lunes, 29 de junio de 2009

Solidaridad, aunque las palabras me falten…

untitled Mientras terminaba un informe sobre las proyecciones de venta para el mes de julio, del Messenger me pasaron la voz. Aparentemente, era un viejo amigo de California. –Hi, Vlad!, me saludó. Sorprendido, muy presuroso le respondí el saludo. Grande fue mi asombro cuando me contestó que se trataba de su esposa, americanísima como él. No sabía nada de ella desde fines del 2006. Como es lo normal, le pregunté cómo estaba, qué era de sus lindas hijas, de la vida en Colorado… y así. No respondió a mis preguntas, sino que, a mansalva, me contó que su marido, mi viejo amigo, se estaba encamando con una mexicana, amiga común, y que lo había descubierto hace un par de meses. Incrédulo, le dije que dejara de joder, que esas bromas eran demasiado fuertes. Pero no, todo era verdad. Rocío, quien luego de perder su trabajo, los estaba apoyando como babysitter de las niñas, no perdió el tiempo y se encamó con su marido. No lo podía creer, realmente quedé turulato, anonadado, petrificado, absorto. ¿Por qué me cuentas todo esto? ¿Por qué a mí?, le pregunté. Porque eres su amigo, me dijo. Porque necesito aligerar la carga, sacarme esta mierda de encima. Porque ya no sé qué hacer. Tampoco yo, querida amiga. Tampoco yo. Sólo atiné a pedirle que pensara dos veces los pasos que fuera a dar. Dos hermosas niñas eran una razón de peso. Además, no era la primera vez que a Rocío le pesaban los calzones. Tan seriecita ella (cara triste, culo alegre). Sin duda, sería una relación efímera, peniano vaginal, leve. ¿Pero qué se le hace con el daño, con el dolor, con la desconfianza, con la traición, con la vergüenza? ¿Dónde se mete toda esa mierda? Ni el orto lo tolera. ¡Ay amiga!, hay momentos en que las palabras, las razones, las ideas, la elocuencia… sencillamente nos dejan. Qué no daría hoy por amenguar tu dolor, llevarte una luz… pero no puedo.

verguenza Es tan difícil saber cómo te sientes… Por Dios que no lo sé. Tampoco me lo puedo imaginar. Si estuviera en tu lugar, tal y como tú, tampoco sabría qué hacer. Escupiría el rostro del infiel, cerraría para siempre mi corazón, le pediría a la memoria que olvide para siempre su rostro, su olor, su voz, su todo. Me la arrancaría del pecho, y la echaría para siempre de mi vida. Creo que eso haría. Porque si bien es verdad que quien ama todo lo puede perdonar, también es verdad que el que ama, como Penélope, nunca olvida. Y la confianza, como la vergüenza, sólo se pierden una vez. Entonces, quien ama, por no olvidar, no perdona. Dicen que nadie busca en la calle lo que tiene en casa. Bullshit! No se necesitan buenas razones para cogerse a la vecina. La infidelidad es sin por qué. Pero no por ello deja de ser racional. Claro que sabemos lo que hacemos. Claro que pensamos en las consecuencias. Claro que sabemos que tarde o temprano nos van a atrapar. Pero nada importa más que gemir en los brazos del amante. Nada importa más que alcanzar el cielo prometido, aunque nada nuevo vayamos a encontrar. Un cuerpo es un cuerpo, un orgasmo es un orgasmo, un gemido es un gemido. Sin embargo, el rostro que antes veíamos en el espejo ya no es el mismo. La culpa no nos dejará nunca más. Y aunque pretendamos ser inmunes a todo, en el lecho de muerte, en la hora postrera, llora el duro, ruega el insensible, reza el ateo. ¿Por qué? Que cada quien saque sus conclusiones. Por eso, me tuve que ir olvidando de las amigas de juventud, porque caer es lo más fácil. Y si a algo aspiro, es a una muerte dulce, no a una agonía en la hoguera de la mea culpa. Haciendo un paréntesis, quiero contarles que me gusta la letra de esta canción, A la primera persona, de Alejandro Sanz, de su último disco, El Tren de los Momentos. Creo que su letra, en parte, abarca el tema. Te la dedico, querida amiga, y aunque no entiendas español ni ahora me puedas leer, estoy contigo, y esta madrugada he querido sentirme como tú, para que esa cruz pese un poquito menos. Para esto también estamos los amigos, aunque a miles de kilómetros al sur. Para ti…

aalejandro-sanz-el-tren-de-los-momentos A la primera persona que me ayude a comprender
pienso entregarle mi tiempo, pienso entregarle mi fe,
yo no pido que las cosas me salgan siempre bien,
pero es que ya estoy harto de perderte sin querer (querer).
A la primera persona que me ayude a salir
de este infierno en el que yo mismo decidí vivir
le regalo cualquier tarde pa' los dos,
lo que digo es que ahora mismo ya no tengo ni siquiera dónde estar.
El oro pa' quien lo quiera pero si hablamos de ayer:
es tanto lo que he bebido y sigo teniendo sed,
al menos tú lo sabías, al menos no te decía
que las cosas no eran como parecían.
Pero es que a la primera persona que me ayude a sentir otra vez
pienso entregarle mi vida, pienso entregarle mi fe,
aunque si no eres la persona que soñaba para qué
(¿qué voy a hacer? nada).
¿Qué voy a hacer de los sueños?
¿qué voy a hacer con aquellos besos?
¿qué puedo hacer con todo aquello que soñamos?
dime dónde lo metemos.
¿Dónde guardo la mirada que me diste alguna vez?
¿dónde guardo las promesas, dónde guardo el ayer?
¿dónde guardo, niña, tu manera de tocarme?
¿dónde guardo mi fe?
Aunque lo diga la gente yo no lo quiero escuchar,
no hay más miedo que el que se siente cuando ya no sientes nada,
niña, tú lo ves tan fácil, ¡ay amor!
pero es que cuanto más sencillo tú lo ves, más difícil se me hace.
A la primera persona que me ayude a caminar
pienso entregarle mi tiempo, pienso entregarle hasta el mar,
yo no digo que sea fácil, pero, niña,
ahora mismo ya no tengo ni siquiera dónde estar.
A la primera persona que no me quiera juzgar
pienso entregarle caricias que yo tenía guardadas,
yo no pido que las cosas me salgan siempre bien
pero es que ya estoy harto de perderte.
Y a la primera persona que me lleve a la verdad
pienso entregarle mi tiempo, no quiero esperar más,
yo no te entiendo cuando me hablas ¡qué mala suerte!
y tú dices que la vida tiene cosas así de fuertes.
Yo te puedo contar cómo es una llama por dentro,
yo puedo decirte cuánto es que pesa su fuego,
y es que amar en soledad es como un pozo sin fondo
donde no existe ni Dios, donde no existen verdades.
Es todo tan relativo, como que estamos aquí,
no sabemos, pero, amor, dame sangre pa' vivir,
al menos tú lo sabías, al menos no te decía
que las cosas no eran como parecían.
Y es que a la primera persona que no me quiera juzgar
pienso entregarle caricias que yo tenía guardadas,
niña, tú lo ves tan fácil, ¡ay amor!
pero es que cuanto más sencillo tú lo ves, más difícil se me hace.
A la primera persona que no me quiera juzgar
pienso entregarle caricias que yo tenía guardadas,
yo no digo que sea fácil, pero, niña,
ahora mismo ya no tengo ni siquiera dónde estar.
ni siquiera dónde estar.

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