sábado, 9 de mayo de 2009

Diez años después

 

571160067_fcb65124f3 Si bien el concepto de  dies natalis tiene un origen pagano, más propiamente latino, y consiste en el cumpleaños de uno, bien pronto se cargó de un significado escolástico, y pasó a ser el día de nuestra muerte, cuando a la vez, se nace a una nueva vida, de ahí que sea llamado el día del nacimiento. Fue exactamente hace diez años, un 9 de mayo como hoy, de 1999, que mi padre, don Luis Fidel Zárate Arce (RIP) se fue para no volver. Diez años que han pasado casi inadvertidos, aunque muchas sean las cicatrices que van contando del camino seguido. Quizá los diez años más importantes de mi vida, años de cambio, de crecimiento, de crisis, de soledad, de amor, de madurez. Años que habría querido compartirlos con él… pero que no pude. Y que tampoco él pudo. Quizá por eso fue perdiendo la razón, porque la razón no hallaba razones que justificaran el morir, cuando todavía quería criar a sus menores hijos, seguir su camino junto a su esposa, regar su jardín, cultivar sus tierras norteñas, releer sus libros, terminar de escribir ese libro que rehacía como el manto de Penélope, a la espera de esa musa imaginaria, más puta que cualquiera, que se iba para no volver.

 

2720585072_09bbd539f2 No obstante, respetó el ciclo natural de la vida, son los hijos los que deben enterrar a sus padres, no al revés. Y como caballero andante, hidalgo de su tiempo, murió en su propia cama de oscura caoba, en su propia alcoba, con vista al Océano Pacífico. No tenía sentido dejarlo en el frío y estéril cuarto, lleno de enfermeras y doctores extraños, lejanos, profesionales, fríos como el granito. Todos sabíamos que iba a morir en cosa de algunos días más, y que mucho sufría por no estar en su casa, con los suyos. Su imaginación ya no le pertenecía, tampoco su razón… aunque a veces volvía, y sus ojos se inundaban de lágrimas, porque no quería marcharse, no lo entendía. La vida es tan maravillosa, pero tan corta, y por ello, absolutamente reprochable. Y con él, se fue quizá el último de su raza, una estirpe de apellido Zárate terca y corajuda, orgullosa y visceral. Ninguno de nosotros seis se le parece y no creo que un día nos parezcamos a él. ¿Por qué? Nos sobreprotegió demasiado, y eso nunca es bueno. El águila necesita volar un día, o nunca más lo hará. Tuvo que llegar la muerte, y liberarnos de sus brazos protectores para que cada quien tomará su propio rumbo. Su presencia era demasiado fuerte. Su biografía fue tan distinta a la nuestra, se tuvo que inventar a sí mismo, dejó pronto el hogar paterno, y se fue forjando paso a paso. Primero se hizo técnico de salud pública, luego ingresó a Educación en la Universidad, para determinarse por la carrera de periodismo. Luego vendría el derecho y las ciencias políticas, que lo apasionarían siempre. Luego de algunos cargos públicos, se desengañó para siempre de los políticos, y prefirió quedarse en casa, con sus libros, su familia y sus otras aficiones.

 

fondos-dibujos-lobos-1024 Permítanme finalizar citándome, y pegar un fragmento de mi novela Por fuera flores, y por dentro temblores, que sin duda –ahora lo entiendo-, escribí pensando en él: «Dice bien Charlie Galibert, y otros antes que él: «cuando la casa está terminada, entra la muerte». La muerte, el fin de la vida, esa ley natural, insalvable y obligatoria, humanamente vulgar, de hecho, la más vulgar y absolutista de todas, porque nos comprende a todos, sin excepciones. Y es que, desde que nos echaron del Paraíso Terrenal, fuimos, somos y seremos, unos condenados a muerte; no hay quien se salve. En términos objetivos, el fin de la vida es un hecho infranqueable, tanto, como volver a nacer otro día, en otro cuerpo, en otro tiempo, en otro lugar. De ahí que los sabios tibetanos llamen al cuerpo «lü», algo que dejas atrás, una vez que el viaje ha terminado. ¿Adónde se va y para estar con quién? Eso dependerá de a quién le hayamos vendido el alma y por cuánto. Aunque al final, haya sido por una moneda, treinta o un millón, da lo mismo. En estos menesteres, el monto es ciertamente baladí». Sí, lo extraño, y seguramente se nota. El cariño no se puede ocultar. Tal y como el lobezno que por culpa del placer del hombre, no volverá a saber del calor de un lobo padre que no dudaría en dar la vida, una y mil veces, por él.

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