martes, 29 de enero de 2008

El ángel de la guarda

angel

Una de las órdenes religiosas que más respeto merecen, por su historia, tradición, valentía, cultura y vanguardia, es la jesuita, calificativo con el que se les conoce ahora, pero que fuera peyorativa en sus inicios, allá en la primera mitad del siglo XVI. Dentro de la Societas Jesu (Compañía de Jesús), fundada por el vasco Ignacio de Loyola y otros nueve compañeros, no es difícil encontrar inteligentísimos sacerdotes, siempre críticos pero fieles a su doxa. En esta distinguida orden, tengo la fortuna de contar con un par de cultérrimos amigos, ancianos venerables respetuosos de mi laicismo y a veces, no pocas, de mi cinismo wildeano bien encubierto por la duda metódica cartesiana. Y justo ahora, que regreso de visitar a uno de ellos, luego de compartir unas sabrosas trufas belgas y casi secar una botella de cognac Courvoisier -el padre Jean-Louis acaba de volver de su natal Reims-, no puedo dejar de pensar en la conversación que nos ancló casi dos horas en un solo tema: Los ángeles. Todo empezó con un comentario que hiciera a la pintura del arcángel Gabriel que adorna su estudio, bueno, yo me referí a él como ángel, no como arcángel, y fui convenientemente corregido. Entonces, empezó una exposición sesuda e ilustrada sobre la clasificación de los ángeles. Me dijo, que la más influyente fue creada por un autor anónimo, cuyas obras fueron erróneamente atribuidas a Dionisio Areopagita -por ello, es llamado ahora Pseudo-Dionisio Areopagita-. De lo que sí se tienen algunas evidencias, es que el teólogo anónimo vivió en el Areópago, en Grecia, entre los siglos IV y V d.C. y expuso su doctrina angelológica en su obra La Jerarquía Celeste, según el cual los ángeles se dividen en tres grupos: el primero compuesto de serafines, querubines y tronos, el segundo compuesto de dominaciones, virtudes y potestades, y el tercero compuesto de principados, arcángeles y ángeles. Quizá, el libro más leído y famoso donde esta esta clasificación, sea la Divina Comedia, del divino Dante Alighieri. Aclarado el tema, empezamos a discutir acerca de los ángeles de la guarda. La figura del ángel es bastante antigua. La palabra ángel proviene del latín angelus, derivado a su vez del griego άγγελος, que significa «mensajero». En la Biblia, más precisamente, en el Antiguo Testamento, se emplea ángel para traducir la palabra hebrea מלאך, mal'akh, que también significa mensajero. Así, los ángeles son los mensajeros de Dios, para hacer conocer sus designios a los hombres. Más modernamente, su función se ha ido enriqueciendo, pues ahora son entendidos -por la mayoría de los mortales creyentes- como criaturas ya no celestiales de protección y pureza, que han sido destinadas a su alma gemela, o sea, nosotros. De esta forma, puede ser ésta una persona común y silvestre que le brinda amor, confianza, alegría y seguridad a nuestras vidas.

No sé lo que piensen ustedes, lectores, pero yo me quedo con la última de las versiones, con la del ángel ad hoc. De hecho, les confieso que tengo mi propio ángel de la guarda. Por supuesto, no es aquél anónimo a quien me hacían rezarle, religiosamente, todas las noches, echado en mi cama, antes de dormir:

Ángel de mi guarda

dulce compañía

no me desampares

ni de noche ni de día

hasta que me pongas

en los brazos de Jesús, José y María.

Rezarle era una letanía absurda, un soliloquio sin respuesta. De acuerdo, más de una vez me ayudó, cuando ya podía ir solo al baño, a dirigirme hacia el inodoro cuando todo estaba a oscuras. Pero era una infantil mentira que me había inventado y creído para llenarme de valor y no sucumbir devorado por monstruos de la noche, que se escondían, tramposos, detrás de la pesada puerta del baño. Luego, en mi juventud, tuve un interés estético por ellos, en virtud a los cuadros de los arcángeles mestizos, de las Escuelas Cuzqueña y Quiteña, que abundan en las iglesias de Lima, Cajamarca, Ayacucho, Cuzco, Huancavelica, Quito, etc. Mis lecturas de los ángeles caídos también eran muy estimulantes, sobretodo los vampiros de Anne Rice, pero una vez más, era un interés literario. Hasta que un viernes de abril, casi a media noche, en la ciudad de San José, California, en un espacioso departamento de un acogedor condominio, se me presentó. Me había esperado 27 años para conocerme, y desde entonces, no ha dejado de darle alegría y seguridad a mi vida. Estaba parada ahí, de carne y hueso, con una sonrisa mágica, una mirada encantadora y un cuerpo mediano, dónde no se explica, como le hace para que le quepa el alma y esconder las alas: Julia J. León M. tiene por nombre mi ángel de la guarda. No tenía por qué acogerme, y me acogió. No tenía por qué amarme, y me amó. No tenía por qué protegerme, y me protegió. No tenía ninguna obligación para conmigo, pero me adoptó como a un hijo pródigo, que acaba de volver de una tierra distante. Desde entonces, no ha dejado de alentarme y levantarme. Dice mi familia que es mi tía, prima hermana de mi madre. Esa fría explicación no me basta. Es más, las cosas hermosas no tienen explicación, sencillamente son así. Y a propósito de ángeles, el gran Angelus Silesius, en su Cherubinischer Wandersmann oder Geist – Reiche Sinn – und Schluß – Reime zur Göttlichen beschauligkeit anleitende, nos canta al respecto de esto último:

"Die Ros´ ist ohn warumb,

sie blühet weil sie blühet,

Sie achtt nicht jhrer selbst,

fragt nicht ob man sie sihet" (La rosa es sin por qué; florece porque florece, no se cuida de sí misma, no pregunta si se la ve).

Es más que probable que Julita nunca lea esta entrada. Pero tenía que escribirla en honor a ella, sobretodo ahora que estoy bien, que no llamo a su espíritu porque me siento perdido en el bosque umbrío de mis circunstancias. En los momentos malos, siempre recurrimos a los demás. Y te encomiendo, querido lector, a que abras bien los ojos y el corazón, y encuentres finalmente a tu ángel de la guarda. No está en el cielo, contando estrellas, sino, a tu lado, más cerca de lo que te imaginas.

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