sábado, 25 de abril de 2009

Besos que adormecen… y más

 

20061009004411-besos1-1 El hijo dilecto de Úbeda, Joaquín Sabina, en su canción Siete Crisantemos afirma en su singular estilo que «lo malo de los besos es que crean adicción». Quien los haya probado, lo sabe. Una vez que uno empieza, aún amargos como la vejez, los quiere siempre en su vida. No obstante ello, la viva experiencia no es conditio sine qua non para tener una idea de cómo se siente dar o recibir lo que los italianos llaman tan musicalmente un «bacio». Por citar un ejemplo, no creo que haya alguien, mayor de 20, que no haya oído alguna vez en su vida el famoso bolero Bésame mucho , compuesto en 1940 por la mexicana Consuelo Velázquez y popularizado por el cantante chileno Lucho Gatica. Pues les contaré que para cuando la compuso, no había besado jamás a pareja alguna. Su inspiración era imaginaria, no vívida, como lo confesara la buena de Consuelo, que en paz descanse. Si bien la letra no es muy rica ni variada, el bolero rápidamente adquirió el raro barniz de la universalidad.  No sé por qué la relacionó con la ausencia, quizá porque es ahí cuando más se estrechan los cuerpos, cuando pende la amenaza de la separación sin fecha: «Quiero tenerte muy cerca / mirarme en tus ojos / verte junto a mí / piensa que tal vez mañana / yo ya estaré lejos, / muy lejos de aquí».

 

la%20discoteca No es que quiera completar el post anterior, sobre los abrazos, con uno de besos. No. Es porque hoy me enteré de una historia francamente inaudita. Un conocido mío, al que llamaremos NN, amante de las discotecas, vino bares,  y de las mujeres maduritas de clase media para arriba con ganas de resucitar su libido –los maridos están muy ocupados comprando acciones en Bolsa, creando valor en sus empresas o dictando cursos de liderazgo empresarial-, quiso explorar la vida nocturna de los distritos limeños no tradicionales, llámense Los Olivos, San Juan de Miraflores, San Juan del Lurigancho, etc. Ya le habían advertido que era peligroso, pero como todo Cool Mc Cool moderno, respondía sin hacerse aprietos: «Yo amo el peligro». Y fue el fin de semana pasado, a bordo de su imponente BMW Z4 M Coupe negro, que se aventuró a una de las tantas discotecas de Los Olivos, en Lima Norte. Ni bien se bajó del auto, el zambito que cuidaba todos los coches de la cuadra, le preguntó si era El Zorro, personaje por el que es conocido Cristian Meier. Sonriente, le dio 10 soles para que le cuidara su «bebé» y entró a la disco más cercana. La entrada estaba en 15 soles, pero como le creyeron turista, lo dejaron pasar sin el mayor comentario. Una vez adentro, pidió un black label en las rocas, se sentó en la barra, y mientras le servían el trago, miró cual gavilán pollero las jóvenes presas que bailaban sin parar. Para sus adentro, se dijo que de todas maneras, más de un culito se comía esa noche.

 

186960_244 -Are you speak english? – le preguntó en un tono metálico,  una voluminosa hembra. Cuando volteó a verla, quedó impactado por su escultural belleza. Era perfecta. Cholita, sí, pero riquísima, me advirtió un par de veces, NN.

-Tendrías que haberla visto, Vlad. Un hembrón.

-Ya compare, le dije, como tú digas… ¿pero para contarme esa vaina me has hecho venir hasta tu jato? No jodas, pues, NN.

-Espera, pues, carajo. Déjame que me tranquilice un toque. Me termino mi pucho, y te sigo contando. ¿Fumas?

-No, gracias. Pero al toque nomás, que tengo que ver a mi enano.

-Bueno, me hice el pendejo –prosiguió NN con su historia- y le contesté en inglés que sí, que era extranjero, de Boston, y que estaba conociendo la ciudad. La muy crédula cayó enterita y a duras penas, me empezó a hacer la conversación en un inglés de instituto de la calle Wilson. Aunque tenía un rostro muy dulce, una piel canela limpísima, unos ojos caramelo y unos labios carnosos tremendamente eróticos, no podía dejar de mirar sus redondos pechos. Hermosos, como dos cúpulas romanas. Tras su vestido negro, se notaba su cóncavo brasier rojo. La erección fue instantánea, pero me contuve cuanto pude. Y así, empezamos a hablar de todo, hasta que le comenté que había estudiado español en México, y que si quería, podíamos hablar también en español, pero eso sí, le advertí que no me hablara muy rápido, porque de lo contrario, no le entendería ni jota. Estaba feliz, mi primera noche fuera de mi zona, y tamaña suerte. Empecé a seducirla, a jugar con los nudillos de su mano derecha, mientras tenía la mano cerrada sobre la mesa, luego, poco a poco, logré abrirla y unir nuestras manos. El rubor de su rostro me confirmó la victoria. Luego vendría el juego con su cabello, sus orejas… sus labios. Todo con los dedos. Y en un acto descontrol, se acercó a mi oído y me pidió que la llevara a un hotel.

 

gato asaltado Llamé al mesero, pagué la cuenta con un billete de 50 dólares y fuimos hacia el auto. Una vez dentro, prendí el motor en nanosegundos y me enrumbe hacia Miraflores, al hotel 3 estrellas de mi primo el Chema. Pero cuando pasamos por el primer parque, me pidió que me estacionara un ratito, porque me quería dar un beso en la boca. Ni tonto ni perezoso, seguí a pie juntillas sus indicaciones y me detuve frente al bendito parque. Tomé su rostro entre mis manos y la acerqué a mi boca, para darle el beso más francés de mi historia, con lo excitado que estaba. Lo que pasó después, no lo recuerdo. El policía que me encontró semi inconsciente, semi perdido, semi desnudo, semi limpio y semi avergonzado, me dijo que me habían sedado. Que en Lima ya habían tenido un par de casos similares, de empresarios que habían sido seducidos en una discoteca y luego de besar en los labios a las muy hijas de sus mil putas, perdieron el conocimiento, para luego sustraerles todas sus pertenencias. Por fortuna, me dijeron, sólo me habían robado todo lo que llevaba encima, el autorradio estéreo y el sistema de navegación. Pude tener peor suerte, concluyeron. Mucho cuidado, pues, amigos lectores. No hay que tenerle miedo solamente a las «pepas», sino también a los besos que no necesariamente, crean adicción.         

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