lunes, 28 de enero de 2008

¡Yo no subo a micros, cholo!

imagel

Era de mañana, y estaba en la estación del bus, conversando con un gran amigo mío, Kenneth, de notoria ascendencia austriaca. Hablábamos, muy entretenidamente, de la superioridad del grano de café arábica sobre el robusta y el liberiano, cuando un joven cobrador de micro, nos interrumpió varias veces, recordándonos porque sí, que iba por toda la avenida Javier Prado. Cansado de su falta de tino, mi amigo lo miró con desprecio, y le gritó: ¡Yo no subo a micros, cholo! Turulato, y avergonzado, el muchacho calló, y se metió dentro del autobús, indicando al conductor que avanzara.

Recuerdo este muy particular pasaje, a raíz de la reciente publicación del libro, Nos habíamos choleado tanto, del reconocido psicoanalista peruano Jorge Bruce, publicado por el Fondo Editorial de la Universidad de San Martín de Porres, mi alma mater. Un libro bastante interesante, que pone el dedo en la llaga todavía sangrante. El tema del racismo en el Perú viene desde la época de la conquista, y no se ha ido aún, ni siquiera disimulado. Nuestra pequeña sociedad gobernante, acriollada, blanca, siempre fue pródiga en ello. Basta recordar como llamaban a algunos de sus gobernantes: el cholo Castilla (por el mariscal Ramón Castilla), el zambo Bolívar (por el libertador venezolano Simón Bolívar), y así. Alonso Cueto, lo expone de manera muy clara: "si tuviera que señalar el indicio que mejor revela el subdesarrollo del Perú, su falta de un sentido de la nación y de una integración social, creo que sería el racismo. De todos los rasgos de nuestra sociedad, el racismo es el más desintegrador, el perturbador natural de una noción de comunidad. Personalmente, además, es el que más me repugna cuando lo veo aparecer en conversaciones y en chistes. Creo que el precio que debe pagar una sociedad tan rica y diversa como la nuestra es la discriminación racial y cultural. El gobierno puede adoptar las recetas más adecuadas en la economía y tener un impecable manejo político pero la economía y la política son meros asuntos operativos. El destino de una sociedad se decide en su cultura".

Por su parte, Mario Vargas Llosa, también lo evidencia hablando del cholo, en su Diccionario del amante de América Latina: "esa minúscula minoría blanca o emblanquecida por el dinero y el ascenso social no ha ocultado jamás expresiones como «indio», «cholo», «negro», «zambo», «chino» tienen en su boca una connotación peyorativa. Aunque no escrita ni amparada por alguna legislación, siempre ha habido en esa pequeña cúpula blanca una tácita actitud discriminatoria hacia los otros peruanos, que, a veces, generaba pasajeros escándalos".

Ahora, creo que el tema va también por la auto-marginación o auto-segregación. Tanta ha sido la presión social en la historia peruana, que por citar un simple ejemplo, muchos peruanos, no participan nunca del ornato y la diversidad comercial y cultural de muchas zonas de Lima, porque los consideran sólo dignas de los blancos. Yo recuerdo que en Estados Unidos, conversaba con muchos limeños que jamás habían visitado Larco Mar, o el Jockey Plaza Shopping Center, o algún buen restaurante, por temor a ser discriminados. Bueno, sus razones tenían, en muchas discotecas se les ha prohibido el ingreso, por ser de color cobrizo, o humilde, inventado la excusa, que sólo se puede ingresar con invitación. En este punto, es interesante recorrer las letras del famoso vals peruano, Cholo soy, y no me compadezcas, compuesto por don Luis Abanto Morales, que dice:

Cholo soy y no me compadezcas,
que esas son monedas que no valen nada
y que dan los blancos como quien da plata,
nosotros los cholos no pedimos nada,
pues faltando todo, todo nos alcanza.
Déjame en la puna, vivir a mis anchas,
trepar por los cerros detrás de mis cabras,
arando la tierra, tejiendo los ponchos, pastando mis llamas,
y echar a los vientos la voz de mi quena,
dices que soy triste, ¿qué quieres que haga?
No dicen ustedes que el cholo es sin alma,
y que es como piedra, sin voz, sin palabra,
y llora por dentro, sin mostrar las lágrimas.
Acaso no fueron los blancos venidos de España,
que nos dieron muerte por oro y por plata,
no hubo un tal Pizarro que mató a Atahualpa,
tras muchas promesas, bonitas y falsas.

Entonces ¿qué quieres?, ¿qué quieres que haga?,
que me ponga alegre como día de fiesta,
mientras mis hermanos doblan las espaldas
por cuatro centavos que el patrón les paga.
Quieres que me ría,
mientras mis hermanos son bestias de carga
llevando riquezas que otros se guardan.
Quieres que la risa me ensanche la cara,
mientras mis hermanos viven en las montañas como topos,
escarba y escarba, mientras se enriquecen los que no trabajan.
Quieres que me alegre,
mientras mis hermanas van a casas de ricos,
lo mismo que esclavas.
Cholo soy y no me compadezcas.

Déjame en la puna vivir a mis anchas,
trepar por los cerros detrás de mis cabras,
arando la tierra, tejiendo los ponchos, pastando mis llamas,
y echar a los vientos la voz de mi quena,
déjame tranquilo, que aquí la montaña,
me ofrece sus piedras, acaso más blandas,
que esas condolencias que tú me regalas.
Cholo soy y no me compadezcas.

Como una luz de esperanza (hablar de sendero luminoso, es políticamente incorrecto, además de subversivo), esta nueva generación peruana en algo está cambiando, gracias a la globalización. Precisamente, conversando sobre el tema, con un buen amigo psicoterapeuta, Fabián Schiaffino, notábamos que ahora decirse "cholito" o "cholita", no tienen la carga racista de hace pocos años. Es más bien, una expresión de afecto, cariño, cercanía. En muy poco tiempo, y a una velocidad impresionante, nos estamos exorcizando de un terrible cáncer social, que lleva siglos carcomiéndonos y distanciando a unos de otros, por un tema de pigmentación. Ojalá, porque vamos por un buen camino, con una economía emergente sólida. Pero como bien apuntaba Cueto, con eso no basta, es hora de una verdadera integración cultural, ya avanzada en países como México, Brasil, Venezuela o Paraguay.

 images

Publicar un comentario