martes, 4 de noviembre de 2008

Ganará... sí, pero no gobernará

2978600 Así de categórico, el fin de semana, fue uno de mis mejores amigos, diplomático de profesión, epicúreo consumado y gran conocedor de la política internacional, el realismo político a lo Hans Morgenthau y el neorrealismo estructural a lo Robert Keohane. Afirmaba también, que eran unos ingenuos los que todavía pensaban que el color de piel iba a ser un factor determinante para los obesos norteamericanos, al momento de elegir un nuevo presidente. Casi seis años, a cargo de un consulado en el Estado de New York le otorgaban cierta autoridad para opinar sobre lo que hoy, martes 4 de noviembre, ocupa la atención de los yanquis. Con manifiesta sorna, repetía aquello que los analistas políticos más impopulares e incluso algunos consagrados historiadores contemporáneos han dicho hasta la saciedad: el pueblo nunca elige a sus mandatarios, porque éstos, previamente, ya fueron escogidos y ungidos por las minorías creadoras (así llamadas por Arnold Joseph Toynbee),  es decir, los grupos de poder. El pueblo, simplemente, repite un rito consuetudinario (costumbre), una y otra vez, concurriendo un buen día, a las urnas. ¿Qué es su voto en realidad? Una extraviada cifra, un solitario elemento de un frío cálculo aritmético. El ejercicio del poder, mis amigos, es otra cosa.

-¡Pero estamos en democracia!, reclamará más de uno.

-Sí, huevón... -comentará, burlón, el del costado-.

-¿Entonces, he vivido engañado? -reflexionará-.

-Para qué te digo que no, si es sí -le responderán, imitando al chapulín-. Fíjate-fíjate-fíjate -concluirá, esta vez, imitando a la Chilindrina-.

photo_16 Y es que la democracia, vieja creación griega, es también un organismo terco que se reinventa, se destruye, y se vuelve a levantar de sus cimientos, una y otra vez. Lamentablemente, es también la golfa favorita de los poderosos, de los gerontócratas. Es indicativo, que un viejo poderoso denuncie a los de su arrugada estirpe. Don Luis Alberto Sánchez, en su Cuaderno de Bitácora escribiría: «Los pueblos necesitan regirse por lo que disponen sus mayorías y quienes las representan, pero no por el capricho de los minoritarios cuya falta de calidad se prueba por su ausencia de permeabilidad. Por lo general, comulgan con éstos los hombres otoñales, los más peligrosos en política porque, no teniendo ya vida por delante, son capaces de jugarse a una carta, confundiendo su desesperación biológica con los intereses de largo alcance de sus pueblos».

Montesquieu2 Otro viejo memorable, Charles-Louis de Secondat, más conocido como el Señor de la Brède y Barón de Montesquieu, en su universal obra El espíritu de las leyes (De L’Esprit des loix) nos advierte: «todo estará perdido si el mismo hombre o el mismo cuerpo de príncipes o pueblo, ejercen los tres poderes: hacer las leyes, ejecutar las resoluciones públicas y juzgar los crímenes o las diferencias personales». Pues eso mismo tenemos hasta ahora, con el debido perdón por la brusca franqueza. Puede que mañana, tomando el café y masticando el croissant, antes de apagar el televisor para salir volando al trabajo, nos enteremos de quien ganó las elecciones, e ilusos y jubilosos, exclamemos:

-¡Lo sabía. Sabía que ganaría Obama.

Puede que sí, pero ¿quién finalmente gobernará?, ése es otro cantar... no precisamente de gesta, al estilo del juglar.

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