jueves, 24 de enero de 2008

Andrés Calamaro "The Great"

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Quien conoce de rock and roll, y no peca de chauvinista, tiene que admitir, que la mejor música de este género, en toda Iberoamérica -incluida España, se entiende-, se hizo y se sigue haciendo en Argentina. Basta nombrar el vanguardismo de Soda Stereo, la versatilidad de León Gieco, el lirismo de Fito Páez, el paroxismo de Charly García, la calidad de Virus, la desfachatez de Los Auténticos Decadentes, el virtuosismo de Los Fabulosos Cadillacs, la fuerza de Sumo, el festejo de Los Pericos, la propuesta de Bersuit Vergarabat, el bagaje de Nito Mestre, la musicalidad de Enanitos Verdes, la magia de Los Abuelos de la Nada; finalmente, la genialidad de Andrés Calamaro. No pretendo hacer un ensayo sobre el rock argentino, ni mucho menos. Esas cosas no se racionalizan ni se teorizan, sencillamente, se disfrutan. O lo que es mejor, se escuchan.

Calamaro, para llegar a escribir las mejores letras del rock argentino, tuvo que pasar por un proceso de aprendizaje vivencial envidiable. Cuentan sus padres, que a los 8 años pidió como regalo un acordeón, y más adelante, un tambor. Todo parecía indicar, que había nacido con oído absoluto. Luego vendrían la guitarra eléctrica y el piano. Ya en su juventud primera, deja su ciudad natal (el barrio de 11 de septiembre, en Buenos Aires) y trabaja como pescador de tiburones en el Uruguay. Luego, pasaría un breve tiempo detenido por la policía de la dictadura militar. También sería estudiante universitario de derecho. Pero la música siempre estuvo ahí, como su auténtica vocación, y fue a ella, a quien le dedicó su vida, con pasión y entrega. Esa es una de las peculiaridades de la música, no admite la mediocridad. O se es bueno, o no se es músico. Sólo una inmensa minoría, como decía el poeta Guillén, se cubre con el raro barniz del éxito. Esa perseverancia, ese hambre de querer llegar a la cima, sólo la traen al mundo algunos pocos elegidos. Fama y popularidad se puede tener por un momento, pero perdurar, ese es otro tema. El mismo Calamaro le vaticinaba a Susana Jiménez -en su programa-, que su álbum El Salmón sería escuchado y estudiado en los próximos treinta años. No lo pondría en duda, el Salmón -como se le apoda- hace rato que se había adelantado a su tiempo. Parricida por definición, creó su propio estilo, superando largamente a sus celosos maestros. Ya saben de quienes estoy hablando.

Mi relación con Calamaro empezó en 1992, cuando ingresé a la universidad, a estudiar Derecho y Ciencias Políticas. Fue ahí que conocí a un distinto, un argentófilo confeso, Félix Aquije De Gregori. Y fue también, ese año, que empecé a frecuentar más a otro distinto, mi vecino Kenneth Yohann, para variar, argentófilo también. Ellos ahora, son dos de mis mejores amigos, a quienes debo tanto. No puedo contabilizar ahora, la cantidad de botellas de ron, whiskey, vino, cerveza, pisco, tequila, vodka, mezcal, y otros divinos alcoholes, tampoco las cajetillas de Marlboro rojo, que nos acompañaron esas largas noches de música. Ahí sí, teorizábamos sobre las letras de las canciones, sobre las circunstancias y sobre el entorno de las mismas, pero sobretodo, sobre la coincidencia de ellas con nuestras propias vidas. En esa época maravillosa, nos enamorábamos todos los fines de semana, y moríamos de amor ese mismo fin de semana, para renacer como aves fénix-félix al lunes siguiente. También lloramos, abrazados, jurándonos amistad eterna (básicamente, con La Canción de Los Buenos Borrachos, que hace con Fito Páez y Joaquín Sabina, en el disco Sal y Pimienta). Poco nos faltó para tomar en la copa rota, en su muy personal versión del bolero de Julio Jaramillo. Es verdad,  hubo otros cantantes y grupos -sobretodo Joaquín Sabina-, pero Calamaro nos encantó, y lo sigue haciendo. Incluso, en momentos transcendentales de mi vida, me hizo apartar la vista del suelo. Recuerdo ahora, más que otros momentos, ese fin de semana, que terminó todo con la gringuita Marta Botten, la primera mujer con la que había juntado algo, y estaba dispuesto a pasar el resto de mi vida, juntos, como dos que son uno. Convivimos un lluvioso invierno de 2001, en una linda casa de la ciudad de Canoga Park, en Los Angeles. Pero como dice Calamaro, lo que no termina, se contamina. Y decidimos terminar. Me dolió así de tanto, como nunca antes me había dolido algo o alguien. Además, venía cargando la muerte de mi padre, acaecido un segundo domingo de mayo de 1999 (un cáncer terminal, sólo le dio tres meses de vida, luego de diagnosticárselo). Finalmente, estaba solo, en una terra incognita, como un forastero en tierra forastera. Todo eso se sumó, mientras escuchaba No tan Buenos Aires, al mismo tiempo que llenaba mis maletas, luego de coordinar mi mudanza a los suburbios de San Francisco. La letra me transportó a Lima, mi ciudad, y lloré lo que tenía que llorar. Ya sé, los hombres no lloran, me repetía mi papá, cuando vivo. Pero lo necesitaba, tenía que sacarme toda esa mala energía que llevaba sobre los hombros, como una cruz incargable e innecesaria. Fue la catarsis más agradecida que he tenido hasta ahora. Al rato, volvía a tomar aire, pero ese aire del que cantan los andaluces.

Ahora, que han pasado los años, comprendo mejor las ironías del destino. Resulta que, con mi hermano de alma, Abel A. Cárdenas Tuppia, habíamos apostado un etiqueta azul, quien le ponía primero, a su primogénito, el nombre de Joaquín. Pasó que el hermano de Félix, Pepe, se nos adelantó traicioneramente, cuando él había confesado, antes de escuchar la música de Sabina, que era un borracho, y que no entendía cómo se podía calificar de canto, la garganta de lata de semejante borrachín. Pues como ven, cambió rápido de parecer, y fue así como bautizó a su primer hijo: Joaquín. Años luego, el 2003, mi esposa salé embarazada, y quedamos en que, de ser nena, yo elegiría su nombre de pila, y si era nene, ella. Pues una vez más, me quedé sin nombrar a mi prole. Nació varón, y ella escogió su nombre: André, versión francesa del ruso Andrei, y del español Andrés. Curiosamente, el nombre de Calamaro, cuando ella todavía no conocía de su existencia. Si es como para no olvidarlo nunca. No lo habría hecho, tampoco, son varios los momentos en que me ha acompañado: solo en mi cuarto, manejando mi auto sin rumbo conocido, tomando con los amigos, cantando en un concierto, preso de la sobrio-ebriedad. Se dice que los clásicos nunca pasan de moda, Calamaro es un buen ejemplo. Yo lo recomiendo con mucho entusiasmo, porque sé de su genialidad. Aunque sobre gustos y colores...  ¡Grande, Calamaro! Calamaro el Grande.    

 andres

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