miércoles, 23 de septiembre de 2009

La Vida Eterna, y Fernando Savater

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  Por artículos y algunas entrevistas me enteré, algún tiempo atrás, del ateísmo del reconocido político (es fundador de un partido político en España), filósofo, catedrático (en la Universidad Complutense de Madrid) y escritor español, Fernando Savater. La verdad, no me sorprendió, pues no sería el primer filósofo que tenga esta postura ante la Deidad, y más precisamente, ante la muerte. Ya le había leído, de más joven y con confesa pasión, su Ética para Amador y luego Política para Amador. Razones poderosas para continuar con Las Preguntas de la Vida y El Valor de Elegir. Gracias al YouTube, lo podemos escuchar también en diferentes entrevistas, eso sí, sin esa capacidad para citar colosos del conocimiento, que impresiona en sus ensayos. Es un Sancho Panza entrañable, con una chispa que da que hablar.

 

caed_f_7d26137b4bf2cf11eb1f3abd02c9ab70  Por eso, cuando en el 2007 saliera publicado su libro La Vida Eterna, se me hizo agua la boca y ya mismo quise ir a comprarlo. Pero por una y otra razón, dejé pasar su lectura, hasta ahora, que lo acabo de terminar, en mi último viaje a Cajamarca –transitando por pueblos adonde se llega a lomo de caballo o manejando por trochas carrozables, no hay agua caliente ni teléfono celular ni internet ni nada que se le parezca-. Previo a su lectura, pedí la opinión de mi hermano José María, que es máster en filosofía. Dicho sea de paso, también un confeso ateo. Me recomendó su lectura, pero me advirtió que no me hiciera tantas ilusiones, porque a su humilde parecer (Sic) quedaba corto ante El alma del ateísmo de André Comte Sponville y Por qué no soy cristiano de Bertrand Russell, por sólo citar un par de obras.

 

INMORTALIDAD[1] La verdad sea dicha, me gustó. Y no exagera el editor con lo que se ofrece en la contratapa, al afirmar que este libro trata de la religión o más bien de las religiones: en qué consiste creer, en qué creemos o no creemos y qué vinculación guardan estas creencias con la más importante y central de todas, el afán de inmortalidad. Pero también se habla de la verdad, de la diferencia entre credulidad y fe, de las vías no dogmáticas del espíritu, de las implicaciones políticas que tienen las ortodoxias fanáticas, del papel de la formación religiosa en la educación de las democracias laicas, etc… Y también –quizá sobre todo- de cómo puede vivirse cara a lo inevitable, sin concesiones al pánico ni excesos de esperanza.

 

OMD030784041  01 De hecho, hay pasajes que te dejan pensando por un buen rato. Así, tenemos por ejemplo en las pp. 179 y 180 que: «Los humanos no venimos al mundo para morir, sino para engendrar nuevas acciones y nuevos seres: somos hijos de nuestras propias obras y también padres de quienes emprenderán a partir de ellas o contra ellas trayectos inéditos. Lo más duradero y tónico de las religiones celebra el año nuevo, la nueva cosecha. La buena nueva de que “entre vosotros ha nacido un niño”. La ambigua lección de la vida transformada simbólicamente en espíritu no niega que procedemos del Caos ni que hasta el final deberemos debatirnos contra él. que siempre prevalece: pero también afirma, ingenua y triunfal, que nuestra misión pese a todo es dar a luz».  O en la Pág.. 173, que: «Vivir es luchar por sobrevivir, aplazar lo irremediable: como dijo lord Salisbury, “the delay is life”. Todo tiene fecha de caducidad, aunque no la conozcamos y supongamos que depende de nuestro empeño postergarla lo más posible. Por el contrario, en el plano espiritual también la muerte como cese de funciones corporales puede tener sentido o valor vital: es decir, la muerte misma puede vivirse, asumirse y de ese modo superarse. En un escrito temprano en el que comenta la narrativa de Pío Baroja, Ortega lo expresa así: “El  hombre no puede vivir plenamente si no hay algo capaz de llenar su espíritu hasta el punto de desear morir por ello. ¿Quién no descubre dentro de sí la evidencia de esa paradoja? Lo que no nos incita a morir no nos excita a vivir. Ambos resultados, en apariencia contradictorios, son, en verdad, los dos haces de un mimo estado de espíritu. Sólo nos empuja irresistiblemente hacia la vida lo que por entero inunda nuestra cuenca interior. Renunciar a ello sería para nosotros mayor muerte que fenecer”. En el plano corporal, la vida se opone y pelea –¡a vida o muerte! con la muerte; pero para el espíritu, la intensidad significante de  la vida incluye a la muerte y la desborda». Anda pues, querido lector, a buscarlo, que bien merece la pena su lectura. Verás que lo importante son las preguntas, no las respuestas, por las razones que ya irás encontrando. Suerte.

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