viernes, 14 de marzo de 2008

Jimena de la Quintana, la guapísima versión peruana de Andrés Oppenheimer

dela_quintana_jimena Se ha dicho siempre que un buen maestro es aquel que hace parecer fácil, lo que en realidad es difícil. Y sin duda alguna, la economía sigue siendo un tema exclusivo para los entendidos, una disciplina absolutamente excluyente -por partida doble, esotérica y exotérica (que no es lo mismo)-, con su complicada terminología, sus anglicismos por doquier, sus doxas y dogmas, sus fórmulas matemáticas, sus gráficos financieros, sus proyecciones, etc. De hecho, tengo amigos economistas, a quienes aprecio mucho, pero que no me podrán negar que cuando empiezan a hablar de sus temas comunes, nadie los entiende, y poco a poco, el grupo de conversación se reduce sólo a economistas y financieros. Los demás, los simples profanos, nos vamos alejando, y seguimos con la fiesta. Bastante tenemos con pagar nuestras cuentas a fin de mes. Y es que, como dicen en mi pueblo, «cada loco con su tema».



Pero, toda regla tiene su excepción. Y esa excepción es muy probablemente, la joven comunicadora limeña Luisa Jimena de la Quintana Palacio. Es el único caso -que yo conozca- en la televisión peruana, en el que se mezclan en una sola persona, belleza, buen gusto, información, sencillez e inteligencia. Si bien su bello rostro y educada voz empezaron a aparecer cuando colaboraba como corresponsal para la cadena norteamericana Univisión, en el programa Primer Impacto (siempre conducido por monumentales presentadoras, casi todas puertorriqueñas), es desde hace poco menos de seis años -en algunos meses los cumplirá-, el rostro y la mente del programa de actualidad económica, Rumbo Económico, que sale por Canal 8, el mismo que empezara con un reducido espacio de 15 minutos, y ahora, es dueña de toda una hora, y a veces más -reniega cuando producción le pone la música que indica el final, luego de terminada la hora al aire. ¡Qué tal lisura, oiga usted!-. Trato de no perdérmelo nunca. Sale en directo, de lunes a viernes, a las 7 de la noche, y es repetido a las 11:00 p.m. del mismo día. Es quizá la frescura de su juventud, sumada a su agilidad mental, su buena memoria, su encanto femenino, su capacidad de síntesis, su elegante vestir, y el que no sea economista -como la inmensa mayoría de los mortales-, lo que le dé al quehacer económico, un lenguaje más cercano a las personas de a pie, sin preparación en dicha ciencia. Pasar la hora con ella, luego del trabajo, es francamente nutritivo y refrescante, además de una caricia a la vista. Y ella lo sabe.



Otro de sus méritos es la actualidad de sus temas y el alto nivel del panel de invitados que concurren a su programa. Sin exagerar, los mejores, tanto nacionales como extranjeros. Para cualquier persona, no muy entendida en economía y/o finanzas, el programa fluye con facilidad y rápido entendimiento. O en todo caso, cuando el tema es demasiado técnico, no sé cómo, logra que su entrevistado, ayudado por ella misma, explique más y mejor su punto de vista y haga llegar al público televidente la información más digerible. Si hoy en día conozco más de economía, y ya no recurro tanto a mi diccionario o al internet para entender mejor el tema, es en gran medida por su programa. Y es que lo económico, recién en los últimos años, es un tema del que se habla como nunca antes. Su influencia mundial también es otra. Leyendo a John Maynard Keynes, en su obra Las posibilidades económicas de nuestros nietos, lo podemos notar: «Desde los más remotos tiempos de los que tenemos datos –digamos dos mil años antes de Cristo- hasta principios del siglo XVIII, no se produjo realmente ningún gran cambio de nivel de vida del hombre corriente que habitaba en los centros civilizados de la Tierra. Ciertamente se produjeron alzas y bajas. Visitas de pestes, hambres y guerras. Intervalos dorados. Pero no cambios progresivos ni violentos. Unos períodos son quizá un 50 por ciento mejores que otros –a lo sumo un cien por cien mejores- en todos los cuatro mil años que terminaron el año del Señor de 1700».



Nuestra admirada -y tantas veces idolatrada- Jimena, aún de estado civil soltera -hecho que tampoco alcanzo a entender-, fue y es la hija consentida de una funcional familia limeña de clase media, donde hay más de una Luisa -son varias hermanas que llevan el mismo nombre de pila-. Cursó sus estudios escolares en el prestigioso y respingado colegio de mujeres San Silvestre School, ubicado en la Av. Santa Cruz, Miraflores. Posteriormente, ingresaría a la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Lima, en Monterrico, Surco. Para algunos, es una universidad elitista. Yo no estaría muy seguro de ello, pero en fin. Contrariamente a su formación, seguramente por lectora de la escritora chilena nacida en Lima, Isabel Allende, pues personifica su frase «no hay libertad sin independencia económica» (Paula), Jimena se olvidó del qué dirán limeño, de los estúpidos prejuicios de clase, y empezó a trabajar donde se le presentara la oportunidad: ora como degustadora para una cervecera, ora como cajera de un restaurante fast food, ora como mesera de un japanese restaurant, ora como vendedora de una tienda de ropa, etc. Desde pequeña fue una chica linda, y facilidad de palabra, atracción y desenvoltura nunca le faltaron. Con el dinero conseguido en estos eventuales part times se compraba la ropa que quería, sus libros de la Facultad, además de obras de literatura y economía -su otra gran pasión-. Aunque si algo le encanta, es el baile, los chocolates, la limonada frozen, la ropa y la tranquilidad de su terraza sanisidrina. Ojalá otros canales locales copien su excelente sistema, y consigan presentadoras tan amigas de la cámara, y de su público, nunca mejor llamado, cautivo.

Aquí alguno de sus comentarios publicados: «Hace mucho que la democracia se centró en los medios; el discurso político se ha adaptado al formato de los medios masivos sobre todo al de la televisión. El seguimiento de la mayor parte de acontecimientos políticos de un país se hace a través de ella y por eso tiene una considerable influencia en la formación de la opinión pública, todos lo sabemos. Fujimori y Montesinos pagaron millones de dólares a corruptos broadcasters para silenciar y manipular los medios: "teledirigieron" a la población. La señal abierta atravesó una crisis de credibilidad que aún no supera. Hay mucho por limpiar en esta televisión que acumuló tantos años de basura. El zapping debe castigar a quienes todavía no les creemos (algunos nunca más lo haremos) y por eso no dudo en deslizar mis dedos por el control remoto reemplazando a algunos periodistas y canales por otros que prefiero. El cable me sigue tentando: Canal N, Antena Informativa, CNN y para relajar tensiones prefiero acompañarme de Sony (me encantan las sitcoms), HBO, Discovery y Fox. Ojalá podamos volver a recorrer el espectro electromagnético peruano sin sentirnos agredidos, sin sentirnos decepcionados». ¿Aún les queda la duda de que se puede ser bella e inteligente?

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