sábado, 18 de abril de 2009

De abrazo en abrazo

abrazo Pareciera que los abrazos son la concesión más extrema a la que podemos llegar, cuando se trata de acercarnos más de la cuenta a un extraño. De hecho, leyendo por ahí, encontré el divertido blog de Daniel Takaezu, de la PUCP, quien confiesa, sin preocuparse mucho de ser tildado de cursilón, que: «un abrazo es un intentar unir tu alma con el alma de la persona abrazada. Porque la quieres. Porque deseas estar a su lado cuando ella lo necesita. Porque crees que un abrazo la haría sentir que la quieres. O porque simplemente, es un abrazo lo que hace que las personas se sientan mejor». Razón tiene, y vaya que sí, pero se quedó corto enumerando las veces que vale la pena abrazar. Inclusive, no faltan los médicos mediáticos –amantes de la peliculina- que afirman, apoyándose en la ciencia, que cuando una persona es abrazada, hay un aumento de hemoglobina en la sangre, facilitando el transporte de oxígeno a todo el cuerpo, de ahí que uno se sienta tan bien. No obstante, como con el tango (es bien conocida la frase que dice, «para bailar tango, se necesitan dos»), es menester que sean dos los abrazadores abrazados, no uno y su convidado de piedra.

abrazoeterno El abrazo es tan humano y universal como la vida misma, aunque empiezo a dudar si llegará a durar tanto como la vida misma. Y no lo digo de puro contreras, o lo que es lo mismo, abogado del diablo porque sí. A pesar de ese fantástico descubrimiento arqueológico realizado a las afueras de la ciudad de Mantua, en Italia, a inicios de 2007, de dos esqueletos de hace 5,000 a 6,000 años atrás (durante el Neolítico) abrazándose y mirándose a los ojos -jamás se habían encontrado dos fósiles en posición tal-, el dar abrazos es una conducta adquirida, no inmanente. Con cierta razón los alemanes señalan que «aquello que Juanito no aprendió, no lo aprenderá Juan nunca más». Desconfiados hasta de nuestras sombras, es mejor mantener la distancia, mostrar cierta frialdad, evitar el acercamiento. Pues sí, ya no es tan usual, salvo que de un velorio se trate. Ahí, todavía la costumbre es abrazarte y darte el pésame –hipócrita o no, ese es otro tema-. Y es así como vamos criando a nuestros críos, lejanos, extremadamente cuidadosos de su integridad e intimidad, fríos como los vientos del Himalaya. No por nada, el genio de España, Pedro Almodóvar, ha titulado a su última película como Los Abrazos Rotos, toda una historia de amour fou, protagonizada por Penélope Cruz, Lluís Homar, Blanca Portillo y José Luis Gómez (vayan a verla, es altamente recomendable).

9789688607596 Cae como anillo al dedo, en este punto, citar a la checa Jirina Prekop (autora de los aclamados libros El pequeño tirano y Si me hubieras sujetado), quien en el prólogo del interesante libro El abrazo que lleva amor (Edit. Pax México, 2da. Edición, 2003) de la mexicana Laura Rincón Gallardo confiesa del alma para el alma: «en una ocasión me enfurecí con mi esposo y quise echarlo de la cocina, pero él no permitió que lo ahuyentara, sino que me giró hacia él y me abrazó, así, cara a cara, corazón con corazón, únicamente manifestó que no me soltaría hasta que la rabia entre nosotros hubiera pasado y que nuestro amor fluyera nuevamente. Actuó contra mi deseo y a pesar de mi resistencia. Sin embargo, sentí que me amaba y que no renunciaría a mí, ni siquiera estando enojada». No sé si solo abrazando lleguemos a curar a alguien, pero intentarlo no cuesta mucho. Léanlo, les van a quedar algunas cosillas.     

ca Todas estas reflexiones y recomendaciones tienen una razón de ser ciertamente especial. Retribuir con algo mínimamente bello la mágica experiencia que nos dejó el profesor Carlos Alberto Rivera Diez, con quien llevara un Taller de Coaching en la Escuela de Posgrado de la UPC. Luego de varias horas de teoría y práctica, en varias dinámicas, logró que me diera tantos abrazos con tantas distintas personas, como no había hecho nunca en mi vida, y vaya que la experiencia fue gratificante. No recuerdo cuando se me fue cayendo la armadura… tampoco recuerdo donde la dejé tirada... ya no importa. Y aunque éste ha venido siendo un proceso, su regalo ayudó. Por suerte, no nos enseñante qué es el coaching, sino, que nos gustara hacer coaching… enhorabuena. 

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