miércoles, 12 de diciembre de 2007

Mi americana aproximación a la Numismática

No resultará raro para nadie el hecho de tener una gran afición por el circulante, el dinero, la plata. Por ejemplo, allá por el Siglo de Oro español, don Francisco de Quevedo y Villegas le cantaba en el mejor de sus tonos: Madre, yo al oro me humillo, él es mi amante y mi amado, pues de puro enamorado anda continuo amarillo. Que pues doblón o sencillo hace todo cuanto quiero, poderoso caballero es don Dinero. Interminable sería, exponer aquí, las distintas impresiones que se tienen de él, y que nos han sido dejadas por tanto escribidor a lo largo de la historia.
La numismática va más allá, aunque tenga que ver con lo mismo: el dinero. El nombre, si bien de origen griego (νομισματική), llega en esta forma al español por su raíz hebrea (numii y amastik), que quieren decir, reunión de monedas. Hoy en día, se la entiende como la ciencia que estudia el dinero en todas sus formas, y no solamente, las monedas y las medallas.
Terminada esta brevísima introducción, sigamos con el relato. Fue durante los años que viví en los Estados Unidos de Norteamérica (2001-2006), que empecé con esta satisfactoria afición. Y no por el mero placer de poseer una pieza rara, sino, por descubrir el mundo desconocido que venía con ella. Hay que agregar, que sólo cuando se han satisfecho las necesidades primeras, y existe un excedente, se puede pensar en adquirir cosas por el mero hecho de sentir placer. El vivir en el país más rico del mundo, y dentro de él, en su Golden State (California) donde la tasa de desempleo es casi inexistente, y la gran masa social pertenece a la clase media, te permiten ciertas libertades económicas relacionadas con el ocio. Y fue así, que en una subasta, adquirí mi primera moneda de colección. Pequeña pieza de bronce acuñada en la segunda mitad del siglo IV, durante el reinado de Flavius Valentinianus, el último gran emperador de occidente, como se le conoce. Claro, ahora sé todo eso; cuando la adquirí, apenas se me dio una simple referencia y un certificado de autenticidad. Es ahí donde radica la belleza de esta afición, no la posesión, sino el trabajo detectivesco que implica. Los libros que hay que consultar, las páginas webs que hay que visitar, los museos que hay que recorrer, los especialistas que hay que consultar, la gente de mayor edad -al menos en mi caso- a la que hay que recurrir. Es todo un quehacer, que hace del paso del tiempo un acto cuasi epicúreo.
Yo diría que ahí empezó todo, luego vendría un real de plata de 1779, acuñada en Potosí durante el reinado de Carlos III de Borbón. Después una pesada moneda de un dólar de 1976, conmemorativa a los 200 años de la Independencia Americana, y lo dejo ahí. La lista es larga.
No hay más que un día como hoy, animarse y salir a cachinear, o lo que es lo mismo, recorrer tanta tienda de objetos de segunda mano (en otras latitudes bien pasarían por casa de antigüedades) que hay por Magdalena del Mar, Rímac, El Cercado, Jesús María, Pueblo Libre, Chorrillos, Barranco, Breña. No es un hobby caro, todo lo contrario, y la recompensa es harto gratificante. Quién sabe, a lo mejor se cruza uno con una rara pieza de colección, y le cambia la vida. Ya le ha pasado a más de uno. Y sino, escarbar en su pasado, descubrir su origen, su tiempo, sus personajes, su historia.
No vendría mal llevar en la aventura, una memoria USB de bolsillo con el sound track de la película Misión Imposible e inventarnos nuestra propia aventura. Para el que no sale mucho de casa, las zonas pueden ser un poquito peligrosas, asi que perfil bajo nomás. ¿Y para beber? Si alcanzan las monedas, una botella de agua Verdi be water, es refrescante, su envase es plástico y la esencia de green tea que tiene y que ni se siente, nos harán bajar más rápido esos kilos de más.
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