lunes, 18 de febrero de 2008

Mujeres al borde de un ataque de sexo

ninfas Que me perdone don Pedro Almodóvar Caballero, por jugar con el título de una de sus más celebradas películas, divertidísima, dicho sea de paso. Pero no he encontrado otra manera de titular este blog. El fin de semana recientemente pasado, me llamó una vieja amiga, Graciela, con quien, el año de 1992, empezara mis estudios universitarios. Me avisó que habían llegado a Lima un par de compañeras de graduación, y que juntas, con otras dos abogadas más, se iban a reunir en el local de Starbucks del Óvalo Gutiérrez, en el distrito de Miraflores. Dios sabe que dudé una fracción de segundo, porque iban a ser cinco solteronas, de entre 33 y 35 años, contra mí; pero bueno, lo peor que me podía pasar, es terminar violado. Y ante una violación inminente, lo más inteligente es aflojar el cuerpo. Pero tampoco hay que moverse mucho, a fin de que no celebre el enemigo.

Tengo que confesar también, que me dio cierto prurito cojudón al revisar las fotos de la graduación, todavía en el pequeño estudio de mi departamento. Éramos hermosos entonces, con sólo 22 años encima, jóvenes, esbeltos, creídos todos que en menos de cinco años, íbamos a conquistar el mundo. Todos nos equivocamos, independientemente de los esfuerzos de más de uno. La conquista mayor no estaba esperándonos afuera, sino, dentro de nosotros mismos. Con pena, puedo afirmar que muchos no lo han notado aún, y siguen tratando de derribar gigantes, donde hay molinos de viento.

Vanidoso, como cualquiera que se estime mínimamente algo -sin llegar a lo metrosexual-, me puse mis mejores ropas, claro, sport elegante, para no desentonar con las demás, y como bien mandan la etiqueta y los manuales de buenos modales. Una camisa de algodón manga corta, color azul marino, marca Polo; un pantalón de drill, color caqui, de marca Banana Republic; un reloj de pulsera con correa de cuero marca Cartier; una sobria correa de cuero chocolate, marca Prada; unos zapatos color chocolate, ingleses, de marca Church. A nosotros, los limeños, nos encanta presumir, asi no tengamos un duro en el bolsillo. Bien dicen de nosotros, «que comemos pescado, y eructamos caviar». Incluso, hay una parte de nuestro clóset, que es exclusiva para la ropa que usamos únicamente para impresionar. En ninguno otra ocasión del año se utiliza, porque corremos el riesgo de gastarla, y quizá, más adelante, ya no seamos capaces de adquirir otras de igual calidad. Aunque para eso, quedan las etiquetas originales, las versiones clonadas del barrio de Gamarra, y nuestros buenos sastres del vecindario. En Lima, para todo hay solución, menos para la muerte.

Voy a parecer presumido, pero tengo que ser fiel con la verdad. Las impresioné. Bueno, ésa y no otra, era la idea. Aprovecharon, de paso, en tocarme las nalgas, y aunque no muy voluminosas, sí muy firmes. Como dice mi amigo Carlitos: ¡Cómo has cambiado, pelona! Doce años atrás, ni tocabas, ni te dejabas tocar. Y ahora, ni pides permiso. Poco faltó para que me cogieran, ante la vista y paciencia de los demás comensales, el pinochito, ya a media erección. Pero, algo inesperado pasó. Como cuerpos posesos ante la cruz cristina, igual reacción tuvieron al notar mi aro de casado, en mi mano izquierda, siguiendo la costumbre anglicana y no la católica. Hasta en eso me ha gustado dar la contra, en ésta, mi muy querida sociedad pacata. -¿Te casaste?, preguntaron, al unísono, como en coro benedictino. Pude notar su envidia, los ojos no saben mentir. -Sí, fue mi monosilábica respuesta. Recién me fijé, entonces, en sus bien cuidadas manos, y ninguna llevaba puesta una alianza matrimonial. Todos eran decorativos anillos y sortijas de oro y platino, pero ninguno que hablara de una unión matrimonial. Es que, en efecto, ninguna se había casado. Todas, seguramente, podían presumir de grandes pasiones, múltiples orgasmos, sexo salvaje, y hasta de encuentros con enormes falos de ébano. Pero ninguna, se acercó siquiera a una pedida de mano. Ello no impidió que fuera una tarde encantadora, entrañable, inolvidable. Casi todo fue recuerdo, y bromas en doble sentido. Qué no habría dado, una docena de años atrás, por prometerles una vida juntos por siempre, un matrimonio del que hablaran todos todo el año, un tórrido amor de novela, a cambio de una sola noche de pasión. Pero ni un beso sin lengua. Ni eso me quisieron regalar, otrora. Y ahora, a nuestros treinta y pocos, que dispuestas estaban todas en pasar la noche acompañadas. Con una sonrisa digna de Dorian Gray, confirmo qué acertado estuvo don Garcilaso de la Vega, en su Soneto XXIII:       

Coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre;

Marchitará la rosa el viento helado.
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.

Pero el tiempo no perdona, como dicen los muchachos de ahora, «una tía es una tía», por más que «gallina vieja haga buen caldo». No estoy propugnando por una libertad sexual desenfrenada, no. Simplemente, hay que vivir cada etapa de la vida, a su debido tiempo. No se puede pretender actuar como un veintiañero, cuando se está en los cuarenta. Es ridículo, condenable y risible. Yo estoy en mis treinta, como saben, y quizá habría podido pasar una noche inolvidable con cualquiera de ellas, Graciela, Veronika, Flavia, Camila o Sophia. O con una más de ellas, pero cuando uno ha asumido un compromiso, y tiene quien lo juzgue -aparte de su consciencia- ni debe faltar el respeto, ni faltárselo.

Guapérrimas, gracias por esa tarde maravillosa, me transportaron en el tiempo. Gracias, sobretodo, porque, aunque con algunos kilitos de más, sé que todavía puedo calentar a alguien, que no es precisamente mi esposa. Quizá en la próxima vida, como les dije a todas, mientras me iba despidiendo, en el oído izquierdo.

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