sábado, 26 de enero de 2008

El vano oficio de escribir



El adjetivo vano -del latín vanus- tiene hasta ocho acepciones. Para el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española), en su cuarta acepción, significa inútil, infructuoso o sin sentido. Entonces, fluye la pregunta: ¿escribir, es un vano oficio? Es decir, ¿es un acto inútil, infructuoso y sin sentido? La respuesta va cambiando con los tiempos. Albert Einstein ya nos había prevenido que todo es relativo. Recién en el siglo pasado, se creía con absoluta firmeza que la literatura podía, siempre que se lo propusiera, revolucionar su tiempo, remecer el status quo, poner de cabeza, lo que antes estaba de pies. Por ejemplo, uno de los mayores exponentes del Existencialismo, Jean-Paul Sartre, afirmaba que las palabras son actos, las palabras dejan secuelas, el escritor tiene una responsabilidad moral. Así mismo, hacía el siguiente cuestionamiento: "¿por qué se lee novelas? Hay algo que falta en la vida de la persona que lee, y esto es lo que busca en el libro. El sentido es evidentemente el sentido de su vida, esa vida que para todo el mundo está mal hecha, mal vivida, explotada, alienada, engañada, mistificada pero de la cual, al mismo tiempo, quienes la viven saben bien que podrá ser otra cosa". Vemos pues, que el acto de escribir, era cosa seria. Podemos citar también al premio nobel indio Vidiadhar Surajprasad Naipaul, que confesaba, de su propia experiencia, que "para que un escritor escriba bien, tiene que vivir, y nadie que viva en una oficina y tenga aseguradas tres comidas diarias puede escribir nada bueno". Para escribir sobre los hombres, había que sufrir, padecer, caer al abismo, y regresar para contarlo. No era un oficio inclusivo, sino todo lo contrario, muy exclusivo, sólo para un pequeño grupo de elegidos. Así, Henry de Montherlant nos precisa que“es preciso escribir como si uno fuera amado, como si uno fuera comprendido, y como si uno estuviera muerto”. Había que conocer el alma humana. En tal virtud, Tomás Eloy Martínez, en Santa Evita, escribe: "escribir tiene que ver con la salud, con el azar, con la felicidad y el sufrimiento, pero sobre todo tiene que ver con el deseo".
Claro, también es un acto que proporciona sumo placer a quien escribe; difícil, pero placentero. Lo confirma Hanif Kureishi: "si escribir no fuera difícil, no se disfrutaría escribiendo".
Es de esta forma, que surge de un tiempo aquí, la literatura light, de la que tanto se habla hoy en día, y a la que tanto se critica. Light viene de ligero, magro, libre de grasa, de sustancia. Yo no sería tan crítico con ella. El solo hecho de leer, ya es encomiable, en una época donde lo audiovisual no deja de sorprendernos con sus avances tecnológicos. Bien lo explica mi escritor favorito: “la literatura light, emblemática de nuestra época. Una literatura liviana, ligera, risueña, que renuncia a todo otro propósito que el de divertir. Que desdeña, como jactanciosa y estúpida, la pretensión de aquellos polígrafos que creían que escribiendo se podía cambiar el mundo, revolucionar la vida, trastrocar los valores, enseñar a sentir o vivir. No, no, nada de eso. La literatura debe aceptar lo poco que cuentan los libros ahora en las vidas de las gentes, y no fijarse designios imposibles. Aceptar que entretener, hacer pasar un rato amable, distraído, embelesado, a un bípedo mortal –como hacen las películas y los programas de televisión más populares- es una respetable y decente función, la que compete a la literatura de una época veloz y ocupadísima como la nuestra, en la que con tanto trabajo, preocupaciones serias y placeres y diversiones, apenas queda tiempo a los ciudadanos para ponerse graves y reflexionar o para leer novelas que den dolores de cabeza” (Mario Vargas Llosa, Diccionario del amante de América Latina).
Yo he disfrutado mucho -sobretodo subido en un bus, o una combi- con alguna que otra de las novelas de Jaime Bayly, Isabel Allende, Dan Brown, Paulo Coelho, Carlos Cuactémoc Sánchez, Stephen King, Anne Rice, Elizabeth Kostova, Pérez-Reverte, entre otros. Y no creo que haya sido inútil el intento de los escritores, vivos y muertos, por dejarme algo luego de leerlos. Porque el mensaje llegó.
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