viernes, 8 de febrero de 2008

La gente decente se queda en su casa

politica

Ayer, jueves por la noche, fui invitado a cenar al departamento de un viejo amigo, Federico Guillermo Ferro Ramírez, hijo de uno de los más grandes filósofos latinoamericanos, don Juan Baustista Ferro Porcile (RIP), a quien tuve la suerte de admirar como alumno universitario. Tengo que agregar, a su vez, que el spaghetti al pesto estuvo como para chuparse los dedos, al igual que la chuleta de cerdo. Brindamos a la mejor manera peruana, con cerveza helada, de marca Franca, sin dudarlo, la mejor cerveza peruana en cuanto a calidad y sabor, además de precio. Ya en la sobremesa, con el corazón contento, la barriga llena y los pies calientes, empezamos a discutir acerca de la política en el Perú. De las muchas anécdotas e ideas que surgieron, Guillermo me comentó que su madre, como veinte años atrás, luego que le preguntara de por qué ciertos ciudadanos notables nunca intervenían en la política del país, le respondió que la gente decente se quedaba en su casa. Así de sucia es la política por estos y aquellos lares. La gente que tiene un mínimo de decencia, ni loca se anima a participar en la vida política de su sociedad. Para esos menesteres -afirman- están los corruptos, los inmorales, los desalmados, los asquerosos, los comemierda, los delincuentes de cuello y corbata. Inclusive, pareciera que siempre ha sido así, desde que el hombres es hombre, y vive en sociedad.

Respecto de la participación en política en los inicios de la historia, Simon Goldhill, en su libro Love, Sex & Tragedy: How the Ancient World Shapes Our Lives, nos comenta: "Participation" was the wachword in the government of classical Greece. The Athenian citizen was expected to attend the Assembly, to serve on the Council, to act as a juror, to vote, to take part in festivals, and to fight in the military. Where modern democracies talk obsessively about rights, ancient democracy considered citizenship more an issue of duties. As Pericles declared: "We do not say that a man who takes no interest in politics minds his own business; we say he has no business here at all". In democracy, to be unengaged is to be useless. Indeed, the standard Greek word for a private citizen is idiotes, from wich we get the English "idiot" -a fool who lives in his own world. No podía ser más pertinente la cita de Mr. Goldhill, que contradice nuestras creencias actuales. Para los antiguos griegos, era un idiota aquel que vivía en su propio mundo, ajeno a los intereses de su sociedad. La etimología es evidente, idiota viene del latín idiōta, y este del griego ἰδιώτης (idiotes). Entonces, en un estricto sentido de la palabra, todos aquellos que nos mantenemos al margen de la política, somos unos perfectos idiotas, egoístas, inservibles, y no necesariamente, gentes decentes incapaces de tocar la mierda. ¿Es así? Mi vanidad me exige evaluar otras interpretaciones.

Don Maximilian Weber, en uno de sus más conocidos trabajos, Politik als Beruf señala que: también los cristianos primitivos sabían muy exactamente que el mundo está regido por los demonios y que quien se mete en política, es decir, quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo, de tal modo que ya no es cierto que en su actividad lo bueno sólo produzca el bien y lo malo el mal, sino que frecuentemente sucede lo contrario. Quien no ve esto es un niño, políticamente hablando. El Diabolo, quien tiene a la vanidad por su pecado favorito, no podía despreciar este caldo de cultivo tan maravilloso que es la política, donde se han cometido las mayores atrocidades, donde el fin justifica los medios, en términos de Niccolò di Bernardo dei Machiavelli, y no al revés, como exige Albert Camus (en política, son los medios los que deben justificar el fin).

La gente en política sólo sabe robar, dice el pueblo. El brillante Amabrose Gwinett Bierce los secunda al afirmar que: la política es la conducción de los asuntos públicos para el provecho de los particulares, y es que, meterse en política casi siempre es llenar las arcas personales, o la de los compadres. El fenecido escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, en Mea Cuba, piensa lo mismo: la política suele ser el último refugio del pícaro y la primera vocación del vivo. También es refugio de los poderosos, de donde no quieren salir nunca. O de los que sabiendo un poco, pretenden gobernar en tierra de ciegos. Las sátiras como Ensayo sobre la ceguera de Jose Saramago, Animal Farm de George Orwell y Los Viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, son imperdibles. Con pena, he visto como ex amigos, inteligentísimos en un tiempo no tan lejano, hoy son políticos y prostitutas de la gloria y el dinero fácil. Qué pena.

Pero las cosas sí que pueden cambiar. Estoy convencido que a través de una buena educación, de un trabajo consciente en nuestros hogares, a nuestros hijos, podremos finalmente ver un cambio generacional donde predomine el principio de la fidelidad de los hombres, del que nos hablaba Confucio. Guillermo, que en un par de meses será padre, y yo, que tengo un hijo de cuatro años, hemos prometido, desde anoche, releer concienzudamente Política para Amador, y Ética para Amador, del filósofo español Fernando Fernández-Savater Martín. Ambos tenemos formación académica en filosofía, aparte de afición por ella, pero no sabemos el «cómo», que a veces, es más importante que el «que». Y un niño necesita que se le explique con ejemplos, con atajos, con juegos, con magia, es decir, lúdicamente. Vosotros, que son padres, o que piensan serlo un día, les conmino a que hagan lo mismo. Al menos, si aspiran con un mejor mundo para sus enanos. Además, es una excelente excusa para acercarnos a ellos, y vivir el tiempo junto con ellos.

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