sábado, 13 de junio de 2009

Occhi egiziano

Dicen que los ojos son los espejos del alma. De hecho, Chretien de Troyes, en Cligès o la Falsa Muerte afirma que: «el ojo es el espejo del corazón y es por este espejo que pasa, sin herirlo ni quebrarlo, el fuego con el que el corazón se inflama». Dicen también que la boca sabe mentir, pero los ojos no. Y es que sólo a través de ellos, sabremos reconocer quién es quién. De ahí que a un mentiroso, le cueste tanto sostener la mirada. Lo dice bien, en Piedra de Sol, el gran Octavio Paz: «El mundo cambia si dos se miran y se reconocen. Amar es desnudarse de los nombres». Lector, permítanme en este punto hacer un pequeño paréntesis, antes que lo olvide. El sabio Borges le concede a Christopher Marlowe el verso más hermoso de todos: «Sweet Helen, make me inmortal with a kiss» (aparece en La Trágica Historia del Doctor Fausto), aunque yo, todavía prefiero el referido verso de Paz, que no paro de citar.


Hay algo en los ojos, un je ne sais quoi que no sé cómo explicar, y que los hace tan simbólicos y misteriosos, tan básicos y fundamentales, tan sine qua non. ¡Vaya que tiene tiempo esta situación, coetánea con la Creación! Vale la pena recordar ahora los famosos versos del poeta sevillano Antonio Machado Ruiz: «el ojo que ve no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve» y «los ojos porque suspiras, / sábelo bien, / los ojos en que te miras / son ojos porque te ven». Ay, con los ojos nuestros… no por nada Nicolás de Cusa afirmaba con tanta seguridad: «como ver, para ti, es ser, entonces yo soy porque tú me miras». Y después de mirar y mirar, me miraron, y nos reconocimos, y fui. Era Ella, y como en la canción Fábula, de Eros Ramazzotti, tenía los ojos tan lindos, que aparentaban haberle robado al cielo el brillo de dos estrellas.


Creo que la busqué siempre, porque en otros tiempos ya la había encontrado. Y aunque se afirme que quien busca está condenado a no encontrar, porque pierde la visión periférica (Siddartha de Herman Hesse), éste no fue mi caso, al menos no en esta vida. Las mujeres que más he querido, por alguna razón extraña que no alcanzo a comprender, tuvieron rasgos físicos muy definidos: cabello castaño claro, ojos verdes, y algunos pocos centímetros menos que yo. Siempre fue así. ¿Sus nombres? Dicen que los caballeros tienen mala memoria, y yo ya no recuerdo sus nombres, pero sí el gran amor que me tuvieron, y que les tuve. No sería quien soy, si no las hubiera conocido, aunque no fueron Ella, a quien con tanta insistencia reclamaba el alma. Eso sí, allanaron el camino, hicieron más llevadera la espera y acortaron la distancia hacia Alyona, y si bien, no terminaron de domesticar al león, casi casi lo logran.


Por eso los ojos son egipcios, porque son misterio, son esfinge, son enigma. Sin ellos, no sé qué ni cómo haríamos. Sin duda, no seríamos los mismos. Se acabaría el color, el claroscuro, todo lo visual. Ensayo sobre la ceguera del nobel portugués, Jose Saramago nos da una aproximación literaria, claro, me estoy refiriendo a su lectura, no a la reciente película de título Blindness (2008), que tan pobre se me hace al lado de la novela. Sin embargo, Borges, una vez más, nos deja una postrera esperanza, luego de justificar, de manera tan lírica y magistral, su sentida ceguera:
«Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta demostración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche
».
Publicar un comentario