martes, 7 de octubre de 2008

El acierto de Edipo

goya-saturno Tanto la realidad como la literatura nos abruman con incontables ejemplos de terribles relaciones paterno-filiales. De ahí, que más de uno no le perdone aún, a sus padres, el injustificable maltrato que recibió cuando chico. No me lo tienen que decir, a veces se exagera, y se les culpa de aquello que es nuestra responsabilidad... suele pasar. Tanto, que hasta el irónico escritor Enrique Jardiel Porcela afirmara que «por severo que parezca un padre juzgando a su hijo, nunca es tan severo como un hijo juzgando a su padre». Por su lado, José Medina Rothmund, en el aclamado y agotado El color verde de las tiernas hojas de la copa de los árboles, va más allá, y como ser humano, como tú o como yo, se pregunta: «¿Es acaso culpa mía, que en este mundo la paz sea una utopía y que el hombre sea tal como es? No. No creo que sea mi culpa, ni culpo a los demás. Es nuestra condición, condición de seres con uñas, con dientes. ¿Es acaso culpa mía, que el hombre no confíe en el hombre? ¿Que el hermano odie al hermano? ¿Que el padre recele del hijo? ¿Que el hijo tema del padre? No. No es mi culpa, por lo menos en su totalidad y digo totalidad pues algo debe tocarme en esta absurda y macabra mascarada, con la que hemos engendrado esta incongruente sinrazón. Y a todos nos toca algo en este reparto de heces. En este reparto de traiciones, desconfianza, abusos y todas esas formas de subsistir con que llenamos nuestros días».

52pic ¿Pero qué pasa cuando se tiene todo el derecho del mundo para despreciar a nuestro progenitor? Entonces, como Zeus con Crono, o Edipo con Layo, hasta la sangre llega a correr, y el parricidio se consuma. Sigmund Freud estudió bien la figura en su obra de culto Dostoyevski y el parricidio del padre. Es así, que comentara que «no cabe atribuir al azar que tres obras maestras de la literatura universal traten el mismo tema: el parricidio. Tal es, en efecto, el tema del Edipo de Sófocles, del Hamlet shakesperiano y de Los hermanos Karamazof. Y en los tres aparece también a plena luz el motivo del hecho: la rivalidad sexual por una mujer».

1329844813_b6805af8e4 Hoy la política peruana se ve en ese difícil trance. Luciana Milagros León Romero es la más linda y más joven congresista peruana. Hace pocos meses cumplió 30 años, y a su corta edad, no son pocos sus logros. Como es lo propio en toda «chica bien», estudió en el colegio de mujeres Villa Maria La Planicie, luego cursó Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Lima, y finalmente, siguió un Master en Gobernabilidad y Políticas Públicas en la USMP, donde el actual presidente, Alan García Pérez, fue su profesor. Desde pequeña se supo engreída y diferente (lo de rubilinda y ojiclara son todavía grandes ventajas comparativas aquí). A su padre nunca le faltó dinero, el censurado ex ministro de pesquería aprista Rómulo León Alegría, para muchos, uno de los hombres más sórdidos, execrables y corruptos del país. No para ella... con ella siempre fue dulce, comprensivo, celoso. Tanto, que hasta comparten el mismo departamento en Miraflores, como buenos room mates, inseparables ellos. ¡Tan lindos!

PORE06100801A Pero todo se paga en esta vida. Alguien con quien no se quiso compartir la torta, envió a otro ex ministro del Interior, con fama de incorruptible, Fernando Rospigliosi, algunas cintas de audio incriminando a Romulito y otros funcionarios (aparecen marcados en la foto, Alberto Químper y Romulito, más atrás) en un millonario caso de corrupción.  No hay medio periodístico que no haya cubierto en primeras planas el caso. Prófugo de la justicia (tiene orden de captura), hoy nadie quiere saber de él. Un leproso inmoral, con letra escarlata en la frente. Ojalá se haga justicia, y a la cárcel vayas a dar, miserable ladronzuelo.

untitled Y ahora, ¿quién podrá defenderme? Nos parecen preguntar, sus asustados ojos claros. Nadie duda que la pobre mujer nada tiene que ver con la corruptela putrefacta de su padre, pero aún así, es su padre, y vivían bajo el mismo techo. El rostro ya no es bello, tampoco la expresión. Vergüenza, sin duda. Desprecio, quizá... Condena, sin duda. ¿Romulito pensó en sus hijos cuando robó y robó y robó? No, seguro que no. Un rabo verde como él, cuasi-pederasta, sólo tiene ojos para las bombachas de las mozuelas, para el caviar negro, para el jet set. Y que pague el ciudadano de a pie con sus impuestos, el imbécil funcionario con su puesto, el miope gobernante con su popularidad, la cabizbaja familia con su dignidad.  No tienes culpa alguna, yo lo sé, pero ya nadie confiará en tu estirpe.       

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