jueves, 8 de mayo de 2008

La Carito del "paisa" Bartolomé

3 Por cuestiones propias del ejercicio de la profesión, el derecho, terminé el martes en un restaurante miraflorino, administrado por una familia colombiana, naturales de la ciudad de Medellín, la llamada «Capital de la Montaña», y capital paisa también. Estaban a punto de firmar un préstamo bancario con un banco local, y querían saber más sobre la conveniencia de hipotecar su propiedad, del interés activo bancario que había que pagar por el préstamo dinerario y si había otra manera de financiarse el dinero para ampliar su negocio. No le dije nada nuevo, le previne de cuidar como si fuera oro en polvo, su capital de trabajo, y que un buen financista es aquél que puede trabajar con dinero ajeno, y así ganar. En otras palabras, como dicen los economistas, apalancarse, que no es otra cosa más que generar más deuda para llevar a cabo determinada actividad económica, y con la rentabilidad lograda, pagar la deuda, y quedarse con ese excedente.

1 Terminada la reunión, empezamos por darle curso al sancocho y luego a las ricas arepas, al son brindis de vasos llenos de cerveza Aguila. El final no pudo ser mejor, ron colombiano, Caldas. A eso de las 7 de la noche, llegaron sus hijos. Una lindísima colombiana, de unos 23 años llamada Cecilia. Inolvidable, risueña, encantadora y embriagadora como el ron que había empezado a tomar. La química fue inmediata, y la atracción también. Antes que pudiera reaccionar, se había fijado en mi alianza matrimonial. Bastó eso para que se abriera una brecha insuperable entre los dos. Apartó unos centímetros su silla, y ya no sonreía de la misma manera. Ay, Dios, ¿por qué a los musulmanes si les dejaste desposar a más de una mujer? ¿Por qué, mi Señor? En nuestra próxima vida, Cecilia, verás que sí. Me dijo que tenía que terminar un trabajo universitario, y no la volví a ver. No era correcto pedirle su número celular, aunque ganas no me faltaron.

2 Al ver que me quedé sentado solo en la mesa -mi buen amigo colocho, Federico, está atendiendo su negocio detrás de la caja registradora-, me hizo compañía su hijo mayor, Bartolomé, de unos 26 años. Me contó que también estaba casado, precisamente con su ex profesora de inglés, una gringa californiana. Se conocieron mientras estuvo trabajando de cocinero en Los Angeles, y en las noches iba a estudiar inglés. La gringa, Caroline Smith, su "Carito". A partir de ahí, la conversación fue en inglés, porque me dijo, quería seguir practicando. No tuvo que pasar mucho tiempo para que llegará Caroline de dictar clases en el ICPNA de Miraflores. Vaya y una sorpresa. La gringa estaba guapísima. Con apenas maquillaje, es de esas bellezas naturales que con casi nada, brillan. Animadísimos los tres, me sacaron un CD de Carlos Vives, y como podrán suponer, su canción era Carito, que en cierta forma cuenta su historia de amor. ¡Qué maravillosa es la música! Por encima de las lenguas, las historias pueden ser tan nuestras. Ella, con su español masticado, cantaba de lo más feliz. Él, embrujado por su belleza, la contemplaba sin terminar de creerse que fuera su mujer. Y yo, al medio, aplaudiendo la suerte del paisa Bartolomé, también cantado al ritmo de vallenato: «Carito me habla en inglés, que bonito se le ve. Carito me habla en inglés, qué me dice, yo no sé...». 

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