miércoles, 18 de enero de 2012

¡Qué tal bruja!

 

candySábado, 6 de la tarde. Súper Mercado Candy. Av. La Brasil, altura cuadra 1 de la Av. Javier Prado Oeste, Distrito de Magdalena del Mar. Estacioné mi camioneta en el desértico sótano del establecimiento comercial, me apeé raudo y rebusqué en el bolsillo posterior de mi blue jean la lista de todo lo que debía de comprar para que en casa no faltara nada la semana que no tardaba en empezar, y así, la buena de Carmen se luciera –como siempre- con los buenos almuerzos que solo ella sabe hacer (no hay como la mano huachana). Perdón por la digresión, pero Carmen merece una pausa, para presentárselas. Es la nana de mis dos hijos, André y Sophia. Luego de varios intentos, es lo mejor que nos ha podido pasar. Una señora buenísima, que hace buen rato se ganó una suite cinco estrellas en el Cielo. No crean que no sé lo complicado que es cuidar de mis dos mostritos. Su hija, Vanessa, nos apoya desde el medio día hasta las seis, hora en que regularmente vuelvo de la oficina.

mom-shaking-babyMientras pensaba en cómo me chuparía los dedos con el arroz con pollo que Carmen prepararía el miércoles, vi delante mío a una anónima señora, alta, corpulenta, con mucho por arriba y casi nada por detrás (ustedes me entienden), pelirroja con su plata y color de piel ligeramente más cobrizo que lo habitual por estos lares. Para mi gusto, maquillada en grado sumo, a pesar de vestir buzo guinda. No más de treinta años, aunque no muy bien llevados. La verdad, no me habría fijando en ella de no ser por la forma como le gritó a su menor hijo, de unos 8 años. Carricoche en manos, devolvía furiosa las cajas de jugos de fruta que el pequeñín metía jugando. A juzgar por la naturalidad de ambos, parecía una escena regular en sus vidas. Joder, lo podrán llamar como quieran, pero eso era maltrato. Atiné a dejar caer el sobrecejo y mirarla fijamente a los ojos. Se hizo la desentendida y siguió avanzando –«se hizo pendeja», como dirían mis buenos amigos mexicanos-.

demunaAlertaIzqSuena terrible, pero situaciones no ésta no son nada raras en el Perú. Allá, por 1997, el último año de mis estudios universitarios en Derecho y Ciencias Políticas en la UPSMP, me tocó completar el año del SECIGRA (Servicio Civil de Graduandos) en una DEMUNA (Defensoría Municipal del Niño y del Adolescente) en el Distrito de Bellavista, Callao. Sí, lleve el título de Defensor del Menor, y la verdad, no lo hice tan mal. El Ministerio de Justicia me capacitó como Conciliador Extrajudicial, y con la tutoría de la Fundación Rädda Barnen (hoy Save the Children Suecia), sumada a mi formación humanista –que agradeceré eternamente a mi padre- fue posible marcar una diferencia. Por aquel entonces, creímos ilusamente que la ciudadanía privilegiaría los mecanismos alternativos de resolución de conflictos (MARCs) sobre los procesos judiciales, pero no ha sido así. También creímos que los abusos disminuirían sustantivamente, pero tampoco ha sido así. Hoy somos más violentos que nunca. El terrorismo de Sendero Luminoso y el MRTA está vencido y casi extinto, pero el terrorismo de la delincuencia, del maltrato, está más fuerte que nunca, y si no hacemos algo, empezaremos a competir con el norte de México y algunas ciudades de Colombia, no precisamente en turismo. 

brujaCompletada la lista del mercado, y abarrotado el carricoche de víveres, artículos de limpieza, pañales y alguno que otro snack, me dirigí a una de las cajas registradoras a pagar por el todo. Grande fue mi sorpresa, cuando, en la caja registradora del frente, estaban pagando la señora de marras, su crío y el calzonudo de su marido. Sin embargo, más turulato quedé al reconocer al pobre hombre. Era Arturo, un viejo amigo de la infancia, algo mayor que yo (unos 6 años), con el que solíamos jugar futbolito en la cancha de la Av. Bertolotto o en el área común de las Torres de Julio C. Tello, en la parte antigua de San Miguel, allá por los albores de la década del Noventa, el milenio pasado. Me miró sin mirarme, con cara de cansancio, incluso tristeza, si no es lástima por sí mismo. No lo quise saludar. ¿Por qué? Se llama vergüenza ajena. Pelado, gordo, ojeroso, fofo como peluche de arrabal; con una panza prominente y unas nalgas invertidas propias de muñeco de año nuevo. Nunca vi suspirar a nadie tantas veces, en tan poco tiempo. El crío, gritando como un poseso, exigía a voz en cuello las gomitas en forma de oso que –muy inteligentemente- los administradores de los supermercados ordenan justo al costado de las cobradoras. La iracunda mujer, su mujer, le ordenaba que no fuera tan huevón –un poquito cojudón, diría un añoso padre sodálite- y que hiciera algo, o en su defecto, que le sacara la mierda a su hijo por malcriado (mira quién habla). Es verdad, Arturo nunca fue el más guapo del barrio, pero no se merecía una bruja como esa –con el perdón de las señoras que me puedan leer-. Santo varón, para eso está la etapa de enamorados. Que te quede bien claro: la gente no cambia. Si pinta para bruja, y crees que va a cambiar por ti, vas para mártir, y esto es.

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