jueves, 2 de abril de 2009

Oda a la gordura

 

beto ortiz En su columna del diario nacional Perú21, el divertido Beto Ortíz escribe a modo de confesión lo siguiente: «no pienso asomar ni una pantorrilla fuera de la habitación: a estas alturas del partido, mi rubensiana anatomía carece de los mínimos requisitos indispensables para ensayar públicas desnudeces. Inviable considerar siquiera la más tímida idea de sacar a pasear todos estos blanquecinos bofes de chancho crudo por ninguna playa de este país ni de ningún otro, de tal modo que el poco o mucho sol que alcance a iluminar la soberbia terraza de mi cuarto en este wíken será todo el sol que yo tome en este dorado verano 2009». No lo culpo, Lima suele ser cruel con el generoso en carnes y pella. No es bueno comparar, lo sé, pero qué envidia siente uno en las playas de Río de Janeiro, cuando rollizas hembras cariocas, culonas hasta donde no más, exhiben ligerísimos hilos dentales,  y bambolean sus tremebundas nalgas. Qué importa que sus babilónicas tetas les cuelguen cual orangután bebé sobre el cuello de su oronda madre. Porque se sienten bellas, es más, se saben bellas. Porque grasa es sabor. Porque no hay hombre que no agradezca tener de donde agarrar cuando de amores se trata.

 

EstoyGordaYQue Precisamente, años atrás, conversando sobre el tema con mis amigos mexicanos, cuando a más de uno le traicionaba la lágrima luego de tanto chile habanero picosísimo en los tacos de carnitas, les comentaba del dulce sudor de las gorditas, cuando transpiran al hacer el amor. Es feromona pura –les decía-, y vaya que se esmeran por dar lo mejor de sí, un abrazo de ellas, es un abrazo de verdad. Tan aglutinantes y abrumadoras, tan exageradas y superlativas, tan globos como soles. Hay que admitir que en su caso, las dimensiones masculinas se acortan, pues los estrechos no precisamente se estrechan. De hecho, Guillermo, un querido amigo mío, me confesaba entre vinos y Rockefort que cuando se divertía con su secretaria, Romina, rolliza hasta el extremo, tardaba un buen rato en llegar a sus abismos más íntimos, y no es que estemos hablando del estrecho sendero de Sodoma, del que ya escribiera meses atrás. Yo sí levanto la mano, cuando se pregunta públicamente quién se dejó querer, y quiso, a una gordita. ¡Y a mucha honra, carajo! No seguimos con la relación por temas de personalidad y por un exceso de mentira. Se pueden tolerar las mentiras blancas, pero que te comparen a cada rato con un “ex” más perfecto que san puta, sólo para que creas que alguna vez fueron lo máximo, cansa, y muy pronto. De ahí me vino la idea de las mujeres con pretérito presente, en mi novela. Nada es fortuito en un aprendiz de escribidor.

 

VenusWillendorf El punto es, sencillamente, dejar a la gente ser feliz, y no joderla tanto con el tema de los kilos y demás. Ya bastante tenemos con soportar la propia vida, y la de los demás. En cuanto a mí –el burro por delante-, vivo feliz con mis 15 kilos de sobrepeso, y siempre que puedo, hago burla de mi “cuasi obesidad”, no porque me preocupe o me incomode, sino, para satirizar algo que tan poca importancia tiene, siempre y cuando, no atente con la salud física, o te obligue a comprarte nueva ropa. Manolito Vidaurre, amigo ingrato como la memoria, me decía que su tío Oscar repetía feliz a quien lo fastidiaba por su protuberante vientre: «no hago más que conservar la figura romana». Ser más flaco o más gordo no le hacen más feliz a nadie, sino, el hecho de aceptarse tal cual uno es, y para eso, hay que dar una mano, porque no todos la tienen tan clara. Asi que, señores y señoritas, la próxima vez que le vean el culo a alguien, piensen dos veces en el comentario que vayan a hacer, porque la abundancia también es belleza, sino, no sería arte.

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