lunes, 21 de enero de 2008

El buen oficio de amar

Oficio, del latín officium, es para el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), en su vigésima segunda edición, una ocupación habitual -entre muchas otras acepciones que nada tienen que ver con nuestro tema-. Y más abajo, señala que buenos oficios, es una locución verbal que denota diligencias especiales en pro de alguien. No podía haber mayor pertinencia, pues en pro de alguien, es el tema, del que hoy nos ocuparemos, una vez más, por encargo de un joven lector, tímido y muy enamorado, según me confiesa. Ojo, ahí. No se olvide la res que alguna vez fue ternera, que casi todos hemos pasado por eso, y pobre de aquél, que no sepa a qué nos referimos. Bien cantó Giuseppe Verdi en la voz del duque de Mantua: "Pur mai non sentesi felice appieno, chi su quel seno non liba amore!" (literalmente: pero nadie se siente del todo feliz si de su pecho no bebe el amor), el día del estreno de la ópera Rigoletto (Tercer Acto, Escena II), el 11 de marzo de 1851 en el célebre Teatro La Fenice de Venecia. Hoy por hoy, La Donna è Mobile es una de las arias más famosas de la Ópera mundial. Para mí, la interpretada por el fenecido tenor canario Alfredo Kraus, es inmejorable. Bueno, hoy no toca ópera, asi que dejémosla ahí.

Volviendo al tema que nos ocupa, yo me pregunto y les pregunto: ¿merece la pena enamorarse? ¿el amor, justifica la existencia terrena? ¿finalmente, existe el amor?

En este caso, habría que empezar por el final. Yo creo que sí existe. Ahora, creer es un acto de fe, entonces, se cree o no se cree. Dante Alighieri, en su Divina Comedia ya nos advierte lo siguiente: “el día en que el hombre permita que el verdadero amor surja, las cosas que están bien estructuradas se transformarán en confusión, y harán que se tambalee todo aquello que creemos que es cierto, que es verdad”. Entonces, es el mismo hombre quien no ha permitido que surja el amor, por el desmesurado poder que se le asigna. Digamos que el amor -per definitionem- es rebelde, trasgresor, revolucionario, iconoclasta. Incluso divino, aunque parezca contradictorio. La misma Biblia hebrea, en la Primera Carta de Juan, señala que Deus caritat est (Dios es es amor). Ergo, el amor es Dios. Un Dios antropomorfo, humana y consensualmente concebido y convenido. El mismo Papa católico, Benedictus P.P. XVI, afirma que "el amor se afirma en la civilización". Es entonces, una creación cultural, de las sociedades con cierta evolución. Y lo que es creado, existe.

Acordada su existencia, vamos a ver si merece la pena enamorarse. Casi 500 años antes de Jesucristo, el filósofo griego Arísticles de Atenas, llamado comúnmente Platón, en El Fedón, nos decía que "el riesgo de creer bien vale la pena de correrse". Sólo si se cree uno, embargado por la fuerza del amor, es digno de arriesgarse por él, de luchar por él, o mejor dicho, por el objeto de su amor. En este punto, es imposible no coincidir con Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, al señalar que el verso de Christopher Marlowe: "Helena, hazme inmortal con un beso", en La Trágica Historia del Doctor Fausto, es el verso más hermoso jamás escrito. Sólo un ser enamorado, es capaz de tal solicitud, de vivir por siempre para amar por siempre. Qué tal inspiración de Marlowe. Ni el mismo Johann Wolfgang Goethe, constructor de Fausto, llegó a tanto lirismo. Ahora, si la cosa es reconocer la sintomatología -para muchos, el amor es una enfermedad-, el poeta español Jorge Manrique, el de las Coplas a la Muerte de su Padre, nos da una descripción precisa en el poema Diciendo qué cosa es amor, que a la sazón dice:

Es amor fuerça tan fuerte
que fuerça toda razón;
una fuerça de tal suerte,
que todo seso convierte
en su fuerça y afición;
una porfía forçosa
que no se puede vencer,
cuya fuerça porfiosa
hacemos más poderosa
queriéndonos defender.

Es placer en c’hay dolores,
dolores en c’hay alegría,
un pesar en c’hay dulçores,
un esfuerço en c’hay temores,
temor en c’hay osadía;
un placer en c’hay enojos,
una gloria en c’hay pasión,
una fe en c’hay antojos,
fuerça que hacen los ojos
al seso y al coraçón.

Es una catividad
sin parescer las prisiones;
un robo de libertad,
un forzar de voluntad
donde no valen razones;
una sospecha celosa
causada por el querer,
una rabia deseosa
que no sabe qu’es la cosa
que desea tanto ver,

Es un modo de locura
con las mudanças que hace:
una vez pone tristura,
otra vez causa holgura,
como lo quiere y le place;
un deseo que al ausente
trabaja, pena y fatiga;
un recelo que al presente
hace callar lo que siente,
temiendo pena que diga.

FINIDA

Todas estas propiedades
tiene el verdadero amor;
el falso, mil falsedades,
mil mentiras, mil maldades
como fengido traidor;
el toque para tocar
cuál amor es bien forjado,
es sofrir el desamar,
que no puede comportar
el falso sobredorado.

Ahora, me dirás tú, lector, si luego de esta lectura, y de un breve recorrido por la memoria, no justifica la existencia, el amar a alguien más, que no seamos nosotros mismos. Y aquí viene la advertencia, sólo se puede amar a otro, si primero nos amamos a nosotros mismos. Que la caridad empieza por casa. Esa es una coditio sine que non. Uno no puede dar de aquello que no tiene. Y si no nos amamos a nosotros mismos, no seremos capaces de amar a alguien más. Sólo en este punto, empiezan las confusiones.

Ahora, el sensato de José Ortega y Gasset nos advierte que "el enamoramiento es una etapa de estupidez transitoria". Sin duda, nos volvemos medio idiotas, pero eso también es parte del encanto. Lo que es yo, me he enamorado cantidad de veces, es más, me enamoro siempre. Y es que tengo unas amigas, que para qué les cuento!!! Pero hay que saber respetar. Si el tema es el compromiso, hay que usar el cerebro, no necesariamente la cabeza. De verdad, apuesten por el amor, sin importar la edad ni nada. Ya don Rubén Darío, subidito de años, nos cantaba:

“Mas a pesar del tiempo terco,

mi sed de amor no tiene fin;

con el cabello gris me acerco

a los rosales del jardín”.

Como dice el refrán popular, no dejemos para mañana, lo que podemos hacer hoy.

los_enamorados

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