martes, 20 de marzo de 2012

Mi matrimonio, esa larga conversación


Si me preguntan hoy, cuál ha sido la mejor decisión de mi vida, seguramente diré que mi matrimonio. Y si me repreguntan, cuál la peor, responderé también que mi matrimonio. Y no es que me esté quejando o reniegue de él. Por fortuna, lejos estoy de la graciosa sentencia del genial Enrique Jardiel Poncela: “Patrimonio es un conjunto de bienes; matrimonio es un conjunto de males”. La vida en pareja (léase el trinomio: amor, pasión y plan de vida –al menos, el tiempo que les tocó durar-), los viajes, el gran cariño resultante, los hijos, los amigos comunes, la familia  extendida, son algunas de las buenas razones por las que lo considero, lo mejor que me ha podido pasar. Sin embargo, en estos casi 10 años, hubo también discusiones, diferencias, distancias, desconfianzas, sacrificios y renuncias que lo vulneraron y en cierto modo, lo cuestionaron. Con lo fácil que es divorciarse ahora, ¿qué lo ha hecho perdurar?

El inteligentísimo Frederick Nietzsche, en sus Aforismos nos da las claves para los momentos inicial y culminante del matrimonio. Por un lado, nos recomienda: “en el momento de tomar estado debe uno hacerse esta pregunta: “¿Crees que podrás conversar con esa mujer hasta tu vejez?”. Todo el resto del matrimonio es transitorio; pero la mayor parte de la vida común está consagrada a la conversación”. Y por el otro, nos advierte: “es preferible romper el matrimonio que doblegarse y mentir. He aquí lo que me ha dicho una mujer: “Cierto que yo he roto los lazos del matrimonio; pero los lazos del matrimonio… me habían roto antes a mí”.

De la misma opinión es el famoso André Maurois (Émile Herzog): “un matrimonio feliz, es una larga conversación que siempre parece demasiado corta”. Siendo esto así, lo que entre broma y broma dejó entrever el irreverente Isidoro Loi, es quizá una de las principales razones del fracaso del matrimonio: la falta de diálogo, la derrota de la comunicación, donde fallan emisor, receptor, mensaje, código y canal, respectivamente. O, la verdad sea dicha, el acto volitivo de comunicarse, o sea, las ganas, el interés, incluso la humana necesidad de entenderse. Isidoro dixit: “los matrimonios jóvenes no se imaginan lo que le deben a la televisión. Antiguamente había que conversar con el cónyuge”.

No es ajeno a ello Robert Anderson. Él opina que “en todo matrimonio que ha durado más de una semana existen motivos para el divorcio. La clave consiste en encontrar siempre motivos para el matrimonio”. Y el encontrarlos es, las más de las veces, apelar a la fantasía, a la imaginación, y por qué no, a la mentira. Pero a la mentira oficiosa o la jocosa, nunca a la perniciosa (así divide la teología a la mentira, aunque el santo Tomás de Aquino, en su Summa Theologiæ, Parte II-IIae-Cuestión 110, no esté muy de acuerdo, ni el padre Benito Jerónimo Feijoo en su Impunidad de la mentira). Mentirte que la pasión durará por siempre, aunque no sea así. Engañarte que el amor lo vencerá todo, aunque no sea así. Convencerte que una vida –juntos- burlará a la muerte, aunque no sea así. Y hablar, y escuchar. Pero sobre todo escuchar activamente, aprehensivamente, empáticamente; no solo oír, como de ruidos molestos se tratara. Mi esposa, Alena, es una buena conversadora, y yo, un paciente escucha (al menos eso creo). He ahí nuestro secreto.
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