jueves, 20 de diciembre de 2007

Cuando Cala no cala, o los hongos, llevan demasiada tierra

Cala es un distinguido restaurant marino -5 tenedores, imagino-, ubicado en la misma playa de la Costa Verde, en Barranco. La vista al mar es de primera, y desde su segundo piso, pareciera estar lado a lado con los surfistas que retan al mar todo el año. Uno de los propietarios no podía ser más famoso: el gordito Alfredo Aramburú, genio al sartén de Al Fresco, que hoy en día, se encuentra como franquicia en algunos países latioamericanos (Chile, México, Costa Rica).
Antes de animarme a visitarlo, con mis tres acompañantes -mi madre, mi esposa y mi hermana-, había recibido buenas referencias de amigos cercanos. Mejor fuente, no podía tener. Y así parecía que iba ser la cosa. Ni bien nos estacionamos, un muchacho, morenico él, nos abrió las puertas de la camioneta, y nos dio la bienvenida de la mejor manera. En la recepción, una chica linda, delgada, espigadita ella, pero algo tonta y seca, confirmó nuestra reservación y nos acompañó a nuestra mesa. Como supusimos de un sábado a la 1 de la tarde, el sitio estaba casi lleno, y los mozos, de acá para allá. Es la ventaja de las reservaciones, llegas derechito a tu mesa, no tienes que esperar. Nos atendieron conveniéntemente y nos ofrecieron las bebidas. Luego de pedirlas, llegó el pan con la mantequilla, algo asi como pequeñas ciabatas, nada espectacular, tengo que decirlo, porque en algunos restaurantes el pan de cortesía ha llegado a estar mejor que los platos mismos. Ordenamos los aperitivos, dos bien presentadas fuentes que tenían un poco de todo. Bastante buenas, para ser justo. Al rato, llamamos al mozo porque ya queríamos ordenar los platos principales. Mi madre eligió un risotto con mariscos en salsa negra de calamar. No hay que ser mezquinos, estupenda elección. Mi esposa, un risotto de varios hongos. Decepcionante, muy salado, con algunos restos de tierra, que evidenciaban el poco cuidado que habían tenido al lavar las distintas zetas que decía en la carta, tenía el plato. No se lo terminó, pero tampoco quisimos hacer problema. Mi hermana eligió el risotto de camarones. Más parecía macarrones con queso, y camarones. También algo decepcionada, pero se animó a seguir comiendo. Yo me animé por la especialidad del día, un mero en salsa de champagne con langosta. No puedo dejar de decirlo, fue uno de los tres mejores pescados que había comido en el Perú en lo que llevo de vida, sencillamente exquisito (los otros fueron un sudado de life, en un restaurant de paso, en el pueblito de Tembladera, y un sudado de tramboyo en una picantería del puerto de Pacasmayo). Tuvimos que esperar buen rato hasta que llegara el mozo, que dicho sea de paso, nunca nos preguntó como estaba la comida, si queríamos pedir algo más, etc. Como siempre, el servicio en Lima siempre es deficiente, si lo comparamos con restaurantes de categoría en otras latitudes. You know what I mean.
Luego de elegir el postre, una vez más, una fuente bien decorada que llevaba de todo -todos estuvimos felices con la elección-, añadimos un café y pedimos la cuenta. Fueron casi 500 nuevos soles, incluida la propina. Claro, no es barato, pues eso mismo, es casi el sueldo mínimo vital en el Perú, por un mes de trabajo.
Aunque no justificó todo lo que comimos, pagamos de buen grado. Estábamos celebrando el cumpleaños de mi mamá, y de paso, me había encontrado en la terraza del restaurant con un viejo amigo de la universidad y su nueva novia, radiente y risueña, 10 años más joven que él.
No sé si lo recomendaría, porque fue satisfacción a medias. Pero la verdad, no está mal. Ahora, por menos, se come supremamente en el Perú. Es cuestión de salir a caminar, y ver de vez en cuando, La Aventura Culinaria de Gastón Acurio, por Canal N.
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