le roben a uno hasta los calcetines) nos internamos por su laberinto de calles, todas llenas de comerciantes con los productos más inverosímiles que uno pueda imaginar: carne de lagarto, armadillo, tortuga, sajino, ronsoco, aves exóticas, diverso tipo de peces de río (paiche, doncella, dorado, piraña, carachama, etc.), frutas por doquier de nombres difíciles de pronunciar, plátanos de todos los tamaños, y paro de contar. Sin exagerar, unos mil comerciantes en el piso o con un pequeño mostrador de madera. Hay que agregar lo intimidante que resulta sentirse observado por cientos de ojos. No es difícil reconocer al intruso, quizá terco, que no quiso aceptar el consejo de no llevar nada de valor. Luego de mucho caminar, terminamos a orilla del río Itaya. No avisté ni un solo policía o guardia municipal. Abajo, nos esperaba un peque-peque (embarcación de madera y pequeño motor fuera de borda) para cruzar a la otra orilla y pasear por el río, apreciando los palafitos, y la vida salvaje en todo su esplendor. ¿Qué dirían los políticos que aseguran que vamos al primer mundo? Ni agua potable ni desagüe ni luz eléctrica ni calles ni dignidad. Letrinas cuyos desperdicios van a dar al río donde se bañan y pescan y recogen el agua para vivir. No una, ni diez, ni cien. Mil, y más familias. Sin embargo, no deja de ser hermosa, porque está vivo, y sonríe. Que sus niñas, de 12 o 14 años, busquen el sustento prostituyéndose, no nos sorprenda ahora. Es el hambre, nuestra contumacia, y el morbo del inmoral que cuenta con algunos billetes, lo que genera un tráfico sexual que nos escandaliza en público, pero del que nos servimos para satisfacer nuestros más bajos instintos.   

 

- ¿Quieres chica? –me pregunta una agraciada muchacha, cuyas generosas tetas son apenas cubiertas por una escotada blusa amarilla, boca rojísima por el exagerado rouge, de unos diecisiete años de edad. Antes de darme tiempo a responder, agrega: –Son sesenta soles. –No, gracias, así nomás. Me regala una sonrisa, y se aleja por el bulevar de blanquiazules formas. Son las diez de la noche, y sigo sentado en la baranda de cemento, y veo como un parroquiano, bajito y panzón, con pinta de profesor de matemáticas, de unos 60 años, le toca el culo y luego de un breve parloteo, se alejan. Alrededor, todo es celebración y bullicio. Loretanos vestidos de selváticos salvajes juegan a escupir fuego y a caminar descalzos sobre él, para beneplácito de los turistas, casi todos gringos, que no paran de fumar yerbas alucinógenas y beber litros de cerveza. El Iquitos que encontrara Roger Casement en 1910 no debe distar mucho de éste, cien años después. Los gringos siguen siendo los amos y señores. Me siento en el bar de la esquina, y un texano –de la mesa del lado- me cuenta en inglés que la población homosexual es también abrumadora, aunque funjan de prostitutas y muchos no noten la diferencia (¡!). Luego me pregunta si me quiero tirar “little puzies”. Pago mi trago, me levanto parsimoniosamente y le respondo: Go fuck yourself.

 

Al tercer día, alisto mis cosas para volver a Lima, y por el balcón de mi habitación de hotel, observo a la gente pasar, como al lado del camino. Es gente bonita, que siendo como es, puede enamorar a cualquiera. Su comida es muy sabrosa, y sus jugos de fruta, inmejorables. El lagarto a la parrilla lo recordaré por siempre, al igual que el cebiche de dorado y el paiche a la menier. Y sus chicas son harto divertidas, juguetonas y coquetas, en el mejor sentido de la palabra. Definitivamente, volvería una y más veces. Pero por todo lo que tiene Iquitos de hermoso, que es mucho, no por esa mal ganada fama de Somoda y Gomorra de la Amazonia. No es justo. Prostitución hay en todas partes, abuso a menores también. Pero pobreza extrema como ésta, espero que no. Viajero, vive Iquitos de otra manera. Verás que no te arrepentirás.

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