martes, 19 de mayo de 2009

Quemando etapas

 

SOCRAT~1 Algunos años atrás, pienso que no tantos, mi hermano Fidel y yo nos pusimos a discutir sobre la valía de determinado individuo, de cuyo nombre ahora no me quiero acordar. Para mí, no era una buena persona, y para Fidel, sí. En eso, mi padre intervino y nos preguntó por qué perdíamos tanta energía discutiendo sobre algo que no íbamos a resolver ni en mil años. A la gente -nos dijo, tomando con sus fuertes manos nuestros sendos hombros-, o se la toma o se la deja. Esa decisión es personalísima, y por tanto, no hemos de buscar un culpable ajeno cuando nos rompan el corazón; ni sacrificar en el ara de algún Dios pagano a animal alguno, agradeciendo el bien recibido. Y creo, es así como mis hermanos y yo hemos ido superando los temporales que cada tanto nos manda la vida. De hecho, luego de mudarme de casa tantas veces, no me ha quedado otra que resignarme y aceptar que a la gente que empiezas a conocer hay que quererla con reservas, porque llegará el día en que tendrás que decir adiós, y las separaciones no son gratas ni para el que se despide ni para el que se queda. Ambos extrañan, aunque uno eche de menos más que el otro.

 

DSC00001 Racionalmente está clarísimo, pero en las cosas del corazón nadie manda, y como bien dijera el sabio Blaise Pascal «Le cœur a ses raisons que la raison ne connaît pas» (el corazón tiene razones que la razón no alcanza a entender). Hoy lunes noche, por ejemplo, saliendo del trabajo, conduje apurado hacia la Escuela de Postgrado de la UPC, y cuando terminé de estacionarme en el segundo sótano, recién entendí que ya no debía estar ahí sino en casa con los míos. Que el máster ya había terminado -justo la semana pasada, con el examen de Finanzas-, y con él, las clases del lunes y miércoles de seis y media a nueve y cuarenta y cinco de la noche. Que ya no volvería a ocupar un aula donde estuvieran sentados como alumnos Uchi y Jeka, Sid y Carlo y Lucho y Jorge y Angello, con quienes desde el inicio hice grupo, y al que tan presuntuosamente llamáramos «Construyendo un Perú». Gentes que, por capricho, el alma quiere llamar familia -y está muy bien, sepa usted-. Tampoco estará más el comentario pertinente e inteligente de Carmen Heinman. Ni los precisos diagnósticos de Ana Karina Armas. Ni el discreto encanto renacentista de María Elena Del Castillo. Ni el estornudo difuminado aunque sonoro de Carmen Marina Mora. Ni el profesionalismo ganado a pulso de Christian Cigarán. Ni la sabia curiosidad aún temprana de Eilleen Meza. Ni el sarcasmo exquisito de Eleazar Aliaga. Ni la maternal dulzura de Roxana Iberico. Ni los bostezos asolapados de Milagros Goñi. Ni el bailarín aire andaluz de Peggy Eyzaguirre. Ni la dibujada sonrisa de Melissa Ramella. Ni la espontánea sensualidad mediterránea de Caterina Black. Ni la disimulada travesura criolla de María Del Pilar Carbonero. Ni la elegancia neoclásica de Cecilia Hermoza. Ni el espíritu greco-deportivo de Lisbeth Vílchez. Ni los pregones con olor a clavo y canela de Gabriela Canales. Ni la picardía curvilínea de Carolina Mejía. Ni el objetivismo ejecutivo de Diego López. Ni las fotos de diosas colochas en libidinosos calzones Leonisa de Milagritos García. Ni la limpidez espiritual cuasi beatífica de Vilma Vargas. Ni la elocuencia gesticular de Dana Chirinos. Ni las tardanzas desapercibidas de Francisco Paredes. Ni el estricto y juicioso verbo de Patricia Arias. Ni la comentada y valiente escisión de Shirley Villanueva. Ni las intimistas confesiones públicas de Ana Malásquez. Ni la fácil y contagiosa risa de Fabiola Falcón. Ni los evidenciosos rubores faciales de César Lara. Ni los aplaudidos cambios de peinado de Liliana Castillo. Ni el optimismo sistémico de Amelia Vásquez.

 

Despedida ¿Que si duele crecer? No sólo duele… jode, y mucho. Pero todo tiene un fin, aunque los finales no existan. La página debe de pasarse. Las velas han de apagarse. Y las etapas, una a una, han de quemarse. Porque si a algo estamos condenados, queridos colegas, es a crecer, pero bien. Es verdad, hubo profesores que merecieron más encargarse de entregar y recoger las evaluaciones de cada curso, que dictar el curso (un mira-poto compulsivo se me viene a la mente). Ojalá quienes dirigen la Escuela lo detecten pronto, y no sigan perjudicando a quienes como nosotros creímos en su malla curricular y la plana docente. No obstante, aquello nos mostró, también, qué no hacer para no dejar tan amargo sabor en la boca. Lo que es yo, evaluando el todo, me doy por muy bien servido. He visto cómo se dicta clase en algunas de las mejores universidades del mundo, y la verdad, no estamos tan lejos. Porque la clase lo somos todos, no quien se pone al frente y cuenta una historia. En cuanto a los alumnos, algunos dejaron escuchar su voz más alto que otros, pero todos dijeron, más de una vez, esta boca es mía. Muchas gracias integrantes de la promoción del Máster en Gestión Estratégica del Factor Humano 2008 I. Como le dijera a más de una, ha sido un privilegio compartir con todos ustedes algo más que un salón de clases, un punto de vista, un abrazo, un trago, una cesión de coaching y ahora, un hasta luego. ¡Vaya que mereció la pena! Si se mantiene el contacto o no, eso dependerá exclusivamente de nosotros. Ya están avisados.

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